agosto 25, 2026

El primero de los días largos

By In Especiales

Venir de un país como Colombia, cuyas ciudades viven en una primavera suspendida o un verano intenso durante todo el año y los cambios en el clima dependen en su mayoría de la ausencia o la abundancia de lluvia, llena de una sorpresa especial la primera vez que se experimentan las estaciones y sus fenómenos. Mi desvelada memorable trata, de hecho, de una noche muy corta

El sábado 20 de junio de 2020, M, mi novio de ese entonces y quien es ahora mi esposo, me invitó a ir a la casa de unos amigos que viven en los suburbios berlineses. Hicimos un plan muy casual y ñoño: pasamos la noche tomando cerveza, jugando una especie de Pictionary virtual y consintiendo a la labradora chocolate y viejita de los dueños de la casa, que se la pasó toda la noche a mi lado. Estábamos ‘parchados’ – alegres riéndonos y hablando sin parar – por lo que nos quedamos hasta la madrugada en la casa de sus amigos. 

Fotografía: cortesía

El camino de vuelta al apartamento de M era largo, de más de una hora combinada entre caminar y el tren, y lo acompañamos de más cerveza y de esa diversión fácil de estar ‘prendidos’. Para llegar había que pasar por un puentecito, un lugar perfecto para ver atardeceres y el sitio predilecto de los bebés para ver trenes pasar, ya que está justo encima de las vías. 

Más de esta desvelada: A veces te extraño, Ale

Sin pensarlo mucho, le pedí a M que me tomara fotos cuando íbamos por la mitad del puente. Ni mi vestuario ni mi maquillaje tenían algo especial y tampoco me sentía particularmente linda ese día. Lo único que pensaba que destacaba en ese instante era que M y yo éramos los únicos ocupantes del puente que normalmente es lugar de paso para cientos de personas, bicicletas, coches de bebés y perritos

Ahora veo esa noche como una primera vez irrepetible, que no tuvo que ver con lo extraño de haber visto por esos días atardeceres que casi no llegaban y solo se presentaban a las 11 de la noche, y amaneceres afanados a las 5:00 de la mañana, la hora en la que estábamos parados en el puente y en la que en los veranos la tierra despierta a sus días con más horas de luz. Ahora entiendo que lo otro destacable del momento fue que en esa noche, por primera vez, me sentí feliz viviendo en Berlín.

Fotografía: cortesía

Llegar a vivir en una realidad en alemán de la cual entendía la versión reducida que estaba disponible para mí – la versión en inglés y español -, más el remolino caótico de conseguir vivienda, amigos y una nueva rutina en un lugar desconocido, y además estudiar una maestría en un segundo idioma, me habían dejado exhausta. 

Justo cuando la vida comenzaba a ponerse más amable unos meses antes, con la llegada de la primavera y la devuelta del sol al cielo y de los brotes a todos los árboles de la ciudad, y cuando el tiempo comenzaba a regalarle más orden y claridad a mi vida acá, la pandemia fue declarada, agregándole un evento masivo, histórico y sin precedentes a una existencia que ya se me complicaba. 

Apenas sucedió eso le dije a mis papás que iba a pausar la maestría y devolverme a Colombia, pues no valía la pena pagar en euros el encerrarme en un cuarto a estudiar online. En especial cuando parte de mi propósito de vivir en Europa era el de viajar y conocer lo que más pudiera. Mis papás me convencieron de quedarme, pues había demasiada incertidumbre que solo el tiempo podría resolver. 

Fotografía: cortesía.

Los números de infecciones de COVID se mantuvieron muy bajos en los primeros meses de la pandemia en la ciudad, por lo cual recuerdo sentir una ligereza en la vida a pesar de los cambios y las restricciones que vivimos. También sentí mucho menos miedo a contagiarme, en especial con el buen clima, porque la mayoría de cosas las hacíamos al aire libre. 

El comienzo de ese verano fue entonces la culminación de dos semestres académicos y de vida difíciles, y para celebrar, le dediqué todo el tiempo libre que tenía a enamorarme y disfrutar del velo de alegría del que se recubre esta ciudad cuando llega el calor. Esa noche, parada en la mitad del puente, mi cuerpo supo antes que yo de la importancia de mi euforia, de cómo la alegría desvelada de ese momento era un hito, y por eso sentí que tenía que tomarme fotos para recordarla.

Mientras yo apenas me arreglaba para dormir, el sol en el cielo ya daba comienzo a otro día y con la luz que le daba a la Tierra en esos días largos, desvanecía las sombras que habían envuelto mis sentimientos por tantos meses. 

Fotografía:cortesía

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