Por: B.
Pensé que no tenía un Voldemort.
Siempre sentí que había cerrado bien mis relaciones y procesado el dolor con atención y sanación consciente.” Si repasaba mentalmente a las personas de las que alguna vez estuve enamorada, ninguna dolía. No eran tabú. Podía nombrarlas sin nostalgia ni incomodidad.
Entonces pensé: ¿y si tu Voldemort no es un ex amor?
Después de varios días rumiando la idea —amistades, personas, episodios— la respuesta llegó con claridad.
Mi Voldemort no es una persona del pasado.
Es un suceso.
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En el mundo de Harry Potter, el miedo a nombrar al Mago Tenebroso nace del terror a evocar el dolor, el horror y la oscuridad de sus actos. En esta historia, el miedo no es hacia alguien más, sino hacia mí misma: a enfrentar mis decisiones pasadas y la vergüenza que aún cargan.
Tenía diecisiete años.
Vendía dulces en la escuela para tener un poco de dinero; en casa nunca sobraba. M., una amiga, insistía en que vendiéramos cosméticos por catálogo como ella y su mamá, pero yo estaba convencida de que eso no era para mí. Un día, al salir de clases, encontramos un anuncio que prometía un trabajo ideal para estudiantes: pocas horas, buen pago. Fuimos a la “entrevista”. No fue una entrevista, sino una charla motivacional diseñada para convencerte de tomar una semana de capacitación sin paga. Una estafa.
Pedimos permiso para faltar a clases y durante una semana viajamos todos los días del Estado de México al Distrito Federal. Seis horas diarias de entusiasmo forzado, lágrimas compartidas, risas ensayadas y manipulación disfrazada de crecimiento personal.
Antes de empezar, me prometí: «si piden dinero, me voy»
Pidieron dinero.
Y no me fui.
La manipulación funcionó. Pueden juzgarme. Era ingenua y no conocía el mundo. El problema fue la cantidad. Justo entonces nos habían depositado la beca estudiantil. No era suficiente, pero parecía cerca. Conseguir el resto se volvió urgente.
Ahí nació el plan.

Mi primer motivo de vergüenza
M. y yo decidimos pedir dinero prestado sin decir la verdad. Inventamos una historia: un accidente en una tienda, una vitrina rota, un pago urgente. Una amiga, T., habló con su tía, quien administraba la caja de ahorro familiar. Nos prestaron el dinero.
Yo fui quien mintió para conseguirlo.
Ahí crucé una línea.
Al día siguiente, después de firmar el contrato, buscamos de nuevo los nombres de los supuestos empleadores. Esta vez, con apellidos completos. Aparecieron las noticias: denuncias, detenciones, acusaciones de fraude en otros estados.
Mi segundo motivo de vergüenza
Sabiendo que el dinero estaba perdido, quedaba devolver lo que nos habían prestado. Como estudiante, mis opciones eran limitadas. Acepté la sugerencia de M. y me inscribí al programa de ventas por catálogo. Aún no tenía credencial de mayoría de edad, así que lo hice con los datos de mi mamá.
Nada salió bien. Pedidos mal calculados, productos que no se vendían, rifas improvisadas.
Intenté cubrir un pago con otro pedido y la deuda creció. Llegaron las fechas límite, luego las llamadas, después las cartas.

Cuando los avisos de “pago urgente” llegaron por correo, no pude ocultarlo más.
Mi hermana S. me ayudó. Había guardado el dinero de unas becas y me lo dio completo.
Sin reproches. Sin preguntas.
Nunca se lo devolví.
Nunca me lo pidió.
Yo sigo intentando pagarle de otras formas.
Desde entonces, algo en mi confianza se quebró. Con el tiempo, otros sucesos terminaron de romperla, pero hoy entiendo que fue ahí donde empezó. La sensación de no merecer, de no ser capaz. La idea de que producir dinero era algo que otros podían hacer con facilidad y yo no. Que incluso en algo tan sencillo —algo que miles resolvían— yo había fallado.
Alguien tuvo que salvarme porque yo no pude.
Dieciocho años después, lo nombro por primera vez.
Escribir esto ha sido una forma de enfrentarme por primera vez a esta parte de mi historia. No sabía que su huella seguía haciendo daño. Hoy entiendo que esta versión de mí, más sabia y con más herramientas, es la que puede mirar el pasado con comprensión. Y aunque aún hay cosas por mirar, al menos ahora puedo nombrarlo.
