febrero 13, 2026

Una casa color menta

By In Especiales, San Valentín

Por: G. Rodríguez

En el medio de una farmacia en otra ciudad, con un helado en la mano, y con mi amiga haciendo la fila para pagar, mi Voldemort, parado frente a mí, destruyó mi mundo con 4 palabras: “Tienes una hermana nueva”. Sin anestesia, sin preparación, sin empatía, como todas las noticias que me había dado en 23 años.

En otra historia, sería una buena nueva, una hermana nueva, si tan solo no se acabara de separar de mi madre, y si tan solo no tuviera 60 años y no estuviera desempleado.

Tal vez te interese leer: No diré su nombre, sexta edición: pequeños perfiles de historias de amor

“Vamos a ir a que la conozcas, pero por favor no te hagas la sorprendida, que ya les dije a todos allá que tú sabías de esto”. Nuevamente, me pide que mienta por él. Nuestra relación transaccional donde él gana favores, dinero o empatía y yo quedo traumatizada.

Mi primera hermana sorpresa apareció cuando tenía 19 años. No lo veía desde hacía tiempo, pero apareció un fin de semana en mi casa, salimos con mi novio del momento y de la nada me mostró una foto de una adolescente. “Esa es tu hermana”, me dijo sin pensarlo mucho, “no le digas a tu mamá”. Es muy bueno en muchas cosas, y es el mejor en hacer que el aire se ponga pesado y a mí me cueste respirar.

En la farmacia, unos años después, no fue diferente. Yo no podía respirar, ni emitir ningún sonido, solo podía pensar “¿cómo le explico a mi amiga que va a tener que acompañarme a esto?”. Para mi suerte, de su lado solo hubo apoyo, y nos embarcamos a lo que sería una de las tardes más horribles de mi vida.

Foto de Nubia Navarro (nubikini) de Pexels: https://www.pexels.com/es-es/foto/beagle-tricolor-adulto-caminando-en-la-acera-junto-al-edificio-de-hormigon-verde-al-otro-lado-de-la-calle-foto-1292499/

Manejamos hasta una casa color menta, piso de arena y con mucha gente caminando alrededor. Él entró a la casa, salió con una bebé recién nacida. “Bájate para que conozcas”. ¿Por qué no digo que no?¿Qué es lo peor que puede pasar si digo que no? No puedo dejarle mal. Nunca puedo decirle que no. Me bajo y entro a la casa. Me recibe de beso y abrazo una mujer joven, quizás en sus treintas. “Holaaa, ¿cómo estás? Qué lindo conocerte al fin, bienvenida, estás en casa”. Mi posible madrastra me trata como si fuera una sobrina lejana. Yo todavía no he emitido mi primera palabra en 2 horas y solo asiento y sonrío. Él me pide que cargue a la bebé, niego con la cabeza. Insiste en que le dé un beso, lo hago pensando que terminará más rápido este suplicio. ¿Debería estar feliz por él? Se ve feliz, quizás con esta hija no sea un desastre, pienso y lo resiento al mismo tiempo, ¿por qué conmigo sí tuvo que serlo?

El resto de la interacción se siente infinita, aunque no pasa más de una hora. De regreso en el auto me recuerda que no quiere lastimar a mi mamá, entonces que no le diga. Me envía de regreso a mi ciudad en un autobús junto con mi amiga, que me deja llorar por los 80 minutos del viaje hasta llegar a casa, más rota de como salí.

Mi padre y mi relación con él son mi constante tormento. Hablaré de ello con quien me quiera escuchar y con los que no. Y lo hablaré en chistes, tweets, historias, llamadas llorando, en cenas con mis hermanos, en primeras citas, con mi psiquiatra y con mi psicóloga. Es devorador, avasallante. En algunos momentos solo pienso en cómo se me eriza la piel cada vez que me llama, en cómo cuelgo y lloro después de hacerme sentir mal por no llamarlo. “Si me muero, se llegarán a enterar meses después; si es por ti, ni te enteras”. Su existencia en mi vida es una sombra intermitente, como él en mi niñez, a veces estaba, a veces no. La sombra crece, consume, destruye, se achica, se convierte en palabras, se diluye con antidepresivos, se convierte en risas con amigos.

La maternidad para mí cada vez se ve más lejana porque temo ser como él y convertirme en el Voldemort de una niña que 25 años después estará escribiendo historias de cómo está marcada por nuestra turbulenta relación. Si hay papá, hay trauma, si no hay papá, hay trauma. Mi corazón lo ha roto la misma persona en múltiples ocasiones, está marcado, apretujado, remendado, y aunque no digo su nombre, sigue siendo mi papá.

Leave a Comment