abril 28, 2026

Un elfo ante la oscuridad

Este texto forma parte del e-book Conjurando a B: apuntes oníricos sobre el duelo y los milagros

By In Ensayos

De espaldas parece más un elfo descansando que un Santa Claus. Eso dicen los que han visto la foto, por siempre atrapada en un portarretratos comunal, como una mariposa frente al alfiler. 

Un Bambi de peluche asoma la cabeza por la esquina derecha, acostado en un piso de cerámica típicamente mexicana, típicamente duranguense, con pinceladas aleatorias que forman paisajes abstractos en miniatura.

La puntita del gorro del elfo parece un foco miniatura, una luciérnaga que se adentra en la oscuridad.

La fotografía es una instantánea. La belleza de las instantáneas es que guardan una certeza: no se pueden revisar, corregir. Si ésta fuera una fotografía digital, al ver el resultado oscuro y con el protagonista sin dar la cara, la foto se hubiera borrado y hubieran aparecido más, en el teléfono o la cámara. Instantes ahora modificados para ser perfectos. 

Y aunque sí hubo más fotos ese día, aunque en la serie el niño mira al lente, ríe y gatea, ésta, la primera, guarda la melancolía de los errores que no se pueden reparar.

Ese 24 de diciembre de 2016, B tenía apenas algunos meses. 

B es el sobrino de mi mejor amigo. Su nombre también era B

B era cuatro meses y siete días mayor que yo.

B me pidió que fuera su novia en la misa por el festejo de mi tercer cumpleaños. Y luego en el primer año de primaria. Y luego en cuarto año.

B tenía orejas raras. Puntiagudas y con una bolita al centro, como un personaje de Tolkien. De todo aquello que lo formaba, esas orejas y sus lunares repartidos en la piel blanca era lo que más me distraía cuando bailábamos.

B perdió mi sacapuntas de Hércules el primer día de clases. 

B perdió a su mamá, la mejor amiga de la mía, cuando teníamos 12 años.

En los meses de la enfermedad, B acariciaba la cabeza de su mamá porque una película le dijo que así se iría el cáncer. 

Cuando a los 22 años B estuvo en terapia intensiva por un accidente del que era probable que no sobreviviera, lo único que supe hacer, parada al lado de su cama, fue acariciar su cabello. 

B sobrevivió. 

B manejaba con un gesto sombrío. 

B tenía dos pies izquierdos.

B me tomaba la mano cuando estaba asustada. Un ligero apretón y listo. Su mano se quedaba ahí hasta que la calma aparecía. La tranquilidad era eso: el peso de sus dedos sobre los míos.

B murió un año y medio después del accidente, en un choque absurdo, un mes antes de que yo regresara de Madrid. 

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No pude despedirme de B. No estuve en su funeral. No le llevé flores. Un error que no se puede reparar.

Al regresar a México descubrí que todas nuestras fotos infantiles están perdidas en alguna caja, algún rincón al que no logro acceder. Descubrí también que todo lo que hice o dije en los dos meses posteriores a su muerte no se grabaron en mi memoria, y el recuerdo de la última vez que lo vi con vida fue sustituido por aquel día en terapia intensiva: la enfermera diciéndome que podía hablarle y tocarlo, mi mano encontrando espacio entre los vendajes de la cabeza. 

Ahí, como un rasgo maniático del duelo, la cámara instantánea se volvió mi mejor amiga ante el temor a olvidar más momentos, cosas, personas. 

Poco después de la muerte de B, supimos que un bebé venía. 

La fotografía es el mecanismo que preserva recuerdos por excelencia. Pero ahí donde no valen las certezas digitales, donde una foto puede quemarse, desenfocar, donde hay sólo una oportunidad y la foto puede revelarse mal, la memoria encuentra sus propias conexiones, construye significados únicos: 

B en un traje de Santa Claus que le queda demasiado grande.

B aprendiendo a caminar en el piso frío de la casa de su abuela. 

B huyendo de mis brazos, adentrándose en la oscuridad.

Puedes descargar Conjurando a B: apuntes oníricos sobre el duelo y los milagros aquí.

Written by Sac-Nicté Guevara Calderón

Maestra en Literatura Hispanoamericana por la Universidad Complutense de Madrid y Maestra en Comunicación por la Universidad Iberoamericana. Fue becaria del programa Prensa y Democracia (PRENDE) de la Universidad Iberoamericana y parte del MashUp de periodismo “Balas y Baladas” de 2016, finalista del Premio Internacional de Crónica “Nuevas Plumas” 2017 y, desde 2019, forma parte de la #RedLATAM de Jóvenes Periodistas y de la Redacción Líquida de Distintas Latitudes. Como académica, ha presentado su trabajo en el Observatorio Cervantes de la Universidad de Harvard, y en diversos congresos nacionales e internacionales. Sus áreas de especialidad en este ámbito son la crónica virreinal novohispana y la crónica latinoamericana del siglo XIX. Como criatura híbrida, adora explorar los puntos de unión entre géneros y temas, por imposibles que parezcan. Escribe sobre cultura -desde todas sus concepciones, aunque le obsesiona la pintura- y sobre moda. Desvela enigmas literarios y periodísticos.

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