junio 25, 2026

Todo lo que querías saber de una persona en situación de calle

y no le preguntaste a una chica trans

By In Crónica

Esta investigación es resultado de la beca: “Programa Exprésate 2025” de la Fundación Internacional de Mujeres en los Medios de Comunicación (International Women’s Media Foundation , por sus siglas en inglés).

Caldo de gallina

Son las ocho de la noche, tiempo perfecto para cenar un caldo de gallina. En la mesa de un local ubicado a las afueras de la estación del metro Revolución de la Ciudad de México se encuentran Dulce Jazmín, Salinas y Silvia, todas trabajadoras sexuales en condición de calle. De las tres, Jazmín es quien más disfruta la comida: toma una tortilla y le pone una porción considerable de salsa, limón, cebolla y un pedazo de huacal de pollo. Con mucha destreza, logra enrollar la tortilla y remojarla en el caldo, antes de que la tortilla se deshaga le pega una mordida. Su masticar es lento. Jazmín llevaba más de 24 horas sin probar alimento, luego de haberse “enfiestado” con un cliente: un plan “tranqui” el martes, amenizado de piedra (cristales de cocaína) y alcohol. Silvia también ordenó un caldo de gallina pero come desganada porque le duele el estómago, en cambio Salinas asegura no tener hambre. Silvia y Jaz dicen que Salinas prefiere gastar el dinero en una dosis de piedra con la que perderá el apetito un par de días, porque cuando se vive en la calle, el hambre estorba.

 Mientras el mesero trae la cuenta, Jazmín le coquetea.

—¡Hey! Ps, ps, ps. ¡Papi, qué lindo estás! 

El mesero sonríe y se retira apenado. Jazmín se acerca con sus amigas para contarles qué le gusta del hombre 

—¡Ay mana, así me gustan! ¡Con sus nalguitas y sus caras de indios! ¡Jajaja!

Entre bromas confiesa que quiere contar su historia porque dice, es similar a las de sus amigas trabajadoras sexuales y chicas trans que viven en la calle. 

Nadie sabe cuántas personas viven en la calle, mucho menos cuántas ejercen el trabajo sxual y/o son de la diversidad sexogenérica. Según el Conteo Anual de Personas en Situación de Calle del 2023-2024 realizado por la Secretaría de Bienestar e Inclusión Social (SEBIEN), en la capital del país hay mil 124 personas en situación de calle, mientras que el Instituto Nacional de Geografía y Estadística (INEGI) en 2020 hizo contó a mil 226 personas, siendo la Alcaldía Cuauhtémoc la zona con mayor concentración de población de calle. 

Asociaciones civiles como “El Caracol. AC”, reiteran que esta población es diversa: niñas, niños, adolescentes, personas con discapacidad, personas mayores, personas de la comunidad LGBTTTIQ+, mujeres, hombres o familias completas que sobreviven en el espacio público.

***

Dulce Jazmín Tapia García (nombrada Gerardo ante el Registro Civil), es hija de un matrimonio campesino. Nació el 1 de octubre de 1997 en San Juan Colorado, una comunidad perteneciente a Santiago Jamiltepec, en la costa chica del estado de Oaxaca. Dice que su signo zodiacal es Libra y aunque desconoce las características de las mujeres de este signo, está orgullosa de serlo.  Es la tercera de cinco hermanes. Desde muy pequeña supo que su cuerpo no pertenecía al género que le habían asignado y su familia no comprendía ese sentimiento. Durante su infancia y parte de la adolescencia, su papá buscaba “corregirla” con golpes, sobre todo para aminorar las habladurías de la gente del pueblo. 

Pese a los chismes y desacuerdos con su familia, comenzó a maquillarse y se dejó crecer el cabello. A los 12 años un hombre del pueblo abusó sexualmente de ella. Toda su familia supo del episodio, pero no hicieron nada. La impunidad del caso responde a qué, posiblemente la culpa sería de Gerardo por su comportamiento “afeminado”. 

—Yo era un niño hermoso. Todos me deseaban porque era muy bonito y la gente me lo decía. 

Cursaba el segundo año de secundaria cuando huyó de su casa. Las golpizas por parte de su papá y la falta de apoyo y comprensión por parte de su mamá, le causaban sentimientos de tristeza y soledad. Dice que nunca recibió información sobre el derecho a la identidad de género y demás temas relacionados con educación sexual. En su casa no se hablaba de eso.

—A los 14 años me escapé con un hombre mayor que ni conocía. Él fue de vacaciones al pueblo y se me hizo fácil acostarme con él. Esa noche mi papá nos descubrió en el baño de la casa y me puso una golpiza. Al día siguiente hablé con él hombre y le dije: “Me quiero ir a la Ciudad de México, llévame contigo…” “¡Vamos!” me dijo. Lo peor es que él se bajó hasta Cuernavaca. Cuando llegamos a la terminal me dijo: “¡bájate, aquí yo sigo!” Eso fue lo peor de mi vida porque me dejó sola como un perro.

Al llegar a la Ciudad de México, dice que logró sentir algo parecido a la libertad. Lo primero que hizo fue reafirmar su género presentándose como “Dulce Jazmín”, nombres que asegura, describen su personalidad. Tras el abandono en la terminal de autobuses, Jazmín buscó a dos de sus hermanas que viven en el Estado de México, pero la convivencia fue incómoda y violenta.

—Por el momento vivir en la calle es la única y la última opción. Llevo tres años quedándome en la calle y ¡claro que me han buscado mis familiares, mis sobrinos, mis hermanas y todo, manita!, pero ellos me dicen: “¡no te vistas de mujer en mi casa!” No me aceptan. No me quieren de mujer, me quieren de hombre. No me quieren a mí, a Dulce Jazmín, porque esta es la persona que soy.

Llora de impotencia y recuerda los episodios que la orillaron a vivir en situación de calle.

—Me aceptan, pero me discriminan. Por ejemplo, a la hora de comer, no me dejan sentarme en la mesa. Apartan mi cuchara, mi plato, mi vaso. Ponen mis cosas aparte y me hacen a un lado, ¡como si yo fuera un perro con sarna!  Cuando me invitan a comer me piden que lleve mis propios recipientes cuando saben que no tengo. Es humillante. Mejor mi cuñado me dice que no les haga caso, por eso prefiero estar en la calle, aquí me aceptan como soy.

La última vez que Jaz visitó su pueblo (hace dos años), su mamá le dijo que la dejaría pasar a la casa con la condición de que “se vistiera como lo que es, como Gerardo, como un hombre”.  Ella no pudo entrar. 

“Violencia en el entorno laboral del trabajo sexual y consumo de sustancias en mujeres mexicanas” publicado en 2014 en la revista Salud Mental del Instituto Nacional de Psiquiatría Ramón de la Fuente Muñiz, señala que las trabajadoras sexuales de calle: “viven en un ciclo de violencia que inicia desde la infancia y se agudiza conforme pasa el tiempo. Se enfrentan a una serie de problemáticas sociales que se interseccionan con la pobreza, el abuso de sustancias, el riesgo de Infecciones de Transmision Sexual (ITS) historias de abuso infantil o de violencia de pareja”.  Es decir, es la violencia la que las orilla a vivir en la calle, porque a lo largo de sus vidas han estado expuestas a maltratos psicológicos, sociales o físicos,  al grado de normalizar estas agresiones. Y no es que sean ajenas a este fenómeno, sino que las primeras formas de violencia vienen del entorno familiar, la que debería ser su primera red de apoyo. 

Más de esta Desvelada: Mágicos músculos

 Respetar la calle

Jazmín es conocida por ser amigable y compartir las cosas que las circunstancias le va brindando en el transcurso del día. Dice que la calle le ha enseñado el respeto y el saber valorar el agua, la comida, un trago de alcohol, incluso valorar cuando le regalan un cachito de “piedra”  con el que logra relajarse. Esta variante de la cocaína también conocida como “crack”, es una pasta amarillenta que se endurece formando pequeñas piedras o rocas, las cuales Jazmín consume ocasionalmente fumando en una pipa de cristal. 

—¡Aprendes a respetar todo, mana! ¡Todo! Porque la vida en la calle manita, no es tan fácil.

Jazmín vive en los alrededores del metro Revolución. Por lo general improvisa un espacio para dormir con cobijas y cartones que coloca en algún jardín, en la banqueta o a las afueras de algún establecimiento poco concurrido. Al migrar a la CDMX  y tras el rechazo de sus hermanas buscó a una conocida de su pueblo. Influenciada por esa amistad, se inició como trabajadora sexual a los 15 años. El trabajo le pareció fácil, le gustaba el tener que “producirse” para lograr verse como mujer, para “ponerse regia”. La primera zona donde “se paró” fue en Garibaldi, aunque recuerda  que con el paso del tiempo, el ambiente comenzó a ponerse pesado y se movió a la zona de la Merced. Dice  que su juventud, personalidad y género jugaban a su favor. 

—La mayoría de mis clientes me buscaban para que yo me los cogiera. Les gustaba que una mujer se los cogiera. En un día podía hacer 10 servicios. Gané mucho dinero y un día dije, voy a rentar mi propio cuarto. Yo vivía con una amiga en Ecatepec y en esa misma zona busqué un lugar. 

Poco a poco comenzó a comprar algunos muebles. Su sueño era tener una casita con sala, comedor, cocina y una recámara para que su familia de Oaxaca pudiera visitarla y sentirse orgullosa de ella. Sin embargo en noviembre del 2017 perdió  lo poco que había logrado construir. 

—Recuerdo que era Día de Muertos. Me había visitado una prima. En la calle estaban tronando cuetes y entonces cayó uno dentro de mi casa porque la ventana estaba abierta. ¡Yo bajé bien enojada, mana! y les reclamé a unos chacales que estaban allí. Entonces hice una pendejada: le rompí el parabrisas a dos camionetas. ¡Mana yo no sabía que esa gente era mafiosa! 

En ese momento Jaz descubrió que el dueño del edificio donde ella rentaba, era distribuidor de drogas. Un narco local que tenía el control en la zona. Los hombres entraron al edificio y forzaron la puerta de la vivienda. Jazmín sintió miedo de que esos hombres le hicieran daño a su prima. Estaba aterrada.

—Entraron a mi cuarto, nos amenazaron con pistolas. Les pagué todo y allí quedó. Yo nunca he tenido una cuenta del banco, porque no tengo papeles para sacar una. Por eso todos mis ahorros los tenía en mi cuarto. Esos se dieron cuenta que tenía más dinero, regresaron en la madrugada, me quitaron todo y me corrieron. Desde ese día no puedo regresar, estoy amenazada de muerte. Me vieron sola y no pude hacer nada—. La pérdida de su patrimonio la llevó a experimentar una profunda tristeza. No sabía a dónde ir. 

El Centro de Asistencia Social (CAIS) “Coruña”, ubicado en la Alcaldía Iztacalco y que recibe a personas en situación de calle, no es seguro para las personas trans. Ulises Pineda, Jefe de Departamento de Derechos de las Personas LBGTTTIQA+ de la Comisión de Derechos Humanos de la Ciudad de México (CDHCM), señala que “hay violencia, discriminación, les ponen apodos, incluso hubo un momento en el que tuvimos que acompañar dos casos, porque aparentemente las personas del trabajo social les decía a la personas LGBT, especialmente a mujeres trans, que no pueden entrar vestidas de cierta manera, eso es discriminación”. Jaz confiesa que en una ocasión visitó “Coruña” y que le gustó porque, dice, es “como estar en la calle”.

Despúes de haber perdido su patrimonio y al no tener a donde ir, Jazmín intentó refugiarse con su familia, pero eso implicaba lidiar con el rechazo por ser mujer trans y “prostituta”, considerando que hay una diferencia entre la prostitución y el trabajo sexual. La primera es una forma de explotación, en donde la persona no tiene agencia para decidir sobre su cuerpo o las ganancias, toda decisión depende de un “padrote” aunque está relación de poder también puede venir de una “madrota”. Mientras que el trabajo sexual se considera una actividad autónoma, en donde la trabajadora decide costos, tiempo y el tipo de servicio que puede hacer. Jazmín se asume trabajadora sexual. 

Desde entonces, la situación social de Jaz no mejora, sino todo lo contrario. A sus 28 años aún no logra concluir la secundaria, su familia no la reconoce como mujer, hecho que la mantiene en un estado permanente de depresión y baja estima. Su nivel educativo le resta oportunidades laborales y la posibilidad de relacionarse en otros ámbitos, sin olvidar que, conforme pase el tiempo la edad jugará en su contra. Esto me lleva a mencionar el artículo: “Creencias, estereotipos y prejuicios del adulto mayor hacia el envejecimiento”  en donde se explica que “los estereotipos y prejuicios en relación a la edad (en la cultura mexicana), son negativos ya que envejecer se asocia con pérdida de salud, soledad, dependencia, deterioro funcional físico y mental”.

Las experiencias diarias de Jazmín se tejen acompañadas de “La Caña”, una bebida alcohólica que compra por 20 pesos. Si tiene suerte, algún cliente o amistad le invitan su “cañita”, como le dice de cariño. Cada que destapa su bebida, arroja un chorrito de alcohol al piso, dice que es para que “sus muertos” no tengan sed. A lo largo del día permanece en estado de ebriedad, cotorreando con sus compañeras trabajadoras sexuales, con vendedores ambulantes y otras personas en situación de calle, viendo pasar el día hasta que dan las 8 de la noche, tiempo de trabajar. Por ello Jazmín se asume alcohólica y reitera que no le da pena aceptarlo. Su sinceridad y humor cálido la han llevado a construir un lazo de confianza con su amigo Milaneso, un hombre de 38 años que también vive en la calle. 

—Con Milaneso compartimos la caña, la piedra, las cobijas. Me acuerdo cuando nos quedamos debajo de ese edificio porque nos agarró la lluvia. Nos tapamos con unas cobijas. Yo veía de reojo a la gente parada a nuestro lado, esperando a que pasara la lluvia ¡Qué pena con la gente! Le decía al Milaneso que se hiciera el dormido.

Milaneso ríe al recordar la escena bajo la lluvia y no titubea al reconocer que cuando siente hambre busca a Jaz, porque ella siempre consigue qué comer. Sobre todo cuando no alcanzan alimentos en el comedor comunitario de la zona.

—¡Manita! Es que yo consigo porque soy honesta. Yo voy con la gente y le digo: “Manito ayúdame con un peso, mira manito que ando bien cruda, tírame paro, préstame para mi caña”.

El comedor más cercano a la zona de Revolución es “Manos Amigues”, un espacio ubicado en la colonia Guerrero, fundado por el neoyorquino Brent Alberghini durante la pandemia. Aunque está dirigido a la población en general (incluso para quienes no viven en la calle), se prioriza el servicio a personas vulnerables de la comunidad LGBTTT+. Hasta el día de hoy este comedor se ha convertido en un centro comunitario que brinda alimentos a esta población. Cabe señalar que los alimentos de dichos comedores se producen en las cocinas centrales de la SEBIEN, lo que permite la operación de 415 comedores divididos en las 16 alcaldías, no obstante “Manos amigues”, destaca porque los alimentos se preparan en el mismo lugar.

Una comida en un comedor comunitario cuesta 11 pesos, incluye una entrada (sopa), el plato fuerte (proteína animal o vegetal ), agua y tortillas.  Jaz frecuenta este lugar, aunque cuando tiene oportunidad siempre preferirá comer un caldo de gallina. El Milaneso dice que otra posibilidad para conseguir alimentos son las cocinas económicas, espacios donde ocasionalmente les regalan un taco o agua de sabor.  

El respeto es para los “cricozos”

Dice Jazmín que toda persona que vive  en la calle  ya probó las drogas. El activo (inhalantes), la marihuana, la piedra o el cristal (metanfetamina cristalizada) son sustancias fáciles de conseguir en la zona y no sólo funcionan como una alternativa para “escaparse de la realidad”, también son una posibilidad de ascenso. Jazmin explica que muchas personas en situación de  calle se han unido a grupos delictivos para vender sustancias ilegales .

—Mana, hay gente que se cree mucho, que se cree que tiene poder porque venden vicio. Yo no me meto en esas cosas. No me gusta tener problemas con nadie, es peligroso. 

***

Son las ocho de la noche y Jazmín se dirige al cuarto de un hotel de bajo costo, en donde el dueño le presta (a ella y otras trabajadoras sexuales de calle) un cuarto para descansar o cambiarse. Huele a humedad y no está limpio, pero ella agradece el espacio.

Mientras se acomoda las almohadillas que moldean sus caderas y simulan unas nalgas prominentes, explica que en la calle es más fácil conseguir drogas que comida. Por 30 pesos puedes comprar una piedra y experimentar una sensación de euforia. Dependiendo de cómo se consuma, la sensación de alegría inmensa se prolonga por quince minutos y te quita el hambre por dos o tres días. 

Académicos especialistas en el tema como Siobhan F Guerrero, investigadora del Centro de Investigaciones Interdisciplinarias en Ciencias y Humanidades de la UNAM, y Ricardo Baruch Domínguez, investigador independiente en materias de derechos humanos y salud de poblaciones clave, reiteran que las adicciones de las trabajadoras sexuales hacia la piedra, cristal u otro tipo de sustancias ilícitas están influenciadas por los clientes, quienes les pagan por consumir. 

Ulises Pineda reconoce que hay una falta de coordinación, orientación y atención digna por parte de las instituciones gubernamentales, lo que evidencia la ausencia de políticas públicas de atención reales. En tanto que la investigadora, filósofa y humanista de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) Siobhan F. Guerrero, también prevé necesaria la intervención de la academia con la apertura de nuevas líneas de investigación, en donde se contemple una mirada interseccional para mujeres trans, con el objetivo de que los resultados se logren materializar en iniciativas de atención. El problema, explica la investigadora, es que aún hay desinterés en el tema, al grado de que no hay recursos gubernamentales para apoyar el campo de la investigación. 

Por ello, las conversaciones con Jazmín dan cuenta de esta falta de políticas públicas en materia de prevención de adicciones, aunque considerando el contexto de las mujeres trans trabajadoras sexuales en condición de calle, el consumo de drogas en estos espacios les permite no solo anestesiar la incertidumbre de vivir en la calle, sino quitar el hambre.

Para Jazmín el cristal es de las peores drogas que se pueden probar. Explica que por el consumo de esta sustancia, ha visto morir a varias de sus amigas; mujeres trans en condición de calle que por conseguir una dosis hacen “de todo”. Por eso reitera que “respeta a los cricozos” (término con el que se refiere  a las personas que tienen adicción a sustancias psicoactivas como metanfetamina o  cristal), porque es difícil lidiar con la dependencia que causa esta droga. Comenta que todavía se resiste a probar el cristal, aunque la piedra no le es indiferente. Este “gusto adquirido” fue patrocinado por su cliente.

—Hace 10 años un señor en la Merced me preguntó que cuánto cobraba por fumar piedra con él. Yo siempre le decía que no. Me insistió tanto y a la cuarta vez que lo vi me dijo: “te pago más si fumas conmigo”.

Geraldina González de la Vega, Presidenta del Consejo para Prevenir y Eliminar la Discriminación de la Ciudad de México (COPRED), explica que quienes se dedican al trabajo sexual enfrentan más estigmas y formas de violencia, una de ellas la violencia simbólica: cuando sus cuerpos son subestimados y son destruidos por el consumo de drogas. Esto permite comprender que, no es que ellas no tengan agencia para decidir, sino como menciona Jazmín: “abusan porque saben que necesitan dinero para sobrevivir”. 

—¡Me convenció!—, afirma con resignación mientras pega con el puño a la pared. —Primero me dio 500 pesos por fumar una piedra, luego otros 500 por fumar otra. La primera vez que fumé me fue bien. Ese hombre pagó por enviciarme. Ahora que me ve ni me pela. Y así hace con muchas de aquí; paga para enviciarlas y luego ya no las pela. Esa es su fantasía sexual, hacer maldad.

Relaciones de riesgo y el riesgo de las relaciones

—¡Mira mana, este es mi marido!  dice Jazmín mientras se carcajea y se cuelga del brazo de Faustino, un vendedor ambulante de chocolates.

—¡Dulce Jazmín es la verga! Nunca me ha faltado el respeto, ni a mí, ni a mí corazón. Me decían que ella era la rompecorazones. ¡Creí que era broma, pero sí es una rompecorazones! Abusa de su belleza—, dice Faustino.

Los piropos la animan a relatar su situación sentimental. Dice que a mediados del 2025 terminó una relación con un chico que vive por el metro Revolución. La ruptura la atribuye  a la familia del novio, que, dice, no dimensionó que anduviera con una mujer trans que vive en la calle y se dedica al trabajo sexual.

Karen, otra mujer trans, trabajadora sexual y amiga de Jazmín también dice que “sufre por amor” al haberse separado de su novio, quien la dejó para irse con otra trabajadora sexual de la zona de Tlalpan. Pero Jazmín se burla de ella, porque dice que ese novio es conocido entre las compañeras por ser un golpeador de mujeres.

Jazmín vivió la misma situación que Karen. Entre bromas y risas exhibe la parte baja de su vientre donde se aprecia una cicatriz profunda, dice que es “su cesárea”. Esa cicatriz es el resultado de una herida de arma blanca, la que su expareja le causó. Para Jaz, la “cuchillada” fue lo de menos; el entorno de violencia y deslealtad que vivió con esa persona perjudicaron su salud emocional y física, ya que fue contagiada con infecciones de transmisión sexual (ITS). 

De acuerdo con el Diagnóstico “Acceso a los servicios de salud para las personas en condición de calle” publicado por el COPRED en 2024, seis de cada diez personas en estas condiciones que ejercen el trabajo sexual requerirían acceder a servicios de salud sexual. El colectivo “Alpha: Inclusivo quien lo lea”, conformado por hombres trabajadores sexuales, en coordinación con “Clínica Condesa”, es de los pocos voluntariados que recorre las zonas de trabajo sexual para repartir preservativos, hacer pruebas de detección gratuitas de ITS y canalizar a las personas reactivas con la Clínica, con la finalidad de que estos reciban orientación y el tratamiento adecuado.

“Inspira Cambio A.C” es otra organización que promueve la salud sexual y reproductiva de las personas, especialmente de las personas con VIH y otras ITS, mujeres, personas usuarias de sustancias y población LGBT. Jazmín ha accedido a estos servicios, menciona que sus últimas pruebas de detención fueron en “Inspira”, sin embargo circunstancias como la violencia (los chantajes de los clientes) y la pobreza (la escasez de recursos económicos diarios para satisfacer necesidades básicas como comer), no le permiten reflexionar sobre los riesgos que corre al no cuidarse. 

—Hace dos meses (agosto 2025) me dio gonorrea. Mis defensas estaban muy bajas, me sentía mal y me pusieron penicilina. Antes también ya tenía sífilis, para esa fueron tres inyecciones. La sífilis me la contagió mi ex novio, el que me acuchilló.

Jaz está consciente del peligro que implican las relaciones sexuales sin protección (para no evitar riesgo/peligro), pero uno de los factores que aumentan las posibilidades de contagio es la insistencia de los clientes para no usar condón y el consumo de sustancias psicoactivas. Considerando que las personas en situación de calle apenas cuentan con dinero para comer, la compra de preservativos pasa a ser una necesidad secundaria.  

—Hay veces que nos vale verga cuando estamos drogadas o borrachas. Por 50 pesos, ya te entregas. Por querer el vicio o querer comer, el cliente te pide que lo hagas sin condón. Esa es nuestra vida, es a lo que nos arriesgamos. Lo padre de mí, es que no tengo VIH, porque es una enfermedad que aunque “te curas”, pues es triste saber que lo tienes.

Antes de ser diagnosticada de gonorrea, Jazmín estaba tomando la PrEP (profilaxis preexposición) un medicamento para prevenir la infección por el VIH que regalan en “Clínica Condesa”. Muchas de sus compañeras trabajadoras sexuales la toman, aunque al ser un medicamento de ingesta diaria, algunas lo suspenden por no poder trasladarse a la clínica. Pese a que el VIH ya es controlado de forma efectiva, Jazmín comenta que, para quienes viven en la calle, esta enfermedad causa depresión, un indicador que desmotiva a lxs portadores de este virus a seguir viviendo. 

Jazmín le tiene miedo al VIH porque dice que “ese ya no se quita”. Como ejemplo menciona el caso de “La china”, otra mujer trans en condición de calle que es portadora de VIH. “La china” también es de Jamiltepec y cuando se encuentran en alguna avenida se saludan y mantienen fluidas conversaciones en mixteco. Jaz dice que cuando su amiga se enteró que tenía VIH se puso muy triste. Aunque saben que este virus ya es controlable, el estigma por ser portadoras es otro motivo de discriminación incluso, entre la misma población de calle, hecho que puede perjudicar sus relaciones laborales con los clientes. 

 Hasta el momento los únicos espacios que Jaz conoce en materia de atención gratuita para ITS son “Clínica Condesa” e  “Inspira Cambio A.C”.  Este desconocimiento permite comprender las declaraciones de la activista y fundadora de “Casa de las Muñecas” A,C Kenia Cuevas, quien reitera que hasta el 2025, no existe una política pública de atención integral para las mujeres trans que les brinde educación, empoderamiento, capacitación, motivación, educación, salud o vivienda. Incluso no hay espacios de atención digna para esta población.

“La Casa de las Muñecas” es una asociación civil transfeminista fundada en el 2018 por la activista trans Kenya Cuevas. Este espacio trabaja por el reconocimiento y la defensa de los derechos humanos de las personas LGBT+, y aunque la activista permanece en las calles logrando acercamientos, las demandas la rebasan. Es necesaria la intervención del gobierno con políticas reales.

***

Para lograr este perfil era necesario mantener un contacto frecuente con Jaz. Entonces caí en cuenta que buscar a una persona en situación de calle es una verdadera misión. Para dar con ella caminé por la avenida Tenochtitlán, desde el metro Hidalgo hasta la estación del Metrobús Revolución, tres veces en un solo día. Pregunté por ella a vendedores de puestos ambulantes, a sus compañeras trabajadoras sexuales y a la señora de los periódicos. Traté de ubicar su “casita”, pero no la encontré. Para mayores referencias opté por describir su apariencia pero la ambigüedad de las respuestas me llevaba a considerar que Jaz probablemente había emprendido el camino en compañía de su amigo Milaneso a otra colonia en busca de espacios donde regalan alimentos o quizás se encontraba dando “servicio” en el cuarto de algún hotel. No siempre doy con ella, pero confió en que está bien, por ello decido regresar a casa y volver otro día. No encontrar a Jazmín me lleva a sentir un tipo de miedo y alerta sobre lo desesperanzadora y agresiva que se siente la calle cuando no se tiene rumbo. Ahora comprendo cuando Jaz dice que la calle merece respeto.

Leave a Comment