Por: Roy
Aún estoy preocupado por una muerte anunciada. He vivido más de un duelo y tengo la incertidumbre de perder a una persona más. Aunque sé que los cambios son una constante en la vida, duele pensar en la pérdida y en que la gente dejará este plano en algún momento. En mi caso lo vivo desde el trauma, de acuerdo a mis experiencias, a veces pienso que yo las provoco. Pero ya entendí que es algo que todos vamos a vivir; a través de la pérdida se descubren muchas cosas y en ocasiones las personas creen conocer todo de alguien, aunque la tragedia nos lleva a descubrir lo desnudos y expuestos que estamos.
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Mi primera pérdida fue Raymundo. Es extraña la forma en la que como trabajador sexual, conoces a alguien que antes de ser tu pareja, es tu cliente. Siempre había escuchado que ser “chichifo” (vividor o mantenido) termina mal, en mi caso la situación terminó de forma súbita. Raymundo quería protegerme de mí mismo, cosa que no me agradaba. Alguna vez le pregunté: ¿pero quién me va salvar de ti? Supongo que mi oficio como trabajador sexual le hacía creer que yo era una víctima de la vida y no que el trabajo sexual era parte de mi plan de vida.

Yo tampoco lograba entender cómo es que el plan de vida de Raymundo era tan cerrado, trabajando en una oficina. A pesar de las diferencias que teníamos, nuestras aventuras fueron muchas; desde un largo viaje a través de varias playas de México, hasta el emprender un negocio enfocado en arte. Tuvimos nuestros estira y afloja.
Para Raymundo era complicado entender que yo no explotara como era costumbre en su familia; las discusiones con su mamá y su hermana eran cosa de todas las mañanas y duraban horas, mientras que conmigo solo hablaba en calma. Recuerdo que solo una vez perdí los estribos y no me sentí bien con ello, nunca volví a hacer algo así. Siempre me mantuve a su lado aunque él estuviera desempleado, aunque no aceptaba del todo mi forma de ser y pese a que no entendía mi plan de vida.
No esperaba la pérdida de Raymundo. Sabía que las cosas eran extrañas y por ratos me sentía vigilado. Él me dijo que había alguien del edificio que nos observaba, pero yo no le daba mayor importancia. Dijo que había un vecino que lo acosaba y le preguntaba si nosotros éramos gays. Raymundo era de clóset y yo abiertamente gay.
El día que pasó todo yo había salido desde temprano a entrenar y a comprar unas cosas para nuestro emprendimiento. Lo usual era que al llegar a casa lo escuchara llamarme por mi nombre; aquel día solo oía el agua correr dentro del baño ubicado dentro de su habitación, pero no me habló. Note que se estaba tardando, me preocupé y me asomé: entonces vi un martillo y unas tijeras en el piso. No las toque. La habitación de Raymundo había sido forzada y cuando entré vi correr un charco de sangre que salía del baño y llegaba hasta la entrada de la habitación. Raymundo tenía una herida en el pecho, al punto que pensé que le habían arrancado el corazón. No había nada que hacer, él estaba muerto. Lo habían asesinado violentamente.
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Traté de pedir ayuda con la policía pero tardó en llegar. Al final al que culparon fue a mí, no entendía el porqué. Me llevaron al Ministerio Público; al llegar me quitaron los tenis y las calcetas para ponerlas como prueba, me tuvieron descalzo. Fue difícil pensar que terminaría en el reclusorio y que mi familia no sabía lo que estaba pasando, pero logré comunicarme con ellos. A ratos olvidaba que Raymundo había muerto y que ya no lo volvería ver. Se me olvidaba que por su muerte yo estaría preso en el reclusorio.
En el MP los policías me decían que aceptara lo que yo había hecho, aunque yo no lo maté. Era diciembre cuando todo esto pasó y lo que menos quería era que mi familia me visitara dentro del reclusorio. Mientras en el MP hacían los peritajes, también me dijeron que querían exponerme a ver la autopsia, querían que aceptara que eran mis huellas las que estaban en el cuerpo de Raymundo. Después de tres días me volvieron a subir a otra patrulla. En el trayecto les pregunté a los policías a dónde me llevaban, pero nadie dijo nada. Llegué al reclusorio. Al entrar vi a dos chicas transgénero y me acerque a ellas. Mantuve la calma, aunque me estaban ingresando sabía que no era tiempo para llorar. Le pregunté a una de las chicas trans si sabía cómo era adentro, lo único que me dijo es que ya habían pasado por dos cárceles dentro del reclusorio.

La chica trans me explicó que estaríamos en la zona de ingreso, que si yo decía que era gay me mandarían a una estancia con ellas para que estuviera seguro, ya que por lo regular, las personas son hurtadas y les dan la “bienvenida”. Afortunadamente el recibimiento de las personas dentro del reclusorio no fue duro; muchas me decían que me harían valer, incluso me animaron a llorar, pero no lo hice. Seguía pensando que cuando saliera de todo esto, hablaría sobre toda esta aventura.
No dejaba de recordar que yo estaba en ese lugar por Raymundo, me preocupaba que él había ocultado cosas de su vida que ahora serían expuestas; como el hecho de que sosteníamos una relación a escondidas, detalles sobre mí, sobre la verdadera naturaleza de nuestra relación. Pensaba que mis objetos personales dentro de la casa serían revisados para fines de investigación o por la familia de él. Al final, se demostró mi inocencia. Yo no lo maté, pero siempre recordaré lo que lo que vivimos y la forma en cómo viví su pérdida. No supe si lo cremaron o si lo llevaron a la playa. Nunca supe quien fue el culpable del asesinato.
Lo difícil fue explicarle a mi familia la situación: no sabían casi nada de mí, no sabían dónde buscarme, no sabían quiénes eran mis amigos y tampoco el lugar donde yo vivía. Tuvieron que aceptar que yo era gay y que mis preferencias no eran motivo para no quererlos en mi vida.
Aquella fue mi primera pérdida. Sé que no será la primera y que no seré el único que pasará por cosas similares. Me duele pensar que nunca sabré donde descansan los restos de Raymundo, nunca le podré visitar ni llevar flores a su tumba, solo sé que no lo volveré a ver. Tras su muerte acepté que lo amé, que nuestra relación fue complicada y que para continuar mi vida tuve que hacerlo con equipaje ligero.
