agosto 25, 2026

Alguien especial

By In Enigmas

Por Mariana Jiménez Huerta

Morí a los 49 años. Ni siquiera quise esperar a cumplir una década más. Creo que ya me encontraba muy fastidiado, de todo. Aunque había momentos en los que me sentía realmente especial, como si verdaderamente hubiera venido a este mundo con un propósito real.

Había otros momentos en los que me sentía realmente atrapado, como si cada día al despertar pusieran un ladrillo encima de mí, hasta cubrirme por completo.

Recuerdo muy poco sobre mi niñez. Normalmente todo lo que se decía era contado por otras personas y no por mí. Parecía que alguien siempre tenía una opinión sobre mí, sobre mi carácter, sobre mi forma de relacionarme.

Siempre escuchaba a lo lejos sobre lo difícil que era tratar conmigo, como si estuvieran haciendo un enorme sacrificio.

Durante mi vida tuve pocos amigos, ninguno fue a mi funeral. Yo sentía que nadie me entendía, que a nadie le importaba. Parecía que todos secretamente se ponían de acuerdo para sacarme de su vida. Realmente parecía algo implícito de manera social. Así que decidí alejarme de todo y de todos. Algunos de manera física, otros de forma emocional.

Fotografía: Cortesía

Conforme iba creciendo me di cuenta de que era muy difícil hablar incluso en mi casa. Mi madre, por un lado, creo que realmente me amaba. Sin temor a equivocarme podría decir que ella me extraña mucho más. Pero mi madre, así como amorosa, tenía un carácter terrible. A veces me hacía sentir un poco más especial que a mi hermana. Injustificado, pero así era. Había otros momentos en que su neurosis explotaba y volvía todo insoportable. Recuerdo, en mi cabeza, decir: “ya se está haciendo la víctima de nuevo” y eso automáticamente apagaba mi cerebro.

Eso me permitía concentrarme en otras cosas. De niño lo ocupaba en las caricaturas. Me encantaba verlas después de la escuela. Era como un cierre perfecto. En la escuela me divertía mucho porque sentía que ahí todos me querían, todos querían ser mis amigos. Era divertido hacerlos reír.

Lo de las caricaturas terminaba un poco pronto porque al regresar mi papá a casa, después de un día arduo como obrero, él prefería ver sus series policiacas o noticias. Solo teníamos una televisión en toda la casa así que tocaba adaptarse. Con mi papá hablaba muy poco, realmente no éramos tan unidos. De todos los miembros de mi familia creo que él era el que menos me entendía. Yo no era precisamente el modelo de hijo varón que seguramente él deseaba.

Había ocasiones en que mi mamá no me dejaba ver caricaturas y ponía sus telenovelas. Esas creo que me gustaban un poco más. Me encantaba la intriga y las estrategias de las villanas. Conforme fui creciendo me di cuenta de que esas villanas eran unas novatas porque yo podía hacerlo muchísimo peor -o mejor-.

Fotografía: cortesía.

Hubiera querido darme cuenta cuando me empezaron a gustar otros hombres. Quizá siempre lo supe pero me negaba a aceptarlo.

Cuando comencé a disfrutar de ese mundo fue una experiencia increíble. Todo me parecía tan oscuro y claro al mismo tiempo. Me sentía invencible. Me encantaba tener las luces neón en mi cara. Disfrutar a otros hombres, me veían, me deseaban. Era increíble sentir ese deseo. Sentir la música tan alto que no podía pensar en nada más. Sentirme vivo. Conocer a hombres a los que no tenía que explicarles quién era, ni de dónde venía, ni quién era mi familia. De muchos ni siquiera recuerdo su nombre.

Creo que por eso me lo guardaba como algo para mí. Algo oculto, algo secreto. Sentía que si lo compartía con mis cercanos no entenderían la sensación, la minimizarían. Además, hubieran vivido en una angustia constante por saber de mí, por saber que estaba bien.

Había un tiempo en que yo tenía una mejor amiga. La veía todos los días después del trabajo. Desde niño sentía que en ella sí podía confiar, que ella sí me entendía. Además ella me regaló una nueva amiga, una sobrina. Estaba bien chatita y dientona. Me divertía mucho con ella.

Fotografía: cortesía.

Sin embargo, mi primera mejor amiga en algún momento dejó de serlo. Conoció a alguien, se enamoró. Nunca supe a ciencia cierta por qué decidió hacerlo de esa persona. Creo que su personalidad es todo lo que ella odiaba, o al menos eso creía.

Él en principio no me cayó mal pero tenía resistencia. Debo aceptar que al conocerlo  ya tenía un juicio de valor aunque mi hermana solo me hubiera dicho cosas increíbles sobre esa persona.

Cuando nos presentó me pareció alguien decente, alguien educado, un poco mamón. Realmente no era feo y vaya que yo conocía hombres feos. Pero las cosas, creo yo, se salieron un poco de control. Resultó que él estaba casado en proceso de divorcio y tenía dos hijos. Recuerdo no opinar mucho al respecto pero sí sentirme molesto con ella, por dejar pasar algo así. Ella merecía todo.

Lo bueno de todo esto es que su regalo comenzó a crecer, hablar y caminar. Era muy lista. Me gustaba retarla intelectualmente y enseñarle cosas nuevas. Era como una esponjita. A veces no podía evitar enojarme con ella porque era muy traviesa. Siempre agarraba mis cosas sin permiso y realmente me costaba trabajo ganar el dinero con el que las compraba. Aun así, difícilmente podía decirle que no.

Mi hermana se fue poco después. Eligió irse con él a otra vida y su hija se quedó con mis padres. Y conmigo. Así que de alguna forma yo terminé criándola, o al menos haciendo como que sabía cómo hacerlo. Nadie preguntó si yo quería, simplemente sucedió, como casi todo lo demás en mi vida.

Fue justo en esa época que las cosas que inhalé me empezaron a hacer daño de una forma distinta. No fue solo el cuerpo. Empecé a sentir que alguien me seguía, que me querían hacer brujería, que había gente que conocí en ese mundo que ahora quería lastimarme. Solo a mí, no a mi familia, no a mi trabajo. Solo a mí, porque yo era alguien especial. La misma palabra de siempre, pero ya no como esperanza, sino como una condena.

La primera vez que pasó llegué a la casa de mis padres en una patrulla. Desesperado, como si de verdad quisieran matarme. Mi sobrina, que entonces era una niña, estaba ahí. Lo vio todo.

Fotografía: cortesía.

Después de eso la dinámica familiar se volvió pura incertidumbre, más de la que ya había. Hubo una época en que rezaba mucho con mi madre. Me encomendaba a Dios, le pedía que me cuidara de lo que sea que me estuviera siguiendo. Ella rezaba conmigo sin preguntar demasiado. Fue de las pocas veces en que estuvimos del mismo lado. Eso, igual que todo, se fue diluyendo con el tiempo. Pero algo de eso nunca se fue del todo de mi cabeza.

Mi sobrina creció con esa sombra de fondo y aun así salió lista, salió fuerte. Y como era de esperarse, de joven adulta también se enamoró y también se fue. Igual que su madre. Igual que todas las personas que alguna vez quise.

Mi padre murió poco después de eso. Y entonces ya no quedaba nadie más para quedarse. Solo mi madre y yo.

La convivencia diaria y adulta con ella era algo que honestamente no pensé experimentar. Realmente no sabía lo que quería de mi vida, o quizá sí, pero pasarla con mi madre, siendo el único que nunca se fue de esa casa, no era algo que siempre hubiera imaginado.

Era difícil como siempre, pero ahora de maneras distintas. Sin embargo, me di cuenta de que ahora yo también podía hacerla sentir mal, podía gritarle, podía ser grosero. Podía hacer todo eso y ella aun así me amaría.

Fotografía: cortesía

Desearía poder recordar más cosas pero la diabetes, mi única herencia paterna, empezó a cobrarse cosas que no quise ver. No fui al doctor. No tenía dinero para las medicinas, o no quise tenerlo. Solo recuerdo un día despertar, verme al espejo y tener diez kilos menos.

Me puse triste, me preocupé. Debía mucho dinero, me encantaba gastarlo. Me hacía sentir bien. Aun así pensaba que todo esto podía ser una alternativa a literalmente todo. Y es que realmente estaba fastidiado. Ya no quería vivir solo en mi cabeza. Ya no quería llorar solo para mí, era realmente cansado.

Y es que lo peor es que llegué precisamente a ese punto por siempre guardar todo. Las únicas formas que encontré para sentirme mejor irónicamente son las que más daño me hicieron. Aun así no me arrepiento. No hubiera pretendido vivir mi vida de otra forma porque precisamente así lo decidí. Y me siento orgulloso porque a pesar de que mucha gente, entre ellos mi familia, me consideraran algo parecido a un parásito, fue todo mi elección.

No pretendo reivindicarme. Ni siquiera sé si esto que conté es lo que pasó o solo lo que necesitaba que hubiera pasado. Pero es lo único que queda. No puedo cambiar ahora nada porque lo que ya hice, hecho está. Yo ya no estoy ahí. Lo que queda es que los demás aprendan que esa fue mi vida pero ellos siguen en la suya, porque nadie sabe si viviremos una década más completa.

Empiezo a sentir el calor excesivo. Pensé que en este punto ya no debería sentir nada, todas mis teorías y pensamientos sobre la muerte se fueron a la basura. Nadie vino. Ni siquiera el calor pidió permiso. El fuego aumenta en el horno. Supongo que el infierno empieza justo cuando termina el funeral.

Nota de la autora: 

Las personas son más que la suma de sus acciones y este texto intenta honrar esa complejidad. Fue construido desde conversaciones directas con él, desde los objetos que dejó y desde el cariño de haberlo conocido de verdad. Lo que no pudo reconstruirse con certeza fue completado desde años de convivencia y de escucharlo. La vida es demasiado grande para caber entera en ningún relato.

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