octubre 26, 2020

El Colibrí

By In Enigmas

Los cerros del valle cambian de color a todas horas, dando en todo momento a los seres que ahí habitan un rostro diferente de los infinitos rostros del gran ser. En ocasiones, por el rabillo del ojo, algunos ven formas fantásticas de animales y plantas que existen en otro tiempo, en otros mundos. Los fantasmas de los que no se han ido. 

Los seres que viven y mueren bajo la luz de los soles, ocupando el territorio entre los cerros, bajo el dominio del tiempo, que los convierte en polvo para volverlos a la vida una y otra vez. 

Hace ya muchos, muchos soles, el colibrí volaba entre los girasoles, encendiendo con su pico los pétalos que se convierten en preciosas partículas de luz, en llamaradas amarillas, que una tras otra, por todo el valle, daban al día una luminosidad que lo llenaba durante todo el día. Todos los animales y plantas recibían con alegría esta luz que los reconfortaba, como si miles de pequeños soles estuvieran brillando sobre las plantas y los animales, los cerros mudos testigos abrazaban el valle y lo protegían todo, pero también marcaban los límites del espacio vital de las criaturas.

Bajo la luz de un extraño sol, en un día también extraño, el colibrí, en su afán de encender todos los girasoles del valle, llegó hasta los límites: los cerros azules en un momento, morados en otro, terminaron con su vuelo, entonces el cerro mostró su rostro, que era el de un jaguar, el águila, la luna, la serpiente y una flor… Todos en una extraña y bella figura.

La extraña figura abrió las quinientas bocas, de los quinientos seres que en ese momento la componían, el colibrí entró en una y por lo tanto en todas a la vez, la oscuridad lo cubrió, se sentía volar, pero sus ojos no podían ver nada, entró de pronto a la oscuridad azul y pudo ver su vuelo, pero el espacio era tan grandioso que parecía estar suspendido en ese azul infinito.

Pasó entre las esferas, una de color rubí y la otra dorada, y observó el punto de luz, quese hizo más y más grande hasta cegarlo, cubriéndolo por completo. Llegó entonces a la pirámide viviente, que abrió el ojo que apunta a las constelaciones para recibirlo, dirigió su vuelo hacia el altar interior y ahí se abrió el códice.

«La luna», grabado de Antonio Ruiz

El códice escrito en papel amate le relató la verdad de la existencia de los seres, le mostró mediante sus símbolos la danza cósmica, esa danza donde todos tienen un lugar, donde nadie es visitante o extranjero, danza que al ritmo del tambor único, hecho con las ramas del árbol que tiene sus hojas en el cielo y sus raíces en el tiempo, da el ritmo para que nazcan los soles y mueran los universos enteros, pero también para que florezcan las plantas, para que canten los seres. Esa danza en la que es natural que el jaguar devore su presa y es necesario para la presa morir entre las garras del jaguar; le contó, además, el códice sobre la balanza de la luz y la oscuridad, del ser y el no ser, comprendió el colibrí que nada existe nunca y todo existe siempre. Entendió como cada vida finita y pequeña, cada experiencia de la mente, como la del gusano que rompe la roca o el majestuoso jaguar con dientes de obsidiana y ojos de jade, son vitales y necesarias para la danza de la vida del universo.

Los símbolos callaron repentinamente, el códice se cubrió de oscuridad, todo se cubrió de silencio, el colibrí comprendió que era la señal para regresar al valle, grabó en sus ojos y en sus plumas símbolo por símbolo el mensaje para los seres del mundo, puso el ritmo del tambor en su corazón y la música en su lenguaje, todos danzarían al ritmo de la vida y la muerte de los universos, todos cantarían la música de las estrellas.

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