Aquí un recuerdo del año 1997.
Me encontraba viendo las noticias con mi papá, mientras él tomaba su cena. Aunque en aquel tiempo yo no dimensionaba el significado de la información de un noticiero, la proyección de las imágenes en la televisión siempre me resultaban atractivas, como predicción de lo que querría dedicarme en el futuro.
Entonces volvió a aparecer. Ese cerro volvió a proyectarse en la televisión. Digo que volvió porque no era la primera vez que lo veía. A los ocho años sabía que “El Cerro de la Silla” era el emblema de la ciudad de Nuevo León, sin embargo me causaba un tipo de “duda con vergüenza” reconocer que…. ¡Yo no veía ninguna maldita silla en ese cerro! Decepcionada por no haber ubicado una vez más “la silla” decidí preguntarle a mi adulto a cargo:
—¿Papá, porque le dicen cerro de la silla si no hay ninguna silla? ¿Está escondida? ¿La tengo que buscar?
Mìi papá, con tono risueño ante la ingenuidad de su hija, me contestó:
—¡No hija! ¡Jajaja! Es el cerro de la silla porque tiene la forma de una silla, pero de caballo, ¡no de una silla para sentarse, güey!
De inmediato miré la televisión para corroborar esa similitud que bautizaba el nombre de semejante capricho de la naturaleza.
¡Quedé sorprendida! ¡Sí era una silla de caballo!
***
Durante mis vacaciones laborales en julio de 2026, luego de visitar a mis amigos Eder, Cederic y otras maravillosas amistades en Tijuana, volé a Nuevo Léon por cuarta vez en mi vida; siendo sincera no es un territorio con el que tenga mucha afinidad, sin embargo en cada visita me la paso muy a gusto. Creo que a la ciudad le caigo bien y ella a mí.
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Esta cuarta vez se visitó a Tavo y Dany, una promesa de viaje familiar (porque los sistemas de parentesco se construyen y ese par de norteños son unos grandes anfitriones), que se anunció con un año de anticipación en una borrachera. Lo emocionante fue el itinerario que la pareja había considerado para su servidora: una de las actividades era: ¡subir el cerro de la silla! Me encontraba extasiada.
Era sábado: me sentía cansada, me dolía la cabeza y mi panza estaba llena pero muy satisfecha por haber cenado carnita asada con cerveza Carta Blanca. Pero nada que un par de Alka-Seltzer y sus poderosas burbujas en un pedazo de botella de plástico no resolvieran. ¡Glu, glu! ¡Y a caminar se ha dicho, mi madre Santa!
Nuestra caminata comenzó aproximadamente a las 7:30 de la mañana. Se me advirtió que ese ritual debía de comenzar temprano porque el calor y la inclinación del cerrito no eran de las mejores combinaciones. Tavo, Dany y yo comenzamos a subir, cada quien a su ritmo, a su tiempo, sin prisas, sin cuestionar nuestras condiciones físicas, sólo subir, caminar, hacer pequeñas escalas, tomar fotos, apreciar la vista, y recordar…
“Es el cerro de la silla porque tiene la forma de una silla, ¡pero de caballo! ¡No de una silla para sentarse, güey!”
Agitada y sintiendo gotitas de sudor en cada rincón de mi cuerpo (sí… en ese rincón también), caminaba sin prisas sobre el Cerro de la Silla y pensaba en ese episodio de mi infancia. Tuvieron que pasar 31 años para habitar mi primer elemento de abstracción. Ese episodio, un tanto bobo, fue el que me llevó a comprender que podía reinterpretar la realidad, que se vale darle otros significados a las cosas que me rodean. Que fue a partir de ese “¡no es una silla para sentarse, güey!” que la Bicky infante comenzó a abstraerse, a reinterpretar su espacio con las herramientas cognitivas que en ese entonces tenía para organizar su pensamiento y su realidad.
Mientras caminaba cuesta arriba, me reprochaba el porqué había olvidado el acto de la abstracción, cuando siempre me ha causado una ingenua satisfacción el transformar la obviedad y el sentido común en cosas chuscas, en cosas imposibles, lo que llaman: verle el lado amable a la situación. ¿En qué momento comencé a ver la tragedia de forma literal y no como un área de oportunidad? ¿En qué momento comencé a preocuparme por problemas que no se alinean con mis objetivos de vida? ¿En qué momento dejé de abstraerme?
No pienses queridx lectorx que soy esa persona que te dice: “¡si quieres, puedes!” Recuerda que si te andas poniendo así bien “metafísico, bien místico”, una debe manifestar y abstraerse desde su privilegio. Porque las abstracciones no se juzgan, sólo se aprecian, se comprenden y se comparten con las personas de confianza. ¿Se imaginan que mi jefe se enterara que cuando me propongo correr más rápido (por ejemplo a velocidad 15 en la caminadora) me imagino huyendo de un dinosaurio? Obvio no, sin embargo cada día tengo más resistencia. Esa es la fórmula: conciencia de clase + abstracción = objetivos.
Llegar fue satisfactorio, tanto física como emocionalmente. La vista que se aprecia de la ciudad, desde el mirador del Cerro de la Silla es impresionante, valió la pena caminar casi dos horas cuesta arriba. Ya en la cima me fue imposible no recordar a la Bicky niña, aquella morrita llena de ingenuidad que siempre hacía muchas preguntas y que por abstraerse a lo largo de su vida tuvo etapas de mucha incomprensión y un poco de desprecio, muchos regaños, llamadas de atención en la escuela, se jaloneo de las greñas con la moral y tuvo que reinterpretar su propio concepto de justicia. Si tan sólo la Bicky niña hubiera sabido que en ese cerro viven coatíes, unos simpáticos mamíferos que ocupan sus grandes garras para robarle sus lonches a los visitantes, igual se hubiera emocionado como se emocionó la Bicky de 37 años. Quien iba a pensar que subir el cerro me iba a dar la respuesta a mis preguntas existenciales del momento: sólo tienes que regresar a la abstracción y que el mundo material siga su curso.
***
—Papá ¿y en ese cerro hay leones y elefantes?
—¡Híjole hija! No lo creo…
—¿Y ese cerro se puede subir?
—Me imagino que sí.
—Algún día yo lo voy a subir papá.
Desde que tengo memoria, mi padre tiene una forma de mirar que hace que materialices las cosas que te propones, supongo que su mirada es como un hechizo que te da seguridad mientras te reta a hacer lo que te estás proponiendo. Entonces hizo una pausa a sus alimentos, me miró fijamente, sorprendido, y con sus poderes mágicos añadió:
—Yo también creo que algún día vas a conocer muchos lugares. Y también sé que vas a subir ese cerro.
