agosto 25, 2026

Ceder mis noches

By In Especiales

Por Lú Aguilar

¡Alerta, alerta!

Acá no podemos evitar sentir, por más que quisiéramos.

Me gustaría iniciar diciendo:

“He estado regalando mis noches como si fueran muestras gratis”.

La noche para mí es sagrada.

(Cómo soy mamá… ya sabrán)

Hay diferentes tipos de noches.

Están las noches premium…las cuales incluyen: Ansiedad, sobre interpretación y revisar mi teléfono cada siete minutos.

Hay otras más tranquilas, donde puedo leer, colorear un poco o simplemente mirar algo en alguna plataforma para quedarme dormida.

La verdad es que no sé exactamente cuando empezó.

Quizá fue cuando descubrí que siempre hay alguien disponible para ocupar un rato muerto.

Un mensaje.

Una fotografía.

Una conversación que pudiese ir o no ir a algún lado, pero que a las once de la noche pareciera importantísima.

Un ¿Qué haces? Capaz de convertir media hora de sueño en tres horas de estupidez.

Yo decía que disfrutaba, y sí, lo hacía.

No obstante, últimamente me cuestiono si estaba disfrutando o simplemente evitando aburrirme conmigo misma.

Porque una cosa es elegir con quién compartir una noche.

Y otra muy distinta es no saber qué hacer cuando sólo estoy conmigo.

AHÍ es donde inicia el problema.

No con alguien.

Con mis horas muertas.

Mis horas muertas tenían una vida social más activa que yo.

Hasta que apareciste tú.

“Me fui sin dejar un post-it”.

No porque sea misteriosa…

Bloqueé a un chico de todas sus redes y ahora necesitaba sostener la narrativa de que todo había sido una decisión perfectamente racional.

Así que regrese…

Sí que sí… Una podrá huir de un vínculo, de una conversación incómoda, de Instagram, de WhatsApp y hasta de sus propios sentimientos, pero jamás debe irse de un lugar sin dejar instrucciones claras.

Especialmente si UNA pretende ser una adulta emocionalmente funcional.

Entonces… en esa madrugada…

Desbloqueo mi celular…

Escribí:

“¡Epa! Soy yo, me fui sin dejar un post it…”

Y ahí estaba yo: dejando una nota adhesiva emocional como quien deja instrucciones para regar una planta.

No regar demasiado.

No poner al sol. -verificar si es planta de sol o sombra-

No enamorarse. -¡Ah Caray!-

El mensaje, obviamente… fue elegante.

Maduro.

Medido.

Casi corporativo… Decía en esencia:

“Me gustaste demasiado, sentí demasiado, estoy desarrollando expectativas y cómo no quiero hacerme daño voy a desaparecer de la faz de la tierra durante mucho tiempo.
Hasta nunca.”

Una mujer centrada.

Consciente.

Qué definitivamente no llevaba tres días mirando el teléfono como si fuera a emitir un comunicado presidencial.

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La nota elegante, la salida estratégica, el intento desesperado de marcar la cancha antes de que el partido me devorara.

¡Qué lindo!

¡Qué madura!

¡Tremenda mentira!

Porque la verdad es bastante menos épica.

Me fui porque me dio vergüenza verme esperando.

Me fui porque me cansé de esperar una señal.

Una validación

Una confirmación.

Algún pequeño indicio de que el impacto había sido en ambas direcciones y no solamente en mi sistema nervioso.

Me fui porque para descifrar enigmas únicamente los domingos en los juegos de mesa con el club de Heavy Players… -Y te explican paso a paso las instrucciones-

Y aquí es donde inicia esa pregunta que me incomoda hasta las entrañas.

¿Cuántas noches había cedido ya para no tener que estar conmigo?

No sólo a alguien.

A todos.

A los chats.

A las canciones.

A las series.

A las posibilidades

A la validación masculina que buscaba justo un segundo después que el silencio hacía presencia.

El verdadero problema no era que tu no fueras recíproco.

El problema era que yo había convertido la atención ajena en una forma bastante eficiente de no escucharme.

Y esto me da mucha rabia.

Porque bloquearte fue fácil -no es cierto-

Lo difícil era bloquear la costumbre de buscar a alguien cada vez que aparecía un espacio vacío.

Te saqué de todos lados, menos de mi mente.

¡Vaya productiva!

Durante el día me funciona, tengo cosas que hacer.

La casa.

La estructura.

El trabajo.

Mi recuperación.

La vida.

Estoy ocupada. Ocupadísima. Productiva. Funcional. Mujer adulta.

JA!

Primera mentira: La productividad también puede ser una forma de anestesia.

Ocuparme de todo es una manera muy sofisticada de no preguntarme como estoy.

De mantenerme cansada para no escucharme.

Hasta que llega la noche, de nuevo…

Ah.

La noche…

La noche siempre tiene otros planes.

Dilema 2:

¿Qué hago con una noche que no le pertenece a nadie?

¿Cómo hacerla que pertenezca a mí?

Porque quizá eso es lo que más me cuesta.

No dejarte.

No dejar el teléfono.

No dejar los pendientes.

Sino dejar de cederles mis noches para no tener que habitarlas yo.

Ya francamente, entregué demasiadas horas gratis.

OFICIALMENTE: cerramos la promoción.

Y seguiré aprendiendo a como habitar mi soledad sin que se sienta como un elefante gigantesco.

Con tremendo amor, desde las lunas mas difusas y amorosas, Lú.

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