agosto 25, 2026

La noche que se repite pero nunca acaba

By In Especiales

Por Iván Ortiz

La noche que moriste se repite sin fin. Es el aire que escapa de mi pecho y me ahoga su vacío; pero todo ocurre en mi cabeza. Una comezón debajo de la piel. El fantasma que me habita cada desvelada

Era un miércoles en pandemia. Como un foco pinta enseguida las paredes con su luz, un grito invadió la quietud nocturna. Su eco, rasposo, aún resuena en la casa.  

Mamá estaba a punto de bañarse. Recibió una llamada, lloró y sin explicaciones salió corriendo de la casa. En la puerta la esperaban unas sobrinas tuyas que compartieron la noticia. 

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Sus piernas se desplomaron como si fueran de papel. Mi hermano Daniel, que reprimía todo lo incómodo, se deshizo en llanto. “¡Es mentira! Me dijo ayer que sólo era tos y ya se sentía mejor”, repetía.

Ya llevabas casi un día muerto por Covid-19 y tus hijos y esposa fueron los últimos en enterarse.

Quise llorar, sin éxito. No es que me hiciera el fuerte, no fue indiferencia. Todo lo que había sufrido por ti se adentró en mí; pero la salida ya estaba asegurada. 

Gracias a eso pude tragar sapos y suplicar a tus hermanas, esas que siempre nos despreciaron al amparo de tu tibieza, que nos llevaran contigo. Ninguna accedió salvo una cuñada. 

La madrugada se dividió en cuatro horas de viaje entre la periferia mexiquense y la Sierra Norte de Puebla y tres más de trámites en el hospital. Los maltratos persistieron, como la sombra que se confunde con la oscuridad de la medianoche.

“No pensé que les importaría saber que murió, como ya no eran cercanos”, dijo tu pareja. Las dudas surgieron cual gotas de lluvia acumuladas. “¿Por qué, Lore?”, insistía mamá. Mi eterna pregunta para ti, ¿por qué?

Fotografía de Pexels

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Te luciste al heredar mil incógnitas al que vive de hallar respuestas. ¿Por qué nos abandonaste? ¿Por qué regresaste para dejar tan presente tu ausencia durante 12 años?

¿Cómo terminó así alguien que lloraba amargamente al hablar de su madre violentada por su padre? ¿Igual que yo juraste de joven que no serías como él?

No hay desvelada que no piense que si yo no hubiera nacido mi mamá habría estudiado la universidad y hoy sería diseñadora de modas, como soñó. Cierro los ojos y está sonriendo, libre de sus sentimientos por ti. Me pregunto si en ese escenario seguirías vivo o feliz.

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No acaba este duelo porque ni siquiera empezó. Debido al Covid, te confinaron a un ataúd hermético, sellado y sin ventanas. ¿Realmente estabas ahí? La sospecha de un asesinato o una muerte fingida nos atormentó meses. 

Debí advertir que nos esperaba una condena comparable a la tuya en ese sarcófago indescifrable. Tu familia logró apartarnos de ti, más de lo que tú mismo te alejaste de nosotros. 

Mediante comentarios y miradas hirientes o barreras humanas nos impidieron participar en tus rituales funerarios. Con el mismo egoísmo retorcido con que pensaban que no merecíamos un pedazo de tu vida, concluyeron que tu muerte también era su propiedad. 

Apenas permitieron que Daniel se acercara a tu entierro para arrojar, a lo lejos, una flor antes de sepultarte. Pero se aseguraron que durante la procesión hacia el panteón quedáramos atrás, como mendigos de consuelo. 

Tus 11 hermanos hicieron paradas en sus casas para despedirse. Mi casa estaba entre las suyas. Mamá y mi abuelita abrieron el zaguán, pensando que por empatía, decoro o humanidad nos permitirían cinco minutos contigo. Pero se rieron y pasaron de largo.

En el novenario una de tus hermanas impidió que mi hermano levantara el último pedazo de la cruz de tierra. Él se arrodilló y entre las lágrimas que caían al suelo juntó lo poco que quedó.

Hasta esa noche pude llorar desde que moriste. Corrí para abrazarlo y sentí por primera vez rabia. Me hervía la sangre y todo se pintó de rojo y negro. Grité tan alto que nos corrieron. 

Sus miradas pasaron del desprecio al miedo. Y así el duelo nació truncado y germinó un deseo enfermizo de venganza. 

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También te llegué a odiar por años. Me seducía tanto la idea de dañarte como que me quisieras y estuvieras orgulloso de mí.  

Sé que eso me hace una horrible persona. Ni había empezado a procesar tu muerte y ya agonizaba de odio. Pero soy como tú. Y antes de pasar al perdón, reprimí todo por miedo a confrontarlo.

Claro, no se compara con todas las desveladas que fantaseaba con torturar a tu familia tras tu muerte. Desde el hermano más anciano hasta el bebé más indefenso. Ansiaba que todos nos suplicaran perdón.

Foto de Mario Wallner de Pexels: https://www.pexels.com/es-es/foto/flores-funeral-ataud-monocromo-12403416/

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Regresamos a casa y en el espejo vi al mismo hombre sin cuidados, autodestructivo, refugiado en el trabajo. Y cobarde. Como tú, terminé mirando de lado en cada desprecio de tu familia, lo que contribuyó a que se mantuvieran.

Era sólo un niño, pero coseché el miedo al conflicto, al rechazo y al abandono. Mismos que me llevaron a cometer errores graves con quienes amo. 

Me equivoqué al creer que mi superhéroe debía ser perfecto. Tan fácil hubiera sido este duelo si no tuvieras remedio. Recuerdo alguna vez a mamá reflexionar que tu no eras mala persona, al contrario. “Tal vez sólo era pendejo”, me dijo. Otra coincidencia en común.

Tardé mucho en tratar esa ira y aprender que como mamá me enseñaste el valor del trabajo duro y la amabilidad. Y que el mañana es la promesa de un nuevo día y ser alguien mejor. No sé si lo decías a mí para que fuera fuerte o a ti como esperanza de redención. 

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¿Algún día acabará este dolor? Me pregunto mientras los recuerdos se reproducen una vez más. 

A casi seis años, me acompaña una tristeza más tenue. Ahora recibo sosegado tu fantasma cada desvelada, sabiendo que la noche que moriste se repite pero ahora podemos despedirnos en paz. 

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