diciembre 22, 2025

La extraña experiencia de tener un crush cuando tu lóbulo frontal ya está desarrollado

By In Ensayos
Parte 1. El sueño

Todo empezó, como siempre empezaban mis crushes, con algo irreal. 

N apareció en mi sueño como mi roomie en un departamento-cabaña en medio del bosque. Tomábamos un autobús a alguna parte pero ambos nos quedamos dormidos: yo contra la ventana, él con la barbilla pegada a su cuello. Cuando despertábamos, ya había oscurecido y estábamos muy lejos de nuestro hogar. 

Nos bajamos del autobús y ante la lluvia inminente nos refugiamos en una biblioteca que parecía el hotel de Twin Peaks. Después de un par de sucesos descabellados, N se daba cuenta de que yo tenía frío, traía una blusa con manga tres cuartos. Él se iba y después regresaba con dos pañuelos de seda y me pedía que le extendiera mi brazo; yo obedecía. N comenzaba a enredar un pañuelo desde donde la manga de mi blusa terminaba hasta mi mano y en cierto punto, me jaló delicadamente para acercarme más a él y ver más de cerca la manera de amarrar el pañuelo en mi muñeca. De repente fui extremadamente consciente de lo cerca que estábamos.

Podía sentir como mi estómago se achicaba, de esa manera deliciosamente involuntaria que sólo sucedía cuando adrenalina de la buena empezaba a recorrer mi cuerpo. Mi corazón empezó a latir como loco por la manera en que tocaba mi mano con delicadeza y cuando me arriesgué a levantar la vista, él también me miraba. Directo, sin temor, contacto visual tan intenso que hizo que despertara, con mi corazón de la vida real igual de acelerado que en el sueño. 

Oh, I don’t know what to do

about this dream and you

Daft Punk

Llevaba casi un año sabiendo de la existencia de N, pero jamás había sido muy relevante. Definitivamente no lo suficiente para aparecer en mis sueños. Me rehusaba a que esto implicara lo que parecía que mi subconsciente quería decirme: que me sentía atraída hacia él.

El último crush que tuve había tenido su peak romántico cuando tenía 21 años y desde entonces, ningún otro se había sentido tan intenso. Ahora, a los 26, me daba miedo tener uno: sabía que sería como recaer en una droga. Además, usualmente yo los elegía; este había salido de la nada.

No podía ser N, él no me gustaba, no era mi tipo. Era tres años mayor que yo, tenía barba incipiente y tatuajes grandes en sus brazos. No daba vibras de nerd, no era larguirucho con brazos y piernas más delgados que los míos; tampoco tocaba instrumentos musicales, ni cantaba. No era especialmente extrovertido, ni disfrutaba hacer payasadas para entretener a los demás.

 Además, había otras objeciones personales, por lo que decidí ignorar mi sueño. De todas formas sólo había convivido con él en un festival de música y una vez en Año Nuevo. Era septiembre, rara vez hablábamos y yo tenía muchas otras cosas que pensar y hacer.

Sin embargo, después de ese sueño N comenzó a colarse en mi vida. 

Pidiendo a una de mis amigas que me invitara a una cena de tres con él, tratando de irme a visitar a mi trabajo y llevarme un elote, en los festejos de cumpleaños de la amiga que lo introdujo al grupo, yendo a donde yo estaba para conocer a mi perrito. Sin darme cuenta, el tiempo comenzó a pasar rápido y de repente lo veía al menos cada dos semanas e incluso cuando no lo veía, estábamos hablando por mensajes.

Como contraataque, me empeñaba en ver a muchachos de lejos en la calle y fantasear con ellos, en los viajes que hacía siempre estaba buscando a alguien. Incluso coqueteaba seguido en instagram con un ex compañero de la escuela (que siempre se sentía inofensivo). A veces, me obligaba a escribir en mi diario, todas las razones por las que N no me gustaba, sólo para mantener mis sentimientos a raya y mis prioridades claras.

Un día, mi roomie real me confrontó.

“¿Te gusta N?”

“No”.

“Sí te gusta”.

“Que no. Sólo me cae muy bien”.

“Se te iluminó cara cuando viste que llegó la otra vez a la fiesta, hasta mi novio me dijo”.

“Estaba sorprendida y ebria”.

“¿Por qué no admites que te gusta?”

“Porque no me gusta. Y tú tampoco quieres que me guste”.

Le conté todas las razones por las que él no podía gustarme, y también un par de cosas por las que yo teniendo crushes era peligrosa. Como ya dije, era como recaer en las drogas; yo era Taylor Townsend en la temporada 4 de The OC.

Ella me concedió la razón, pero podía ver su expresión y también la de su novio cuando poco después cada que llegaba a la casa y me preguntaban quién me había traído, la respuesta era N. Y lamentablemente para mí, entre más tiempo pasaba alrededor de él, más comenzaba a ver cómo mi firme decisión se caía a pedazos.

Parte 2. La infatuación

Hay una escena en la segunda temporada de Fleabag en donde el Hot Priest está abrazando tímidamente su libreta y le cuenta que acaba de encontrar un gran nombre para su nueva reseña de un restaurante: “Pasaría 40 días y 40 noches en ese postre”, dice mitad feliz, mitad avergonzado.

Fleabag mira a la cámara, afligida, y dice: “Dios, me gusta un sacerdote”.

Así me sentí cuando lo acepté.

Luego de meses, finalmente me rendí y le conté a mi psicóloga que creía que alguien me gustaba. Pasé toda una sesión hablando de que no quería arruinar la dinámica que teníamos ahora que él era parte de mi grupo de amigos, pero que no sabía qué hacer con mis sentimientos.

N era como una contradicción andante, entre más trataba de asomarme y conocer un poco de su mente, más explicaciones necesitaba. Pero me gustaba. Me gustaban las cosas que decía y cómo las decía. Me gustaba su cara y sus expresiones, como movía las cejas cuando algo lo sorprendía, la sonrisita que ponía cuando decía algún comentario que claramente era para molestarme. Me gustaban sus brazos. Me gustaba que era mesurado, que parecía que era muy intencional con las cosas que hacía o decía. Me gustaba que era distinto a todos los chicos que me habían gustado.

Fleabag

Mi psicóloga me miró comprensiva, dijo que antes de que las cosas avanzaran más quizá podría preguntarle a él lo que pensaba al respecto; y si resultaba que no sentía ninguna clase de curiosidad de ver por dónde nos llevaría un camino romántico ¿me molestaría ser solo su amiga?

“No” dije honestamente.

Ella asintió, sabía que me es mucho más fácil ser amiga que pensar en ser novia de alguien. Señaló que entonces lo que tanto me tenía nerviosa y estresada, era algo que se podía solucionar con una conversación, con una pregunta.

Pero en lugar de seguir el consejo, dejé de ir a terapia deliberadamente.

Get me a drink, I get drunk off one sip just so I can adore you

I want the entire street out of town just so I can be alone with you

And I’ll go when you’re ready

My head’s getting heavy pressed against your arm

I adore you

I adore you

Amy Shark

Una mañana, algo cayó suavemente sobre mí, despertándome. Me tomó un par de segundos darme cuenta de que era N. Su bicep y un poco de su espalda ahora estaban sobre mi hombro y brazo derecho; se había dormido dándome la espalda y cuando quiso acomodarse boca arriba, yo estaba ahí, en su cama.

Me deslicé hasta estar libre de su peso y lo miré para ver si él también se había despertado, pero sus ojos estaban cerrados. La luz de la mañana entraba a raudales por la ventana alta que había en su habitación, iluminando todo, y repentinamente me sentí cohibida sabiendo que no había nadie más en su departamento, que éramos sólo él y yo. Aunque no habíamos hecho nada más que dormir al lado del otro, todo se sentía íntimo. Incluso estaba usando una pijama suya. 

Miré mi celular para ver la hora, pero la pantalla estaba negra; completamente descargado. En ese punto, N y yo ya habíamos salido lo suficiente a tomar con nuestros amigos, para tener una rutina establecida en la que, ya que vivíamos cerca, cuando era hora de ir a casa yo pedía un Uber a su departamento, agregando como parada intermedia el mío. Sin embargo, en esta ocasión, ebria y abrumada, olvidé el último paso. 

Lo único que recuerdo del viaje en Uber es que podía sentir que N estaba molesto. Habíamos tenido una discusión que se sintió ligeramente acalorada y él pasó un rato de la noche con otras personas, mientras yo lidiaba con hombres preguntándome por qué no los había seguido de regreso en instagram y pidiéndome mi número. 

“Siento que estás enojado conmigo”, le dije.

“No es contigo” respondió y supongo que fue suficiente para mí, porque me quedé dormida en su hombro, abrazada de su bicep. Me despertó cuando nos dimos cuenta de que su departamento era el único destino. 

Me sentí mal, no quería importunar. Siempre he tratado de ser muy independiente, y detesto sentirme como un inconveniente, pero él me calmó, dijo que era peligroso irme sola en un Uber a las 3 de la mañana. Insistió en que si quería irme, él me acompañaría en el taxi y después se regresaría, o bien yo podía quedarme a dormir en su apartamento. 

No era la primera vez que compartíamos cama, eso había pasado semanas atrás, cuando nuestro grupo de amigos rentó una habitación de hotel donde tuvimos que juntar las dos camas matrimoniales para caber todos. Yo había elegido una orilla y lentamente N se había ido acomodando justo a mi lado, dormimos con nuestros brazos pegados al otro.

Ahora, solos en su cama king size, teníamos más espacio.  

N se movió, giró hasta quedar acostado de lado, con su rostro y cuerpo apuntando en mi dirección, sus ojos aún cerrados. Lo imité, girando para que todo mi cuerpo también apuntara a él y lo observé con atención unos minutos. Me gustaba tener permiso de verlo tan de cerca. Sus pestañas, las pecas cerca de sus ojos, los vellos pelirrojos que había en su barba. Pensé en todo el tiempo y esfuerzo que había hecho negándome a sentir algo por él. Todo absolutamente en vano. 

¿Y ahora qué?

Cerré los ojos, demasiado cansada para analizar más la situación y cuando estaba al borde del sueño, N volvió a moverse. Sentí como comenzaba a cubrirme con la sábana, estirándose con cuidado para asegurarse de que estuviera tapada incluso mi espalda. Me contuve para no sonreír. Sentí también como se recostaba en la misma almohada que yo, aunque él tenía la suya, y acercaba sus pies a los míos, hasta que nuestros dedos se tocaron. Y así volvió a dormirse.

¿Era esto sólo amistoso? ¿Hacía esto con todas las chicas a las que les ofrecía quedarse con él? No lo sabía. Tampoco creo que, en ese punto, me importara mucho la respuesta. 

Ese día marcó el inicio de una serie de fines de semana consecutivos en los que dormimos juntos. Siempre sólo eso, dormir. Creamos una dinámica que no creo que ni siquiera nosotros dos entendiéramos del todo, pero era agradable, las cosas se sentían casi cómodas así. O quizá solo me resultaba familiar la paradoja de sentirme segura y al mismo tiempo al borde de un precipicio emocional, porque era todo lo que conocía románticamente. Pero lo estaba disfrutando. Todo lo que siguió ocurriendo: las pedas caseras, las cenas, las notas de voz, las tardes juntos, los mini viajes a pueblitos, los bares, las fiestas, la música, las conversaciones interminables, las noches de películas, las mañanas viendo reels juntos en su teléfono y comparando nuestros calcetines en la cama. Todo era tan divertido.  

Hasta que dejó de serlo.

Más de esta Desvelada: De My Mad Fat Diary a Girl, so confusing: sobre amistad y las Chloes de mi vida

Parte 3. La crisis

Un día, N rompió las reglas de nuestra extraña dinámica. 

Si alguien hubiera entrado a mi habitación cierta mañana de mayo, nos hubiera encontrado a N y a mí enredados bajo mi edredón rosa en mi cama individual. 

No estábamos haciendo nada clasificación C, ni siquiera B15, es más: yo ni siquiera quería moverme. Quería quedarme ahí por un par de años. Nuestras piernas entrelazadas, su brazo con más tatuajes enredado alrededor de mi cintura, pegándome a él, su mano acariciando suavemente mi espalda, nuestras narices tocándose, sentía su respiración en mis labios. El calor que su cuerpo emitía, así como el del edredón sobre nosotros y el del mes de mayo era casi sofocante, pero me encantaba. Siempre he sido team calor. Me gustaba sentirme completamente cobijada, cálida. 

Él había empezado todo eso. Fue él quien puso su mano en mi muslo desnudo, quien sugirió meternos debajo de las cobijas, quien juntó nuestras narices hasta darnos besos de esquimal.

Me sentía como Belly en The Summer I Turned Pretty de Jenny Han, cuando Conrad, quien usualmente es reservado, está ebrio y de la nada comienza a acariciarle el cabello: “No dije nada. Ni siquiera lo miré. No quería asustarlo. Era como esa vez que tuve una fiebre muy alta y todo se sentía borroso y confuso e irreal, justo así. Todo lo que sabía era que no quería que se detuviera”. 

Después, cuando le conté a mis amigas más cercanas, me preguntaron: si estábamos tan cerca, si él era el que había iniciado el abrazo, ¿por qué no lo besé yo? 

A veces, cuando por alguna razón la historia resurge entre nosotras, me lo tomo con humor y digo que sólo estaba viviendo mi sueño, que fue mi manifestación de la experiencia de drama coreano: una larga temporada de 16 capítulos en la que los protagonistas nunca se besaron. 

Pero lo cierto es que hubo varias razones por las que no lo besé. Una era mi tendencia a no querer imponerme, quería que si sucedía no fuera mientras él tenía los ojos cerrados y fingía estar dormido. Si alguien iba a ser la bella durmiente, prefería ser yo. También era que estaba acostumbrada a que los chicos que me habían besado antes tomaban las riendas, daban el primer paso, así nunca había tenido tiempo de dudar. Y otra, era que para mí esto era tan increíble como besuquearse con alguien. 

El Hot Priest de Fleabag no tendría que haberse preocupado por romper su celibato conmigo. Enamorada, yo hubiera suprimido todas mis necesidades, me habría conformado con meses, sino es que años de dormir juntos abrazados. No me importaba mientras viera que sus sentimientos eran genuinos y sus palabras honestas.

De todas formas, no me arrepiento de no haber besado a N ese día. No sé si eso hubiera cambiado todo lo que sucedió después; pero si no, si los acontecimientos que tomaron lugar en las siguientes semanas se hubieran desarrollado igual, creo que el antecedente del beso sólo me habría hecho sentir peor. 

Can you see me? I’m waiting for the right time

I can’t read you, but if you want, the pleasure’s all mine

Can you see me using everything to hold back?

Clairo

La última vez que dormimos juntos, desperté en su cama. Yo era un desastre.

La noche anterior, cuando nos fuimos de la fiesta, tuve la sensación de que no quería que volviera con él a su apartamento. Había cruzado vodka con cerveza así que no estoy cien por ciento segura de lo que sucedió, pero sí recuerdo que le dije que hiciera lo que quisiera, él tenía mi dirección, podía pedir un Uber a mi departamento y después pedir uno al suyo. Me puse los lentes oscuros aunque eran las dos y media de la madrugada. 

Cuando fue hora de irnos, mientras el cumpleañero nos despedía en el portón, N tomó mi mano y me guió hasta el Uber que nos llevó a su apartamento. Recuerdo alegrarme de traer los lentes oscuros porque tenía ganas de llorar y odiaba esa sensación. 

Desde aquella mañana entrepiernados, estaba enloqueciendo (más). Estaba extremadamente sensible y frustrada porque no entendía qué pasaba y tampoco quería preguntar. Sabía que preguntar cambiaría todo. Faltaban dos semanas para mi cumpleaños y tres para el viaje a la playa que nuestro grupo de amigos tenía planeado, si me decía que no sentía nada por mí, las cosas podrían ser incómodas para todos. Ya no podía salir tan bien librada como cuando mi psicóloga lo sugirió, y la perspectiva de ser un inconveniente me preocupaba mucho. 

Me levanté a su baño a hacer pipí y encontré sangre cuando terminé. Mi cerebro señaló que esa podría ser la razón por la que me sentía tan alterada, pero saberlo teóricamente no hacía nada por mis hormonas. Quizá también seguía un poco ebria. Quería llorar. Necesitaba irme a mi casa.

Respiré profundo, puse un montón de papel higiénico en mi ropa interior, me lavé las manos, medio acomodé mi cabello e incluso puse un poco de pasta dental en mi lengua, para no sentirme tan terrible. Pasé a la sala, en donde la noche anterior había puesto a cargar mi teléfono, lo tomé y volví a su habitación.

Me senté en la cama a revisar mis notificaciones. N estaba despierto, en su celular, pero luego de unos momentos, lo dejó de lado y poniéndose boca abajo, hundió la cara en su almohada. Tratando de ser lo más natural posible, le dije que tenía que irme, preguntó que a dónde y le respondí que a mi casa, pero no me contestó. Me levanté y comencé a recolectar mis cosas, mi pareo, mi joyería, mis lentes. Pero él no se movía.

“De verdad necesito irme”, le supliqué y extendió su mano hacia mí. Cuando le entregué la mía, la tomó con cuidado.

“No te vayas, quédate otro ratito”

Odiaba que tuviera ese poder sobre mí, pero dejé que su mano me jalara hasta que me sentó en la cama y luego me soltó como si se hubiera dormido de nuevo. Resignada me acosté lentamente mirando al techo. El único sonido eran nuestras respiraciones y el ventilador.

Mi cerebro iba a mil por hora.

¿Y si me iba? Podría salir fácilmente del departamento, pero no recordaba con seguridad si necesitaba llave para abrir el portón del edificio. 

“¿Dónde estás?”, dijo extendiendo su brazo hasta que me encontró en la cama. 

“Aquí”, susurré girando el rostro para verlo. Uno de sus ojos se asomó desde la almohada.

“¡Ah! No te fuiste”.

“No”, dije con un resoplido que sonó a risa.

Deslizó su mano por mi cintura y ahí lo dejó, quedé debajo de su brazo. Su cara aún estaba escondida en la almohada e instintivamente me acerqué para quedar más cerca de él, quería quedarme ahí por horas, pero sabía que necesitaba llegar a mi casa para bañarme, ponerme una toalla sanitaria y tener un breakdown gigantesco en mi habitación, a solas.

Comencé a acariciarle el cabello esperando que eso lo ablandara y nos quedamos así por unos minutos.

“Ahí voy, eh. Literal me estoy mentalizando para levantarme”, lo escuché decir. Su voz ahogada por la almohada. Me reí débilmente.

Cuando se levantó no fue para abrirme la puerta del edificio. N sabía que siempre quiero caminar a todos lados y dijo que no permitiría que me asoleara con este calor, que él me llevaría a casa. Le prometí que pediría un taxi y no me iría caminando pero salió corriendo hasta el estacionamiento para que no tuviera otra opción que aceptar su ofrecimiento. 

Ligeramente conmovida y también gritando de frustración en mi interior, lo seguí.

Parte 4. La desilusión

Show me, I’d blind myself to see it

Call me back to bed with that old lullaby

You’ve got no damn right to be so damn heartbroken

Boy, it would kill you to try

Daisy Jones & The Six

Un mes después de esa mañana, todo había terminado. 

Nuestra dinámica se puso tensa y el viaje a la playa todos juntos, fue peor. Me río ahora, recordando todo el tiempo que me preocupó decir algo sobre mis sentimientos (que aparentemente para todos eran evidentes), cuánto quería no ser la que arruinara el grupo, cuánto me preocupaba incomodar, pero en ese viaje ningunx de ellxs se preocupó por incomodarme a mí. Traté muy duro de conservar la calma, creo que esperaba que sólo fuera algo pasajero, que eventualmente todo regresaría a la normalidad. Por supuesto, no fue así, después del silencio al regresar a la ciudad, la burbujeante frustración que sentía explotó.

Una noche, mientras una tormenta arreciaba la ciudad, fui a confrontar a N a su departamento. Había sido informada de lo que dijo de mí durante el viaje. Desafortunadamente, todas sus respuestas me hicieron ver que no sólo nunca iba a ser completamente honesto conmigo, sino que yo no le importaba lo suficiente, y eso era todo lo que necesitaba saber. Antes de irme lo único que le pedí fue que por favor no le contara a nadie que había venido a hablar con él, que quería enterrar este asunto, que ya me sentía suficientemente humillada. Le creí cuando me prometió que se quedaría entre nosotros.

No había pasado ni un día cuando ya estaba afuera de mi casa pidiendo verme. Recuerdo que estaba recién bañada y no quería salir a mojarme, pero me rehusaba a invitarlo a entrar a mi lugar seguro. Así que salí y me subí a su auto, donde hablamos mientras la interminable lluvia arremetía contra su parabrisas.

Una parte de mi estaba sorprendida de que hubiera venido a buscarme, creí que quizá venía a corregir lo que había dicho anoche. No esperaba una declaración de amor, ni siquiera la había esperado antes del desastre de viaje, pero esperaba que aceptara su responsabilidad, que fuera honesto.

Sin embargo la conversación fue básicamente la misma que antes. Hablábamos en círculos. Decía un montón de excusas antecedidas por un “no es excusa”. Yo sólo podía pensar en todas las conversaciones frente a los demás en las que repitió que en la que más confiaba era en mí, en todas las veces que me pedía que confiara en él, que se jactaba de ser leal y honesto. Mi voz se quebró cuando le respondí.

Él también se veía triste, pude notar mientras hablábamos que sus ojos comenzaban a hincharse y enrojecerse, parecía que también estaba haciendo lo posible por no derramar ni una lágrima. Lo detestaba por tener los ojos llorosos mientras me decía que nunca fue su intención lastimarme, quería convencerme de que él no sabía que yo sentía algo por él, que apenas en mi cumpleaños lo sospechó. 

Resultaba que un hombre de 29 años que me había visto a la cara diciéndome que sabía que le gustaba a la chica de su trabajo que siempre le decía algo sobre sus tatuajes, que sabía cuáles chavas lo veían mucho en el gym (“no soy un novato” añadió) sólo era un cordero perdido. Un chico amable cuyas intenciones yo había malinterpretado. E incluso si hubiera sido así, no le daba ningún derecho a decir lo que dijo, en lugar de hablar conmigo. 

¿Lo peor? Yo aún lo adoraba. Me dolió más de lo que me gusta admitir cuando me enteré, un par de semanas después, que tampoco fue capaz de cumplir lo único que le pedí.

Did I dream the whole thing?

Was I just a nightmare?

Different dimensions

Stuck in the twilight zone

Is this a black-and-white scene?

If so, then I’m in the gray one

Hope you win for best actor

‘Cause I had you completely wrong

Ariana Grande

Los siguientes meses fueron extraños.

A veces estaba tan enojada con él que solo gritaba en mis almohadas, o lloraba de frustración. ¿Dónde estaba el N que me había sorprendido trayendo a su perrito recién bañado a mi departamento para que lo conociera primero que nadie? ¿Dónde estaba al que varios de mis amigos escucharon pelear con mi roomie y mi mejor amiga porque insistió en que él tenía que ser el rey de mi prom cumpleañero? ¿Dónde estaba el que me convenció de que me quedara a seguir durmiendo en su cama mientras él salía a hacer pendientes y cuando desperté me estaba haciendo de desayunar? ¿Por qué se había empeñado tanto en ganarse mi confianza solo para al final hacerme sentir como un inconveniente? 

A veces me culpaba a mí misma de todo. A veces culpaba a todos los demás. Volví a terapia y mi psicóloga decía que tenía que tomármelo con calma, que terminar relaciones era también un duelo y no solo había perdido a N en mi vida, sino a dos amigas que creía serían para siempre. Todo demasiado rápido, todo sin que me lo esperara.

Me sumergí en mis amigos reales, en libros, en música, en mi familia, en películas, en mi trabajo. N tardó en irse. A veces despertaba y sentía el calor de su cuerpo junto al mío, o lo veía a mi lado en mi almohada; luego despertaba de verdad.  Pero con el paso del tiempo, empecé a avanzar, a platicar con distintos hombres, a salir en citas. Hubo situaciones más importantes en mi vida hicieron que N pasara por completo al fondo, ni siquiera tenía espacio para hablar de él en terapia.

Parte 5. El cierre

Más de un año después, N reapareció en mis sueños. No es que no hubiera soñado con él desde aquellos primeros meses, pero pasó de ser algo frecuente a algo inusual. Además cuando sí lo soñaba ya no era a mi lado en la cama, era en situaciones en donde me evadía o huía de mi.

Pero este era diferente. Estaba de pie justo frente a mí. Valiente. 

Lo miré horrorizada. 

Llevaba todo el sueño preocupada preguntándome cómo pagar mi departamento yo sola, y ahora tenía prisa, mi roomie iba a casarse y me necesitaba urgentemente. No tenía tiempo para él, pero me suplicó que lo dejara hablar y sonaba tan diferente, que decidí escuchar.

Me pidió perdón y era una disculpa de verdad. No se escondía en excusas, sino que decía todas las cosas correctas. Incluso se ofrecía a ayudarme con la mitad de la renta de un nuevo departamento los primeros meses.

Me quedé muda, no sabía qué decirle. Él me pedía que lo pensara. Me pidió permiso para abrazarme. Aún sin emitir palabra, lo rodeé con mis brazos.

Cuando desperté, bromeé con mi roomie diciéndole que si pensaba casarse me lo dijera con tiempo porque el N de la vida real no iba a ayudarme con la renta. Pero el sueño se quedó en mi cabeza mucho más de lo que esperaba.

Mi parte espiritual se preguntaba qué demonios estaba haciendo ese hombre. Desde que nos leyeron el tarot, fuimos advertidos de que nuestras energías se habían mezclado demasiado. Me pregunté si era él jalando mi energía, tratando de disculparse en sueños porque jamás lo haría en la vida real. ¿Algún día dejaría mi plano onírico?

Mi parte más lógica se preguntó si la que había cambiado era yo, mi subconsciente siempre se enteraba de todo primero y quizá este era el cierre que al fin había alcanzado yo misma.

Now that it’s finally over

Now you’re on your own

You can figure it out

Leave it open

See what you find

Parcels

Coincidentalmente, por esos días estaba leyendo Crushing de Genevieve Novak. La protagonista del libro es lo contrario a mí en muchas cosas, pero también somos muy parecidas. Siempre he disfrutado más los libros young adult, de adolescentes y universitarios enamorándose, pero este me hizo pensar en lo diferente que es que te guste alguien cuando tu lóbulo frontal ya está desarrollado. Las responsabilidades, libertades, limitaciones y presiones que tienen más peso a esta edad.

Leer a Marnie de 28 años pasar por una “amistad” que tanto ella como Isaac saben que es más que eso, se sintió muy esclarecedor. Me sentí menos sola, en un mar de chicas que están casándose o viviendo en relaciones estables y serias. El final fue como un abrazo.

Unas semanas después de terminar el libro, cuando comencé a escribir los primeros borradores de esto, muchas cosas comenzaron a hacer click en mi cabeza. 

Lo que más me había molestado fue que N me traicionara después de todas las veces que me había pedido que confiara en él, y me di cuenta de que fue porque cada vez que lo hacía, mi niña interior lo veía como Aladdín. Me convertía en la niña que se sentaba a ver esa película en VHS dos veces al día luego de la guardería, que constantemente se subía a la cama o a una silla y les decía a sus padres “¿Confías en mí?”.

La niña a la que trataba todo el tiempo de mantener escondida, porque la pobrecita había crecido muy rápido, no había hecho más que decepcionarse una y otra vez, de los adultos, del mundo. La niña que se sentía la princesa Jazmín, que intentaba ayudar pero todo le salía mal. La niña que deseaba que el amor y la magia resolvieran su vida. Ella era parte de mí y entre más traté de ignorarla en lugar de reconocerla o redirigirla, más se molestaba y se ponía histérica. N no era Aladdín, era injusto ponerle esa carga y era injusto para mí dejar de lado todas mis necesidades para tratar de vivir la fantasía. 

De todas formas, la niña siempre iba a terminar decepcionada porque para empezar, Aladdín le miente descaradamente a la princesa Jazmín durante la mayor parte de la película y al final no es él sino el villano quien revela la verdad. 

Además, la primera que finge ser algo que no es, es Jazmín. Yo tampoco estaba diciendo la verdad. Creo que después de todo, la contradicción andante era yo. 

I’ve been holding back

‘Causе I’m afraid that I’m too loud six feet underground

Beabadoobee

Isabel Timerman, modelo y columnista de Playboy, lo escribe en Funny Girl Syndrome: “Yo daba la impresión de ser tranquila, ligeramente caótica y nada amenazante. Una chica que no se tomaba a ella misma muy en serio. La ironía era: que yo me quería a mí misma. Estaba orgullosa de mi trabajo, mi estilo, mi escritura. Sabía que era interesante. Pero con los hombres, me convertía en un desastre adorable. Un espectáculo, pero encantador. Un desastre, pero atractivo. Tal vez, inconscientemente, rogaba que me rescataran. (…) O tal vez simplemente había interiorizado el miedo a que las mujeres seguras de sí mismas espantan a los hombres, creando un personaje demasiado cómodo para interpretar.”

Esa era una narración fiel de cómo comenzaba a actuar cuando me veía abrumada por un crush. Aunque por fuera me mostraba alegre y servicial pero despreocupada, por dentro era intensa, muy preocupada, y deseosa de conexión.  

Pero ¿cómo iba a conectar con alguien si nunca me permitía ni un poquito de vulnerabilidad explícita? Por mucho que me gustaba N, nuestra comunicación era tan borrosa, los bordes tan difuminados que incluso en los momentos en que yo sentía que estaba dándole algo, probablemente él no tenía idea.

¿Sabría que fue el primer hombre con el que dormí a solas en una cama? ¿Que a ningún otro crush le he tratado de explicar de qué se trata mi saga de libros favorita? ¿Sabría que me ponía ansiosa cuando no me mandaba mensaje de que ya había llegado a su casa porque el último hombre al que le había tomado tanto cariño estaba muerto y me preocupaba pensar que a él le podría pasar algo? Seguramente no. Me daba miedo contarle todo eso (y más) solo para descubrir que creía que había algo mal conmigo, o peor, que no le importaba. Me daba miedo que no fuera a comprenderme.

“Solía ​​pensar que la tragedia era que los hombres no comprendían a las mujeres como yo. Ahora creo que es lo mucho que deseaba que me comprendieran”, escribe Timerman en una entrada de su substack. 

Cuánto quería ser entendida cuando ni yo me entendía. 

Me mentía a mí misma diciendo que no sentía nada hasta que me era físicamente imposible seguir. Me emborrachaba para tratar de ahogar mis emociones más profundas, mi responsabilidad conmigo misma. Le mentía a N cuando me preguntaba si confiaba en él, y le respondía que no. Quería mantener la imagen de la chica graciosa y chill que no esperaba nada de él. No podía dejarle saber que tenía el poder de aplastarme emocionalmente… pero quería que lo deseara. Quería que quisiera ganarse mi confianza, que fuera evidente que se moría por conocerme a fondo y entonces sería seguro ser vulnerable, así ya no tendría miedo de enamorarme, entonces sabría que no era un inconveniente.

Era al mismo tiempo la adolescente cínica que fui en la preparatoria, lista todo el tiempo para lo peor y la niña que amaba a Aladdín y quería que le probaran que la adolescente se equivocaba. Ninguno de los dos lados me dejaba avanzar o hacer algo al respecto, excepto estar a la merced de las circunstancias. 

“Una mujer que amaba primero a regañadientes, y luego profundamente. Quería ser conocida, pero accidentalmente, por alguien que escuchaba mil pequeños detalles y los juntaba en un cuaderno, llegando a la historia completa sin que yo tuviera que ser valiente y revelarme” escribe Novak. “Nunca supe realmente qué quería, al menos no de forma significativa. Pero la inacción era acción (…) Yo era una cobarde y una marginada, y quería ser mejor.”

Yo también lo era, una cobarde y una marginada pero ya estoy mejorando, dando pasos para ser más intencional y vulnerable. Sé que cometer más errores será inevitable, pero no quiero decir que ni siquiera lo intenté. Quiero ser más valiente que mi temor a ser rechazada o inconveniente. No quiero a alguien que jure que le importo pero nunca piense en mis sentimientos, que me quiere y aprecia solo cuando le resulta cómodo.  Quiero enamorarme de alguien que sea valiente, alguien que quiera hablar honestamente incluso de las cosas difíciles. Y quiero saber irme a tiempo cuando algo ya no se puede sostener, incluso si no tengo todas las respuestas.

Plus, I know whatever happens to me, I know it’s for the better

Phoebe Bridgers

Hay un post de Preston Rakovsky con una reflexión sobre que las personas se quedan con una combinación muy específica de quien eres, en el tiempo exacto en que estuvieron contigo: una versión tuya que nadie más va a experimentar. E incluso si te hirieron, han aportado a la persona que eres ahora. 

Me hace pensar en que N tiene esa versión mía y viceversa. Nadie más va a experimentar a la que fui con él a esa edad, y nunca nadie lo va a experimentar a él a sus 29 como yo lo hice esos meses. Incluso si eventualmente nos olvidamos de los detalles o deja de importarnos, esas respectivas versiones siempre nos van a pertenecer. Y nada cambiará ese momento en el tiempo. 

Además, a diferencia de los crushes que tuve en la adolescencia, esta vez entendí muchas cosas valiosas, especialmente sobre mí, sobre lo que quiero, lo que necesito y lo que no debo tolerar. 

En closure and its discontents, @ihatekatebush escribe sobre los cierres emocionales, piezas artísticas que los exploran y cómo realmente nunca son definitivos.

“Cada vez me gusta más la idea de que el duelo puede tener múltiples interpretaciones. Que puede ser revisionista. Que tiene estados de ánimo. Cambia según cuánto hayas dormido, cuánto bourbon te hayas servido, si el sol da exactamente en la ventana o no. Ya no necesito que me enseñe algo. Sólo necesito que sea honesto. Y así, un cierre puede ser simplemente la capacidad de vivir con la pregunta”.

Aunque aún hay preguntas sin resolver, este cierre finalmente es honesto. Incluso si cambia, lo que importa es que al fin estoy tranquila, y que decidí avanzar.

Written by Nikthya N. González

Escritora de diarios desde los 10 años. Estudió Ciencias y Técnicas de la Comunicación en la UAD, y un nivel de inglés en EF International Language Campus Toronto (aunque la verdad es que sabe inglés gracias a One Direction). Trabajó en comunicación social, luego como editora web de noticias y más tarde como coordinadora de editores. Sus escritoras favoritas son Mary H. K. Choi, Maggie Stiefvater y Jenny Han. Adora escribir sobre ella y sus alrededores, el verano, el mar, leer ensayos personales, los libros young adult, las pláticas que duran horas, los tamales, los dramas coreanos, las flores, las playlists personalizadas que Spotify le hace y clasificar sus películas favoritas en Letterboxd.

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