febrero 13, 2026

Nuevas compañeras de columpio

By In Especiales, San Valentín

Por: Paula Camarena

Lo más doloroso de que ella me dejara no fue su ausencia, sino reconocer que su presencia en mi vida había marcado una huella difícil de borrar. Parte de esa marca, se tradujo en una idea que terminó anclándose profundamente en mí: que yo no era suficiente. Por mucho tiempo, esa idea distorsionó mi derecho a ser querida.

Nuestra amistad nació con la inocencia de un par de niñas en el parque que se acercan a la otra para ir a jugar. Fue de las primeras personas en abrirme las puertas a mundos que yo desconocía. Sus convicciones —tan fuertes como su risa— le dieron sentido a mis propias angustias. Las ideas que compartimos me dieron respuestas y posibilidades frente a la incertidumbre del mundo y de mi lugar en él. 

Compartimos una especie de rebeldía joven: nos reíamos fuerte, ocupábamos espacio y  decíamos lo que pensábamos sin pedir perdón. Nuestro lenguaje se sentía cómplice, íntimo, sin juicios. Éramos jóvenes y nos divertíamos mucho. Pasábamos horas hablando de la vida o riendo sin razón.

Foto de Elisa Broche

Sin embargo, las mismas convicciones que tanto admiré —tan fuertes como inflexibles— terminaron por interponerse en el camino. Un día, ella decidió que en su vida ya no cabía mi amistad. Nunca tuve del todo claro el porqué, pero sé que fue una decisión de una sola persona. No hubo aviso previo, un mensaje de whatsapp o un triste post-it. Fue duro sentir que todos a mi alrededor parecían conocer sus motivos, menos yo. Fui la última en enterarme de mi propio destino. La negación me cegó y me aferré hasta el último momento, esperando que decidiera que el castigo había sido suficiente y que era momento de volver. Pero eso no sucedió.

Al inicio, el silencio lo ocupó todo. Con el paso de los meses, me vi obligada a llenar ese espacio en blanco con lo que pude: las palabras que me habría gustado escuchar y las verdades que nunca pude decirle.

Más tarde, también elegí el silencio. Aunque el dolor me pedía hablar, mis propias convicciones me lo impedían. Vivía bajo una especie de código de ética de la amistad, autoimpuesto, que no me permitía hablar de mi herida con quienes me rodeaban: aquellos que habían visto cómo se desmoronaba nuestra amistad.

No quería contaminar la imagen que otros tenían de ella hablando de cuánto me habían lastimado sus acciones. Quería protegerla de mi propio dolor.

Ese silencio me aisló. Me sentí abandonada y me auto convencí de que yo no tenía nada valioso que ofrecer. Aunque había otras manos dispuestas a acompañarme, yo no era capaz de verlas. Eventualmente, logré enterrar el asunto. O eso creí.

Las rupturas tienen algo de espectro: vuelven como zombis cuando menos lo esperas.
Años después, a raíz de otra experiencia con una amiga que me estaba lastimando, empecé a tener problemas de ansiedad, insomnio y una autoestima yéndose en picada. Fue entonces que llegué a terapia y me di cuenta que esa herida, y su nombre, eran tema recurrente en mis sesiones.

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Darme permiso de hablar hizo que las cosas cambiaran. El enojo reemplazó el dolor crónico. Estaba enojada con ella, pero más conmigo misma por haberme convencido de que todo había sido mi culpa. Me dolía reconocer cómo esa experiencia había saboteado la confianza en mí misma y en mis amores actuales. Vivía con el miedo paranoide de que los demás me soportaban sólo por un acuerdo maquiavélico, y de que algún día, finalmente, descubrirían a mi verdadero-horrible-yo, y decidirían, como ella, que estaban mejor sin mi.

Un par de terapeutas, amistades hermosas y la vida misma me fueron enseñando a complejizar las relaciones. Finalmente pude aceptar esa experiencia con todo lo bello y devastador.

Fotografía: Paula Camarena



Creo que me costó tanto llegar hasta allí porque durante mucho tiempo no me permití hablarlo, llorarlo o exorcizarlo. No hay espacio social para la tuza de amistades.
Al fin y al cabo, esta no era una relación de pareja fallida ni la historia de cómo un/a morro/a me había sido infiel; y no encontraba canciones de despecho ni rituales de consuelo adecuados.

Por mucho tiempo, hablar de ella me generó vergüenza y un miedo absurdo: pensaba que si contaba mi versión, ella ineludiblemente se enteraría y confirmaría que, efectivamente, soy una mala persona y que siempre tuvo razón en alejarse de mí.

Ya no busco respuestas, porque la niña pequeña del parque ahora tiene nuevos compañeros de columpio. Aprendí que el silencio no siempre protege, y que a quien le debía lealtad era a mí misma: solo yo puedo procurar mi propia tranquilidad.

Ahora me permito cantar mis propias canciones de duelo por las amistades que ya no están. No para llamarlas de vuelta, sino para recordarme que si algo duele es porque quise de verdad, y de amar nunca hay que arrepentirse.

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