Por: Emilio Calderón
“Por favor, no creas que eres especial para mí, porque no lo eres” debería ser considerado uno de los maleficios imperdonables. No son tanto las palabras, es la intención, es el cinismo, lo que hace que una oración tan simple pueda convertirse en un conjuro devastador.
Y es que no lo dijo al aire, como alguna cosa que pudiera ser tomada a la ligera. No. Tomó su tiempo. Trabajó duro y aguardó paciente, y entonces, cuando se volvió imprescindible para mí, cuando su aire era todo lo que yo quería respirar, lo dijo.
“Y, en lo personal, creo que no te he dado motivos para que creas que eres importante, así que no tendrías por qué pensarlo”. No era cierto. Era descarado que lo dijera. Como buen mago oscuro, se encargó de hechizarme con detalles, palabras y señales que no sólo sugerían que, en efecto, era especial para él. Peor: me había demostrado que me ponía atención, que estaba muy consciente de las cosas que me gustaban y las aficiones que tenía. Pasamos demasiados momentos juntos y me vistió de ternura por varias semanas antes de decirme todo eso.
¡Entonces no! No era cierto que no me había dado motivos. Primero me invadió de la seguridad de que yo era alguien importante para él, de que cabía en su mundo mágico. Y después, cuando vio que había caído en la trampa, se quitó la máscara, me hizo saberme insignificante para él.
¿Por qué alguien haría algo así? Yo no lo busqué en primer lugar. Él fue quien llegó a mí, cálido y dulce, porque quería conocerme. Incluso me alejé al principio, pero él insistió en adentrarse en mi vida, y sólo cuando vi que su interés era genuino, bajé la guardia. Entonces, ¿por qué lo hizo? ¿sólo por placer? ¿Alguna venganza por algo que no recordara?
No tardé en entenderlo…
Te podría interesar: No diré su nombre, quinta edición
“¿Qué tienes? ¿Te sientes mal? ¿Te hice daño con lo que te dije?” Si sus preguntas eran desconcertantes, más lo fue la falta de emoción con la que las dijo. No había nadie dentro de esos ojos de los que llevaba semanas enamorándome. Ningún remordimiento, ninguna empatía, sólo el vacío de un narcisista, como les decimos aquí en mi mundo, donde la magia se desvanecía.
Cual dementor, alimentándose de todo mi dolor mientras se agotaba hasta el último ápice de esperanza y alegría, él se quedó ahí, viendo cómo intentaba procesar lo que estaba pasando.
No iba a dejar que consumiera todo mi poder, no tan fácil. “No, es sólo que tengo sueño. Me quiero recostar un rato”. Conscientes de que era la única manera de que él no me viera llorar y pudiera gozar con lo que hizo, mis lágrimas se convirtieron en una especie de poción somnífera, y ahí, sin mayor drama, me quedé dormido a un lado de ese ser, al que por meses viví amando y que en aquel momento ya desconocía. Ahí, desnudo en cuerpo y alma, me tapé bajo las sábanas de la cama del hotel a sabiendas de que su piel no volvería a cobijarme. Cerré los ojos y dormí. Él se quedó a mi lado sin inmutarse ni tocarme. Sólo acechando mi miseria.
Desperté al lado de la bestia, que me miraba como esperando una nueva reacción, algún último atisbo de lo mucho que me había dolido lo que sucedió, pero no le di el gusto. Sonreí y me levanté de la cama, comencé a vestirme y no salí de la habitación sin antes despedirme de él como si nada hubiera pasado. Si estaba derrotado, no iba a dejar que lo supiera. Esa fue la última vez que nos vimos, al menos en persona.
No le volví a escribir. Ni una carta, ni lechuzas. Ni siquiera un mensaje de WhatsApp. Solamente me alejé en silencio para que no supiera cuán dolido estaba, cuánto sí me había lastimado. Y ahí, como las lágrimas de un fénix, yo solito fui sanando y cauterizando toda herida de mi alma.
Él siguió su vida, seguramente ignorando que yo no podía seguir con la mía porque había mandado mi voluntad a una de esas prisiones emocionales que hacen que Azkaban parezca un paraíso. El proceso lo viví yo solo. Me preguntaba por qué todo había pasado como pasó. ¿Por qué yo? ¿Qué mal le había hecho? ¿Por qué lo seguía extrañando tanto? ¿Cuántos de esos momentos que vivimos, en los que la magia se volvió real para mí, no fueron nada para él?
Ya no importa. Pese a su poder, conjuré el único hechizo inquebrantable ante uno de esos seres: el olvido. No volví a buscarlo, no volví a decir su nombre. Al principio, él llegó a buscarme, pero, así como yo, tuvo que irse en silencio. Al final, la magia perdura.
