febrero 12, 2021

Fuimos la distancia

By In San Valentín

Pretendo contar esto desde un lugar sin dolor. 

Nos conocimos cuando yo tenía 19 años y él 21. A mí me gustaba contar la historia: fue un diciembre, en una feria del libro; fue por el periodismo. 

Convivimos tres días y cada quien regresó a su ciudad. Así pasó un año, ambos dudando de qué quería el otro, con muchos “oye, me gustas” y los dos pidiendo, una y otra vez, «no me olvides». 

Al otro diciembre, en una de las plazas de Durango, ciudad chiquita del norte de México donde nací, nos hicimos novios. Y fuimos la distancia, la pareja separada por 800 kilómetros, el cliché de muchas imágenes. Pero nos sentíamos más cerca que todos.

También estuvo lo presencial: uno, dos, tres cuatro, cinco, pocos viajes en dos años y medio. Las personas me decían que si sumaba las veces que lo tuve frente a mí, en realidad ese noviazgo no pasaba de seis meses. ¿Por qué entregarle y sufrirle a algo que para muchos no contó? Para mí fue real.   

Hubo momentos de mucho crecimiento, de mucho impulso. De animarnos a soñar grandes cosas, pero también de idealizarnos. Muchas veces me he preguntado qué es lo que esperaba de mí. 

Quiero decir que no todo fue malo, es decir, yo casi me veía casada o en unión libre con ese hombre. Pero en algún punto fuimos insostenibles. 

La crisis nos encontró en su ciudad, a centímetros. No supe qué hacer con él, ni él conmigo. Por impulsos que de pronto parecieron demasiado planeados nos dijimos adiós. Yo me despedí de él, de mis sueños y de una ciudad que en esos meses me pareció monstruosa. 

Tampoco supimos qué hacer separados. Tardamos dos años en soltarnos tras la fractura, un conocido ir y venir sin solución. En mitad de una pandemia admitimos que nunca sería lo que yo necesitaba, ni yo lo que él imaginó. 

Pasaron casi ocho meses desde esa llamada donde yo volví a llorar a través del teléfono y momentos después supe que ahora sí era la definitiva. 

Durango, 2015.

A veces mi sobrina habla de él como si creyera que tiene que bajar del avión conmigo para llevarlo a conocer más lugares de mi ciudad chiquita. Pero hace años que no pisa ese lugar. Dudo que alguna vez vuelva hacerlo. 

A veces mis tías me preguntan si aún hablo con él o si lo he visto en la ciudad que ahora compartimos. 

A veces mis amigos me recuerdan lo bueno que fue salir de ahí. 

Y yo, a veces, aún pronuncio su nombre

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