Desde marzo, en el marco de la marcha del 8M, una intriga comenzó a generarse en relación con la cercanía entre grupos feministas y gobierno. Los hechos y señalamientos que ocurrieron ese día en Durango hicieron visible una situación que preocupa a muchas mujeres que ahí viven. En México, donde la violencia, desigualdad e impunidad sigue siendo una experiencia cotidiana, el movimiento feminista ha ayudado a denunciar, protestar y refugiar a las mujeres que han sido víctimas en repetidas ocasiones y de distintas formas: primero por quienes las agredieron, una segunda vez por las instituciones gubernamentales al no atender sus denuncias y que incluso suelen revictimizarlas (culparlas de lo que les pasó). En casos más extremos, vuelven a ser violentadas por señalar esas omisiones o por buscar justicia ellas mismas (como el caso de Marisela Escobedo en Chihuahua).
Pero también, poco a poco, en algunos casos a nivel local, representantes de este movimiento se han ido involucrando con ellas de maneras “extrañas” –en palabras de quienes lo han notado y señalado de manera pública–, entonces es ahí donde surge la duda, muy válida: ¿qué pasa con esa lucha cuando se acerca demasiado al gobierno, el mismo que durante años ha atacado los derechos de las mujeres y las ha revictimizado?
Breny Mendoza, autora de “Ensayos de crítica feminista en nuestra América” (2014), plantea esta situación de manera clara: cuando quienes se movilizan en el feminismo se institucionalizan, corren el riesgo de perder su filo crítico y se adaptan a las reglas del juego que antes cuestionaban. No necesariamente porque quieran, sino porque el poder tiene una lógica propia: absorbe, ordena, modera.






Con esto, manifiesta que el feminismo que entra al gobierno puede terminar administrado por el sistema, en lugar de que el movimiento lo transforme a él para lo necesario. Aunque esto no significa que la lucha desaparece, sino que cambia y puede volverse más técnica, más negociada, más “posible” y en ese proceso también deja de ser incómoda.
Entonces, el movimiento que no incomoda, ¿sigue siendo realmente un movimiento?

Cuando se habla de que el feminismo entra al gobierno no se trata de que una mujer que se identifica como feminista no pueda ocupar un cargo político (que igual vimos que no todas las mujeres que ocupan cargos políticos lo son), o que los colectivos no vayan a reuniones con instituciones como la Fiscalía, Centro de Mujeres, Congreso del Estado, etc., para los seguimientos de los casos relevantes para las mujeres, la despenalización de aborto o las leyes que nos protejan. Sino cuando se permite al Estado intervenir, “organizar” la agenda y negociar posturas.
Sin embargo, hay un punto en donde ese movimiento, que nació para no depender del poder político y señalar, denunciar y presionar desde afuera, ahora empieza a pasar por filtros, tiempos y formas institucionales.
Un ejemplo de esto es la iconoclasia que se hizo ese 8M en Durango: todo fue digital y, por si fuera poco, una dependencia subió fotografías de su directora visitando el stand de esta “actividad pacífica”, como si fuera un evento de campaña. Además de las experiencias que compartieron muchas mujeres que ya habían ido a una marcha en años pasados, en donde, a la edición de 2026 la señalaron como “un desfile” y una “alianza” con el poder, pues les pidieron que no quemaran, no rompieran y no “rayaran” durante la protesta.
Que dicho sea de paso, esta “indicación” no quedó en lo privado, sino hubo posicionamientos públicos de feministas al frente de colectivos y de regidoras –que habían estado en marchas anteriores realizando estas actividades como “civiles”– exhortando a las mujeres a una “marcha pacífica”, sin “encapuchadas” y “sin disturbios”.
Ahí es donde aparece la desconfianza, no como un rechazo total, sino como una alerta. Porque entonces, como ha pasado antes, muchas causas que empiezan siendo incómodas, terminan “suavizándose” cuando hay “acuerdos”, incluso esos que no llegan a cumplirse y se convierten solo en discursos, campañas, números.
Esto ya se ha visto en algunas iniciativas presentadas en el Congreso del Estado de Durango, pues desde hace un par de años el discurso sobre “hacer todo” para que se despenalice el aborto y las mujeres decidan sobre su cuerpo, solo se queda en eso: palabras, ya que las mismas legisladoras que defienden este derecho son oprimidas por su bancada (u otras autoridades estatales) para impedir que se legisle al respecto.
Mendoza también advierte que otro problema de fondo es que no todo el feminismo es igual, ni responde a las mismas realidades, pues incluso dentro del movimiento suele haber jerarquías: quién tiene voz, quién representa a quién y desde dónde se habla.
Hay que recordar que el feminismo es (o debería ser) interseccional: este término acuñado por la académica Kimberlé Crenshaw en 1989 y el cual reconoce cómo diversas formas de desigualdad -ya sea género, raza, clase, sexualidad, discapacidad- interactúan y se sobreponen, lo que genera vulneración y opresiones intensificadas.

Con esto, hablamos de que algunas mujeres, que se nombra como feministas, ocupan un espacio en una clase más alta, donde es posible que no sufran discriminación o alguna de las situaciones anteriores que otras pasan con frecuencia o alguna vez en su vida. ¿No observamos esto en algunas de las que llegan a esos cargos políticos?
“El riesgo es que el feminismo deje de ser una fuerza de transformación radical y se convierta en una herramienta de gestión del propio sistema”, advierte Breny.
Aunque lo ideal para muchas sería que el movimiento entrara al gobierno y permitiera una transformación de fondo para el bien de las mujeres, los antecedentes de los últimos años –incluso décadas– nos demuestran que no se puede ir más allá en esa relación. Pues aún es necesario “pedir permiso” para pronunciarse sobre nuestros derechos, en lugar de exigir y trabajar por lo justo. Hay que recordar que el Estado, lejos de ser neutral, ha sido históricamente una estructura construida sobre relaciones de dominación, es patriarcal por definición y entrar a él no garantiza transformarlo. Esta situación que aún parece no tener salida, nos lleva a seguir protestando, quemando, gritando y luchando.
