Quizá lo único que tienen en común todas las madres es que son unas locas; como el cero del tarot. Comienzan el viaje de la vida pero no saben dónde ni cómo acaba.
Unas deciden saltar y cargar con todas sus crías hasta el fin de los tiempos y a veces hasta se pasan; otras tantas deciden gestar pero no cuidar y solo seguir. La realidad es que hayas o no tenido madre hubo por ahí alguien con la locura suficiente de cargarte dentro de sí nueve meses, y eso está cabrón.
La madre, el eterno conflicto
La dualidad de La Luna, la arcana más madre de todas, la que cuando aparece nos recuerda que siempre hay que seguir nuestro propio camino pero a muchos seres se nos va la vida buscando la mirada aprobatoria de la madre, como si ellas hubieran dejado de ser mujeres al parirnos, como si siempre tuvieran que tener los ojos en sus semillas, y en terapia hay casi siempre nomás de dos sopas: o resolver con el padre, o con la madre.

Y si los arcanos fueran madres La Sacerdotisa sería esa que te lee la cartilla en privado pero en público se comporta como si fuera tu mejor amiga, como si supiera todo de ti antes que tú, pero ella misma no termina de conocerse. Es la que toma cursos de todo y se empeña en que también aprendas de todo. La que dice: “me duele más a mí que a ti” mientras se chinga unas alitas viendo una película, no le crees hasta que te conviertes en una sacerdotisa igual que ella y entiendes el por qué de la sonrisa.
Le sigue La Emperatriz que más bien es la alcahueta, la que te dice que sí a todo pero en su casa y con sus propias reglas, la que siempre tiene algo de comer en el refri y alimenta a los hijos y a los amigos de los hijos, la que si amanece de malas te hace fregar el baño con cepillo de dientes sólo porque le torciste la boca, la que sabe dónde dejaste los calcetines y el día exacto en el que perdiste el primer molar y la dignidad, la que te dice: “Y si lo encuentro yo, ¿qué?”
Hay otras que parece que la maternidad las sorprendió mientras se estaban abriendo camino y aunque parezca que maternan más a fuerza que de ganas son capaces de torcer a cualquiera que lastime a sus crías, enfrentan todos sus miedos sólo para que tú no los tengas y se pueden enfrentar a leones pero no perdonan que no te tragues el plato de sopa que consiguieron con el sudor de su frente, son esas que dicen: “yo a tu edad ya tenía tres ranchos y cuatro camionetas”, así que levántate a mover el cuerpito que nadie lo va a hacer por ti.
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Luego está La Justicia, la que con solo una mirada te devuelve a tu lugar, te da con la espada de la verdad cuando es necesario y con dos tres palabritas te acomoda los chakras, te premia con palabras ecuánimes cuando necesitas calma pero jamás se mueve a levantarte si te revuelcas en el lodo, está demasiado ocupada ganando un lugar en el mundo y siempre dice que es por sus hijos, pero lo suyo, lo suyo, es tener el poder y la razón es en todo lo que hace.
Nadie sabe si La Estrella tiene hijos pero sí se sabe que las madres tienen estrella y esa manía de convertir lágrimas en risas, en esa manera de fingir que no te ven cuando te caes solo para que no llores y puedas seguir adelante, en la desnudez cotidiana de vivir con tu madre sus momentos menos icónicos y atesorar esos días como los más llenos de estrellas, de la sabiduría de ser normales y transitar la vida suavecito.
Todas venimos de una pero no todas quieren ser una y ese es El Mundo, la última carta de los arcanos mayores del tarot, una figura eminentemente femenina que puede decidir sobre su futuro y trayectoria, la que igual dice: “conmigo acaba mi linaje”, la que decide no traer vida porque protege su mundo y al mundo que las rodea. La que incluso si decidiera traer vida al planeta se encargaría de romper patrones y nuevas bases, la que al final siempre acaba siendo protección, seguridad y confianza, la que como sea te hace regresar a tu centro.
