Berlín es el único lugar que me ha hecho extrañarme a mí misma. Luego de casi siete años viviendo en esta ciudad, hay días en los que no reconozco quien soy. En los días buenos, me alegra percibir lo mucho que he cambiado, miro con nostalgia a esa versión pasada de mí y me despido de ella con tranquilidad dejándola en el pasado. En los días malos, la extraño con fervor y me duele saber que hay poco que puedo hacer para recuperarla.
Al llegar, esta ciudad era un terreno baldío de familiaridad en todos los elementos de la vida. Nada funcionaba cómo lo hacía en Colombia: ni el transporte público, ni el mercado o inclusive la cafetería de mi universidad. Tuve que vivir por primera vez con compañeros de casa, la fiesta también funcionaba distinto y hasta el small talk para conocer gente era diferente. Comenzar a vivir acá fue como volver a nacer.
La pérdida de todo lo que me era familiar hizo que cambiara mi relación con la comida. Como vivía en una realidad dura, los momentos de tranquilidad y bienestar me eran escasos, entonces comencé a perseguirlos en satisfacciones instantáneas como las de comerme un brownie o un helado. La comida se convirtió en un refugio de serotonina y esta nueva relación hizo que aumentara de peso y que mi cuerpo cambiara, al punto que estuve (y estoy) lo más pesada que he estado en toda mi vida.

En Colombia, mi relación con mi cuerpo, mi aspecto y mi autoestima en los años antes de emigrar estuvo marcada por la aprobación externa. Tenía una buena cantidad de halagos disponibles de diferentes personas, los cuales recibía de buena gana, y mi cerebro hacía una operación fácil: sí otros decían que era bonita y que mi cuerpo era deseable, estas afirmaciones se convertían en hechos, debían ser verdad. Sentir y ver el cambio evidente de mi cuerpo en Berlín me hizo revisar esta relación y reflexionar sobre ella.
El primer recuerdo que tengo de ser llamada ‘gorda’ es a los 9 o 10 años. Estoy en el colegio con mi ropa de diario porque, por alguna razón, ese día no tenemos que ir a estudiar vistiendo el uniforme. Tengo puesta una camisa rosada de mangas tres cuartos que tiene una decoración de tres piedritas brillantes en el pecho. Es una de mis camisas favoritas y por eso la escojo para este día, pero mis compañeros de clase opinan sobre mi cuerpo ahora que lo ven sin el uniforme y declaran que soy gorda. Luego de ese día comencé a hacer abdominales cada tarde cuando volvía del colegio. Al año siguiente me pusieron brackets y crecí varios centímetros, por lo cual me adelgacé bastante y recuerdo a mi abuela preocuparse por mi delgadez y preguntarme si estaba comiendo bien.
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Desde mi infancia escuché comentarios sobre mi aspecto y sobre mi cuerpo, y evaluar u opinar sobre los cuerpos de otrxs era una práctica común a mi alrededor, por lo cual yo también la adopté como normal. En especial, el hecho de que las opiniones sobre los cuerpos fueran un tema tan amplio y recurrente, hizo que mi aspecto y preocuparme por cómo me veía se convirtieran en una parte fundamental de mí.

Luego, desde mi adolescencia tardía, se estableció en mi cabeza una disonancia que me acompañó durante muchos años. La certeza de ver en el espejo un cuerpo que no encajaba con los cuerpos que son deseables y que al día de hoy veo en series, películas o en Instagram catalogados como tal; con el contrapeso que hacía ese sentido de seguridad que las palabras de otros me daban.
Como percibirme como una mujer deseada y guapa era parte esencial de mi identidad, era algo para lo que me esforzaba, en especial en mis veintes. No me sentía capaz de salir a la calle sin maquillarme y, en la mayoría de días iba al trabajo maquillada hasta con sombras. Así llegué a la primera clase de la maestría en Berlín y me sentí sobreactuada, pues la mayoría de mis compañeras no llevaban ni una sola gota de maquillaje.
Desde esa primera clase comenzó una ampliación de mi idea de belleza, la cual en Colombia se movía entre límites muy concretos y estaba entrelazada con estar siempre arreglada. En Berlín vi como otrxs se perciben como bellxs sin maquillaje, utilizando sudaderas y ropa holgada y llevando la cabeza rapada, o por el contrario, usando maquillaje pesado, decenas de piercings y tatuajes, y ropa minúscula. Inclusive, hay personas que bailan de un lado al otro dentro de este espectro dependiendo de la ocasión o el mood.
De este modo, yo también me sentí validada e invitada a ser más flexible con mi aspecto, a dejar mi cara al natural con más frecuencia y a experimentar con el delineador o las sombras cuando quiero. Entendí que no hay una respuesta correcta y una sola forma de sentirse bonitx, sino que la belleza también está en la libertad de elegir cómo queremos vernos cualquier día.
En especial, el lugar que mi aspecto tenía en mi identidad se ha desplazado a un sitio menos definitivo y primordial, porque siento que es el lugar que el aspecto tiene en la sociedad que me rodea en Berlín. Aquí me siento libre de verme de cualquier forma porque a nadie le importa. Las personas caminan semi desnudas, vestidas con ropa hiper oversized o con pintas rarísimas y nadie se voltea a mirarlas dos veces, con la excepción de que estén en la entrada de ciertos rumbeaderos. Dentro de mi círculo de amigxs jamás comentamos sobre el cuerpo o el aspecto de otrxs y eso me da una libertad enorme en la esquina exacta en la que en Colombia me sentía presionada y sofocada a verme de cierto modo.

Además, en Berlín me casé y estoy en una relación monógama, por lo cual la cantidad de piropos e insinuaciones de otrxs se han reducido hasta ser casi inexistentes. Mi esposo me llena de halagos a diario, pero el amor tiene para mí esa trampa de reducirle la importancia a sus palabras, porque sé que sus comentarios vienen de una visión alterada de la realidad. Esto me ha obligado a rehacer mi autoestima y autopercepción desde el lugar desde el que siempre debieron originarse: desde mí misma.
Por eso, en los días buenos me gusta darme cuenta de este cambio de pensamiento y me gusta que ahora mi seguridad esté construida desde un aprecio genuino que viene de dentro. En esos días también escucho lo que mi esposo dice de mí y lo creo. Pero me duele lo maleable que es esta autoestima y lo fácil que se va abajo cuando mi ansiedad se dispara.
Hace poco vi una foto que mi papá tomó cuando yo tenía 11 o 12 años y posaba en un parque junto a mis hermanas. Lo primero que pensé al verla fue: “ese fue el último momento de mi vida en el que tuve el abdomen plano.” Me llenó de tristeza tener ese pensamiento y mirar con ojos críticos mi cuerpo de niña. Ahora que sé con seguridad que tengo más kilos de los que tenía en todas las fotos de mi pasado – porque lo dice la balanza y la ropa que traje de Colombia y que me dejó de entrar hace tiempo – me sorprende ver esas imágenes y darme cuenta de lo delgado de mis piernas, mi cara y sobre todo mis brazos, que se ven como ramitas; pero lo que más me entristece es tener la conciencia de que en los momentos en que esas fotos fueron tomadas también me sentía gorda e incómoda con el tamaño de mi cuerpo.
Me rompe el corazón la certeza de que nunca he estado satisfecha con mi cuerpo y entre los dos la relación siempre ha sido errática. Estoy trabajando en llegar al momento de aceptar y valorar mi cuerpo tal y cómo se encuentre, no con anotaciones mentales de por medio – “si bajo dos kilos más”, “cuando haya ido a más clases de fuerza”, “ahora que sí empecé a hacer ejercicio en serio”, etc. – pero me cuesta muchísimo. No logro creerme que me gusta mi cuerpo por mucho que me lo diga. En ese sentido, sí que extraño los momentos en los que celebraba la manera en que se veía mi cuerpo así fuera por el tiempo que me durara el halago.

La otra parte de mí que extraño es la que se sentía más en paz con su cerebro, así está paz no fuera total ni permanente. El paso de los años, mezclado con diferentes crisis que he vivido en estos años y mi duelo migratorio, hacen que ahora sea más consciente de mi ansiedad y busque ayuda profesional para manejarla, pues me siento sobrepasada por ella.
En Colombia también sentía malestar y ansiedad pero los descartaba como un mal día, además de que entre mi trabajo de tiempo completo, otros trabajos que hacía al lado y mi vida social, no tenía mucho tiempo de silencio en el que pudiera evaluar cómo me sentía y qué estaba pensando. Sobre todo porque evitaba estos momentos de silencio intencionalmente, entregando mi tiempo libre a mis amigos y a hacer planes con ellos.
En Berlín no tengo un trabajo de tiempo completo y hacer amigos fue todo un desafío que aún navego, ahora con un grupo de amigos que valoro pero que siempre está transformándose, así como lo están mis ideas de la amistad. Por tanto, distraerme con mi vida social solo funcionó apenas llegué como la fórmula para afrontar los sentimientos que me agobiaban. Mi gusto cambió y la fiesta y lo social ya no ocultan la ansiedad. Es más, a veces logran hacerla peor.
Me doy cuenta de la ironía de haberme venido a vivir a la capital del hedonismo y la farra descontrolada solo para estar triste por un buen tiempo y luego darme cuenta de que, si bien aún disfruto desorganizarme de vez en cuando, esta ya no es la respuesta mágica para obtener bienestar. Ahora la manera en que logro regularme es con terapia, con escritura, con quedarme en mi casa repitiendo en loop las series que me sé de memoria, y con búsquedas más profundas y significativas.
Mi bienestar es ahora algo por lo que debo esforzarme activamente y cuando me cansa el esfuerzo es cuando aparece el anhelo. En esos momentos quisiera poder regresar el tiempo y quedarme a vivir en la manera en que la vida se sentía fácil y suficiente con hacer asados todos los fines de semana en una terraza con amigos o armando fiesta en mi apartamento.

Cae hondo la tristeza de saber que es poco lo que puedo hacer para remediar ese anhelo. Forzar amistades es imposible e intentar construir un parche como el que tenía en Bogotá es una tarea inútil. Además, siempre que vuelvo a Colombia me doy cuenta de que extraño los fantasmas de cosas que ya no existen más, porque el tiempo pasa y la vida cambia.
Hubo un momento en que creí que extrañar estas partes de mi pasado era algo definitivo e iba a ser una parte de mí para siempre. Pero ahora sé que ese anhelo por tiempos más fáciles se activa cuando me cuesta navegar mis días actuales, y es una salida fácil de mi cabeza intentando convencerme de que vivo atrapada de un modo estático en una nostalgia infinita por un tiempo que recuerdo como más suave. Pero también sé que cuando la ansiedad se calma y soy capaz de hablarme con honestidad, logro ver la naturalidad de los cambios en mi vida y tomarlos como lo que son: una evolución.
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Agradezco a todas las versiones de mí que he sido porque sin ellas no estaría en donde estoy ahora. Lo que he vivido, así existan ciertas cosas que prefería no haber tenido que navegar, ha sido también el camino y el conducto para aprender y llegar hasta quien soy hoy. Y sé que desde el presente busco construir una felicidad más profunda y auténtica, que no dependa de impulsos o de confirmación externa, sino que sea una fuente de calor constante que irradie desde mi pecho.
