Gran revuelo ha causado la novela Yesteryear, de Caro Claire Burke, al plantear un escenario peligrosamente cercano a la realidad: la ultraderecha conservadora apoderándose, una vez más, de nuestros hogares, trabajos y mentes. Esto la convierte en una lectura incómoda, conflictiva e interesante, pero por momentos también simplista. Sin embargo, no hay que confundirse: estos términos no son necesariamente un punto negativo del libro, aunque sí podrían convertirse en su peor enemigo (incluso más que los propios republicanos).
Natalie Heller Mills es el vivo retrato de lo que hoy conocemos como tradwife: la figura de la “mujer trofeo” que abandera la familia tradicional y roles de género que, lejos de unir a la sociedad, fracturan la convivencia y las relaciones interpersonales. Por eso mismo, Natalie no cae nada bien. Ese es precisamente el objetivo de la autora: mostrar cómo operan este tipo de personas, su afán por juzgar y criticar, y una superioridad moral que solo compite con la cantidad de hijos que procrean.
Por otro lado, si te consideras una persona empática, la visión de la protagonista detona un ejercicio fascinante: quieres entenderla, analizar cómo fue moldeada por una crianza dentro de una iglesia con valores machistas y misóginos, donde su propia madre sufría señalamientos por ser autónoma (o «viuda»), y donde buscar una nueva pareja no entraba en los planes del Señor. Así, es posible comprender por qué Natalie quiere estudiar: claro que busca superarse, pero si en el camino se cruza un hombre que le prometa aquello que Dios dictaminó que las mujeres deben desear, hay que tomarlo y cargar con esa cruz.
Así, la lectura de Yesteryear se va dividiendo entre el pasado de Natalie y su vertiginosa vida familiar junto a Caleb en la actualidad y en la década de 1850. Ahí es donde se pone a prueba todo lo que ella defiende: un hombre trabajador y proveedor, y una mujer confinada al hogar, criando a cada uno de los hijos que a Dios se le antoje mandar a esa casa sin electricidad, sin comodidades y, por supuesto, sin redes sociales que sostengan la fantasía de las tradwives.
El negocio detrás de las tradwifes
Caro Claire aborda con soltura la verdadera empresa detrás de mujeres como Natalie. En redes sociales, ellas venden una vida idílica que cualquiera con ganas de paz doméstica podría desear: no trabajar y dedicarse por entero a mantener la casa impecable y a los hijos limpios y educados. Sin embargo, este negocio no se construye solo con abrir una cuenta de Instagram. Implica la ardua rutina de grabar, editar, publicar, interactuar con la audiencia y exponer parcelas cada vez más íntimas de la vida privada con la esperanza de alcanzar la anhelada viralidad… justo como lo logra Natalie.
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Pero antes de seguir dándole demasiado crédito a la protagonista, hay un detalle clave: su enamoramiento ocurre muy convenientemente con Caleb, el hijo de un político influyente en Estados Unidos, y es ahí donde realmente empieza el negocio. Para no apartarnos de la realidad, las mujeres que aspiran a este estilo de vida bajo la tutela de un hombre necesitan encontrar primero esa “mina de oro”: el hijo de un empresario, un político, el heredero de una fortuna, un directivo sénior o, en el peor de los escenarios, el líder o cabecilla de negocios para nada legales y cuyas escoltas te lleven de un lado a otro.
Por lo tanto, Natalie consigue exactamente lo que buscaba: un hombre poderoso —aunque más en recursos que en criterio— con el que va tachando la lista de todo lo que la tradición promete: una casa, hijos, una granja capaz de sostener a la familia y, si eso falla, la red de seguridad del dinero familiar. Mientras logra despegar en plataformas digitales, y al igual que otras tradwives, Natalie vende productos supuestamente artesanales elaborados en su propia granja. Incluso, la misma exposición mediática genera ingresos, dejando claro que ya no se vive únicamente de lo que el hombre provee… ¿O sí?
Pero para sostener semejante teatro, el trabajo ajeno se vuelve indispensable: un equipo de colaboradoras y empleados que jamás aparecen en pantalla, pero que son el verdadero motor tras la empresa en la que se ha convertido la familia Heller Mills. Es precisamente ahí donde la perfección de Natalie se resquebraja: cuando alguien más le demuestra que no tiene el control de nada, por más que se encomiende a Dios. Entra entonces el castigo implacable de la opinión pública y las famosas “funas” —tan agresivas como pasivas—, recordando que cuando un imperio se edifica sobre una mentira, basta una verdad (o una verdad a medias) para derribarlo.
De análisis a crítica ¿o al revés?
Dejé para el final la estancia de Natalie en 1850. Aunque resulta ser el gran gancho de la sinopsis e incluso del inicio de la lectura —donde te atrapa la intriga de verla sobrevivir en un entorno donde curar una herida significa literalmente aguja, hilo y agarrarse fuerte de donde se pueda para aguantar el dolor—, termina por ser el aspecto más flojo de la historia. Conforme se acerca el desenlace se comprende la razón de esta decisión narrativa; aun así, faltó desarrollo para profundizar en la precariedad de esa vida y en el impacto psicológico que semejante aislamiento provoca en los hijos.

A esto se suma que varios temas cruciales se quedan apenas en la superficie, sin sumergirse en la parte profunda del iceberg: el peso real de la religión en nuestros actos y dogmas; la alteración cognitiva que deriva del abuso de las redes sociales; y la proliferación de la machosfera, con discursos misóginos disfrazados de “revelaciones” o invitaciones a “salir de la Matrix”. Por no hablar de la explotación de menores para ganar seguidores o, sencillamente, el eje central de la novela: mujeres renunciando a su propia libertad a cambio de una fantasía.
Me hace cuestionar si la verdadera intención de la autora comenzó siendo un análisis para saltar a la crítica, o si buscaba simplemente señalar estas conductas e ideologías dañinas para que el propio público saque sus conclusiones. Cualquiera que haya sido el objetivo, implica un salto al vacío frente al juicio de lectores y especialistas, pues Yesteryear se queda un poco corta para todo el terreno que intenta abarcar.
Aun así, es una lectura que recomendaría a mis amigxs si buscan algo ágil o si llevan tiempo sin tomar un libro; daría para una buena charla de café donde todas estas interrogantes saldrían a flote para tantear qué opina tu propio círculo social. Sin embargo, no considero que alcance el estatus de hito o referente social como otras obras que entrelazan la ficción con la realidad para detonar un despertar crítico, evocando a clásicos como 1984 de George Orwell, Un mundo feliz de Aldous Huxley, Fahrenheit 451 de Ray Bradbury o El cuento de la criada de Margaret Atwood.
Tómate el tiempo de leerlo, tal como te das el tiempo de scrollear en TikTok. Sin duda, causará mucho más en tu mente que diez segundos de dopamina al ver perritos graciosos. Te permitirá cuestionar este tipo de estilos de vida que evocan a “los viejos tiempos”, no para concluir que antes todo era mejor, sino para agradecer que hoy seguimos avanzando. Porque sin este tipo de reflexiones, sin estas pláticas incómodas y sin confrontar discursos opuestos, corremos el riesgo de perder derechos que no nos fueron regalados, sino por los que se tuvo que luchar para conservar.
