agosto 25, 2026

La desvelada

By In Especiales

Por Karen Medina

Fue esa noche cuando entendí que todo aquello que había escuchado en mis podcasts de lavadero tendría que ponerlo en práctica apenas sonara la alarma. Tal vez hablaban de soltar, de cerrar ciclos, de entender que querer a alguien también podía significar dejarlo ir. No importa. A las tres de la mañana ninguna de esas cosas parece particularmente cierta.

La farola del parque estaba encendida. Era la única luz suficientemente cerca de nosotros y alrededor de ella había polillas. Muchas. Las veía entrar y salir de ese pequeño círculo amarillo como si tuvieran algún asunto pendiente con la luz. Estábamos sentados en el suelo, dibujando con gises. Habíamos llegado a esa hora en que uno deja de saber si todavía está despierto o si simplemente prolonga el sueño para no tener que despertar después.

No hacíamos nada.

Eso es quizá lo que más recuerdo.

No hacíamos nada y, sin embargo, ninguno quería irse a dormir. Había algo sospechoso en cerrar los ojos. Algo parecido a concederle demasiado poder a la mañana.

Entonces pensé que quería ser una polilla. Pensé que sería mucho más sencillo si yo también pudiera hacer eso: permanecer dando vueltas alrededor de una luz, tener una razón para estar allí sin necesidad de explicársela a nadie.

Pensé que, si al despertar mi casa se convirtiera en aquella farola, podría seguir acompañándote en tu regreso a casa al anochecer. Podría verte llegar, esperarte sin esperarte, ser parte de tus tardes sin tener que pedirte permiso para quedarme. Tal vez podría acostumbrarme a tu café de las siete, a esa hora en que el día empieza a perder un poco de su nombre, y al brillo de tus párpados cuando finalmente se cierran para descansar. Hay cosas que uno empieza a querer de una persona sin darse cuenta de que algún día tendrá que aprender a quererlas desde lejos.

Quizá por eso hablábamos de planes y sueños, de lo que haríamos cuando la distancia dejara de ser una palabra abstracta y se convirtiera en kilómetros, horarios, llamadas perdidas. Hablábamos de certezas como quien pone las manos sobre una mesa para comprobar que todavía está ahí.

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Y entre una cosa y otra seguíamos dibujando. No sé qué dibujamos. Eso también me gusta: no recordar los dibujos. Que haya desaparecido aquello que hicimos con las manos y, en cambio, permanezca la forma en que nos quedamos despiertos hasta las tres y media de la mañana porque ninguno quería ser el primero en decir que ya era hora de irnos.

El tiempo tiene esa manera tan extraña de volverse evidente justo cuando está por terminarse. Esa noche no sabíamos qué hacer con él, así que lo gastamos. Lo dejamos pasar entre conversaciones, silencios, gises de colores y polillas. Lo gastamos como si fuera infinito. Quizá eso era lo más parecido que teníamos a una certeza.

Después vino la mañana. Después vino la enorme camioneta blanca de mi tío Baldo. Después vinieron los kilómetros y todas esas pequeñas formas en que una persona puede desaparecer de la rutina de otra sin desaparecer del todo. El mundo siguió haciendo lo que hace siempre: amanecer, oscurecer, encender farolas, servir cafés a las siete.

Y yo tuve que aprender que algunas despedidas no terminan cuando uno se despide. Una parte se despierta en lugares absurdos: en una canción, en una taza, en una luz amarilla, en una polilla que pasa demasiado cerca. Entonces uno descubre que el duelo está hecho, sobre todo, de pequeñas interrupciones. De cosas que todavía quieren decir algo. De palabras agridulces que siembran certezas entre tanto vendaval.

Yo no soy una polilla.

Tampoco hay otra noche.

Pero hay recuerdos que se niegan a obedecer la lógica de las cosas terminadas.

Por eso este último desvelo he decidido guardarlo como el más dulce “te quiero” que he dado. No quiero guardarlo como una despedida. Prefiero pensar que aquella noche existe todavía en alguna parte, aunque no sepa exactamente dónde. Que los gises continúan sobre el suelo. Que las polillas siguen llegando a la farola. Que nosotros seguimos sentados allí, haciendo tiempo, inventando futuros que no sabíamos si llegarían a pertenecernos.

Tu beso de respuesta lo metí en un relicario onírico. Lo dejé ahí con todo aquello que no supe decir. Ahora lo custodian un millón de margaritas amarillas y unos kilómetros de desierto.

No es fácil llegar.

Eso me tranquiliza.

Porque hay recuerdos que uno no debería visitar todos los días.

Pero sé que, si alguna vez queremos volver allí, tú y yo todavía podemos hacerlo. Tendremos que atravesar el desierto. Pasar entre las margaritas. Encontrar la luz amarilla.

Y entonces, por un instante, quizá vuelva a ser aquella noche, aquella desvelada.

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