Mariana Jiménez
Durante las navidades del 2024, cuando en Tik Tok de repente comienzan a aparecer videos de taroristes/personas místicas (o cualquier otra cualidad mágica que tengan) en los que comienzan a hacer predicciones sobre “lo que le espera” a cada uno de los signos zodiacales, creo que fue donde comenzó todo. Soy géminis, lo que sea que eso signifique. Por eso mismo, los videos místicos y mágicos que comenzaron a aparecer en mi Tik Tok eran sospechosamente (ajá, como si mi huella digital no revelara algo) dirigidos para personas del signo géminis. Estos videos eran interesantes porque básicamente me decían que yo iba a tener todo lo que yo tanto esperaba y que ansiosamente necesitaba. Sin embargo, en la realidad todo era muy distinto.
La mudanza

Me encontraba en un proceso de mudanza. Era más o menos el mes de noviembre o principios de diciembre de 2024. Yo esperaba salir del departamento que compartí con un rumi durante dos años. Era un momento especialmente vulnerable pero yo sentía que lo estaba manejando todo muy correctamente. ¡Error! En mi desesperada búsqueda de departamento “sufrí” –y lo entrecomillo porque ese momento definitivamente ha sido uno de los peores de la vida pero causado enteramente por mi culpa– un fraude inmobiliario. Fue una situación desesperante, siento que incluso ni he podido sacar bien ese trauma. En fin, un mes de renta y un depósito completamente perdido porque #rentaencdmx. Esto me orilló –un poco– a desesperadamente buscar una ayuda “directa”. Esta ayuda venía de mis entonces, casi nuevos, empleadores. En ese tiempo, definitivamente buenas personas.
La mudanza llegó, se hizo lo propio del camión y todas esas cosas. Después del problema del dinero llegó la solución. En ese momento de mi vida yo lo veía como una buena solución pero no como la mejor. El departamento es lindo, tiene su encanto particular. No es exactamente lo que quería pero aprendí a quererlo en la nostalgia. Se siente a gusto y calientito. Aparte yo creo que a mis gatos, Aza y a Chivi, les gusta. Estamos tranquilos ahí.
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La maestría

Después de eso, todo se “elevó” un poquito. En enero de 2025 entré al primer semestre de la maestría. Fue un inicio interesante. Yo estaba completamente desacostumbrada al ambiente escolar, pero me gustó. Fue un reto estimulante y particular. Entre algunas de las cosas que se me han hecho loquísimas, y que me gusta poder experimentar como una adulta joven, es el hecho de conocer nuevas personas. Esto particularmente me generó shock porque, al menos en la forma en la que yo he percibido la adultez, pocas veces hablas con personas nuevas que no se encuentren dentro de tus círculos familiares o de amigos. Entonces para mí, poder conocer a personas en un espacio más libre fue muy interesante.
El primer semestre fue pesado pero no estuvo tan mal.
Los días previos
Llegaron las vacaciones de verano, era la primera semana después del fin del semestre, esa en donde solo vas por tus calificaciones. Parecía que todo iba en calma. No me sentía tan a gusto en el trabajo pero tampoco representaba una gran molestia, aunque físicamente mi cuerpo parecía resentirlo porque me sentía resfriada todo el tiempo.
Aunque las vacaciones escolares parecían tranquilas, dentro de mi esfera familiar las cosas se encontraban complicadas. Se me hacía muy difícil seguir el ritmo a los nuevos y grandes malestares familiares. Requerían cada vez un poco más de atención y preocupación. Recuerdo que incluso el 25 de mayo –y ahora lo reconozco de manera un poco culpable– escribí en mi diario que me gustaría poder mantenerme al margen de la dinámica familiar.
La llamada

El 26 de mayo de 2025 recibo la peor noticia sin duda. Durante la noche, casi la madrugada recibí una llamada de mi mamá. Como ya tenía el antecedente de la situación médica de su hermano –mi tío y mi principal figura paterna– asumí lo peor. Ella me dijo que mi tío se encontraba mal y que iba a ir a la casa de mi abuela para ver qué estaba sucediendo.
Pasó más o menos media hora y ahora recibí la llamada de mi abuela. Ella se encontraba llorando y entre sollozos me dijo que él ya no se encontraba respirando. El sonido de las palabras no tenía ningún significado para mí. Le dije que no se preocupara, que mi mamá ya iba en camino y que seguramente algo se podía hacer. Ella simplemente no me respondió y siguió llorando.
Le dije que le hablaría a una ambulancia –cosa que no sé por qué a nadie se le ocurrió antes– y que estuviera al pendiente para cuando llegaran. En ese momento tomé mis cosas, desperté a mi hermano y esperamos a que mis papás pasaran por nosotros. Cuando llegamos a la casa, se encontraban los paramédicos. Solo nos confirmaron lo que ya todos sabíamos durante nuestro trayecto.
Él se ha ido y se ha hecho un nuevo hueco en mi corazón. Fue muy difícil de asimilar. Ha sido un dolor muy distinto a otros conocidos. No duele físicamente, no duele de manera mental. Duele como cuando sientes el inicio de la ansiedad, cuando te empiezan a sudar las manos y se te acelera el corazón.
Los ojos se me llenan de lágrimas a los cinco segundos de acordarme del evento. Me da remordimiento haber escrito en mi diario lo que escribí. Siento que mi pluma tuvo la culpa de que eso sucediera. Lo único que me conforta es que pude escribirle días antes cuánto lo quería y que no quería que se sintiera solo en ese proceso. No me respondió, pero sé que lo leyó. Sé que ambos quedamos en paz con nuestros sentimientos.
Aun así, cuando pienso en ello se me hace la cara gris. Es una gran tristeza, pero me ha gustado poder disfrutarla, porque siento que tengo mejores herramientas para gestionar ese dolor y esa culpa al mismo tiempo.
Definitivamente el transitar, nuevamente, por un duelo familiar tan grande pero en otra etapa de mi vida –no como cuando fui adolescente y perdí a mi abuelo– me ha permitido ver las cosas con más claridad. Sí con dolor, sí con tristeza –eso no es intrínseco a la edad– pero de una forma más tranquila. Aceptando un poco más los procesos vitales que el destino tiene para cada quien y entendiendo que, como diría la abuela de alguien a quien ahora aprecio mucho, todos vamos para allá… nada más no empujen.
Después vino mi cumpleaños. El 9 de junio. Ha sido el peor y el mejor cumpleaños de mi vida. Ha sido el cumpleaños en que nada ni nadie me hizo llorar. Pero a la vez era el cumpleaños más innecesario de mi vida. La dinámica salió increíble, les invitades convivieron bien, no había silencios incómodos pero era todo muy triste aún como para poder disfrutarlo muy tranquilamente. Ahora veo las fotos de ese día y no me siento yo. Me veo contenta pero me conozco tan bien que sé que hay algo que no funcionaba del todo en mí.
El trabajo

Paralelamente en el trabajo iba todo muy bien, aparentemente. Yo iba a hacer mi trabajo. Ni el mejor ni el peor, simplemente el que era necesario para el puesto. Pero lo que yo no sabía es que a las personas que trabajan en ese H. Despacho de Abogados les gusta opinar de las vidas ajenas. Y ante lo desconocido, resulta preferible inventar chismes.
El ambiente laboral era pésimo. En algún momento me enteré que dos de mis compañeros –hombres– decían que era lesbiana porque yo no les hablaba. Pero lo que no decían es que no les hablaba porque uno de ellos me acosó e insistió para que lo besara en una fiesta y el otro… el otro simplemente era su amiguito que le seguía el juego para todo. Mi molestia evidentemente no era porque me dijeran lesbiana –al contrario es un castigo para mí practicar la heterosexualidad–, sino el dolor de cabeza que me provocaba pensar en compartir un espacio laboral con personas sumamente inmaduras.
Esto aunque parecía un conflicto más entre pares o entre iguales jerárquicamente hablando, la verdad es que no lo era. Mis jefes directos apoyaban activamente esas dinámicas. En otro momento me enteré que mi jefe decía que a mi nueva compañera, que se encontraba haciendo sus prácticas, le iba a enseñar a vestirse como yo –con faldas, principalmente– para que pudiera enseñar las piernas como yo lo hacía. En otra ocasión, mi jefa dijo que yo me enfermaba de la garganta no porque ella fumara cada vez que iba a la oficina en un espacio cerrado, sino porque yo me la pasaba “besuqueando quién sabe con quién”. Lo gritó en medio de la oficina.
Entre dimes y diretes, aquello no se parecía a un trabajo, sino a un salón de secundaria. Yo tenía claro que me quedaría poco tiempo ahí.
El peso
A mediados de junio, mi hermano sufrió un accidente que nos desbalanceó familiarmente, de nuevo. Y económicamente también porque #rumis. Este proceso no ha terminado del todo. Me he sentido sola y aislada dentro de nuestra pequeña dinámica familiar y de acompañamiento económico. He tenido que solventar muchos gastos que, evidentemente, no tenía contemplados.
También ha sido complejo adaptarme a una situación en la que tengo que ser cobradora de mis propios recursos. Casi tener que pedir, por favor, que me paguen lo que me deben. Esto se ha complicado porque él, al no tener –hasta el momento– una fuente de ingresos óptima, frena mis deseos de cosas, por ejemplo, mis deseos de viajar, de comprarme algo mínimo, de cualquier cosa que implique gastar un poco más en mí, porque tuve que hacer ajustes para poder tener un fondo de emergencia doble, “por si las flys”.
Aún me queda la incertidumbre de si algún día, cuando tengamos que pagar la renta, él me diga –otra vez– que no puede hacerlo y que tenga que pedirle prestado a alguien más. Porque claro, mi responsabilidad también radica en encontrar soluciones a sus propios problemas. Ha sido un proceso complejo, sobre todo porque la responsabilidad no era solo mía, pero terminó siéndolo.
La salida

En agosto volvía al semestre. Me emocionaba mucho sin duda. Pero al mismo tiempo ya estaba llegando a mi límite en el trabajo. El ambiente laboral cada vez era más insostenible y este era muy motivado por las cabezas.
Así que, entré al siguiente semestre, retomé mi horario laboral y escolar, esperé un mes forzadamente y renuncié. Sentí un momento de victoria, la verdad. Para este punto, el dinero que me habían prestado ya estaba completamente saldado. Yo ya tenía en mi poder el pagaré cancelado.
Por recomendación de la laboralista más maquiavélica que conozco fui al Centro de Conciliación. Me dieron el citatorio para notificarles la fecha de la audiencia de conciliación. Mandé al buen CB como corresponsal y/o pasante de derecho frustrado. En el lugar del empleo lo recibió una persona muy interesante con la que colaboré: la “cuasi socia” del lugar. Le tomó una foto al citatorio para enviársela a sus jefes, después dijo que no podían recibirlo y le cerró la puerta en la cara.
Fui a la primera audiencia. Obvio, no se presentaron. La conciliadora me explicó que, al no haber ido, el segundo citatorio lo llevaría el Centro de Conciliación. Estuve de acuerdo. En la segunda audiencia ahora sí asistieron, pero por conducto de su abogado. Me pagaron. Todo bien. Espero no tener que topármelos de nuevo. Saludos.
El volver
En este punto decidí no buscar otro trabajo y dedicarme al 100% a la maestría. Me gustó. Definitivamente lo volvería a hacer y espero que mi futuro sea dedicarme a la investigación de manera completa. Las preocupaciones económicas, obviamente, subsistían –y más en estos tiempos, nunca faltan–, pero verdaderamente pude concentrarme en algo que me gusta y que disfruto hacer. Tenía mucho tiempo que no disfrutaba genuinamente algo y sin duda eso ha sido poder hacer una maestría.

Fue un segundo semestre muy bonito, con muchos conocimientos y aprendizajes nuevos. Tanto, que siento que han sido años distintos, pero no, es el mismo año, con las mismas penas y alegrías. Reforcé vínculos con personas que ahora son muy valiosas para mí, de las que he aprendido mucho y que me han enseñado muchas cosas sobre muchos temas. Les quiero mucho.
Tuve guiones y alucines interesantes todo este semestre. Al parecer, mi política de ligue fue una especie de enemies to lovers que disfruté bastante y que me hizo conocer a personajes muy particulares. Descubrí que definitivamente no sirvo para estudiar cosas que combinen filosofía y matemáticas. Hubiera sido divertido poder. Y ahora estoy aquí, otra vez en la primera semana después del final de semestre. Va iniciando, a ver qué tal me va con mis calificaciones. Yo creo que lógica 8, esperaría.
Al final no sé qué tanto se cumplió el designio de que “yo iba a tener todo lo que yo tanto esperaba y que ansiosamente necesitaba” pero lo que sí sé es que este año, definitivamente, se sintió para mí como el verdadero fin de los 20.
El próximo año termina con seis. Eso significa que cumplo una decena de años más. Los siguientes alcanzados son los 30. No sé, no tengo ninguna expectativa clara. Me gustaría poder tener estabilidad en un trabajo que no me pegue en las espinillas todos los días y a la par, seguir disfrutando igual de bien el hacer la maestría.
Espero que todas las personas que me aman y que amo estén bien, de la manera en la que quieran estarlo. Solo pido eso, que estén bien. También confío en que otra vez los videos de Tik Tok me digan cosas predictivas y poder moldear toda mi vida con base en ello.
Nota de la autora: Este texto no pretende cerrar nada; con suerte, es un buen registro del desorden, en casi todas sus facetas.

