Por: Fabiola Gurrola
Le dije a ChatGPT: “¿Cómo empezarías una historia para las mujeres modernas en la que hables sobre Voldemort, sin sentarte en el banquillo de la víctima, pero sin caer en un feminismo infundado?”
Esa soy yo. Me presento, porque también en la manera de pedir las cosas damos a conocer quiénes somos.
La IA me contestó: “Hay un tipo en mi pasado al que mis amigas y yo llamamos Voldemort. No porque fuera calvo o practicara magia oscura (aunque su habilidad para desaparecer tres días sin dar señales de vida era sospechosamente sobrenatural), sino porque durante meses no pude pronunciar su nombre sin sentir que algo en mi pecho se contraía”.
La verdad, ChatGPT—con todo el respeto que merece su inteligencia artificial— se quedó vergonzosamente corto.
Mi Voldemort no desaparecía tres días. El mío, después de seis años de relación, tomó su armadura, montó en su caballo y sin más razones para quedarse… se esfumó. Como Houdini, pero con menos clase y sin audiencia aplaudiendo.
Durante años —sí, años, porque mi vida no fue tan fácil como un cuento moderno para millennials con terapia cubierta— no pude pronunciar su nombre sin sentir que algo en mi pecho estaba hecho pedazos. Y no pedazos estéticos tipo rompecabezas de hobby, sino pedazos filosos que te cortan cuando intentas recogerlos.
Ya saben cómo es: un día estás bebiendo vino con él en una terraza en Budapest, viajando por el mundo como si fueran la versión mejorada de los protagonistas de Antes del amanecer, y al día siguiente cualquier carro que aparece en tu campo visual podría ser él dándose cuenta de su error monumental. Cualquier sonido de saxofón manda el resto de tu tarde directo al carajo. Cualquier sueño parece ser una señal cósmica de que algo en el universo falló estrepitosamente y necesita una corrección inmediata.
Pero este no es un texto sobre cómo me rompió el corazón.
Porque seamos brutalmente honestas: yo también rompí el suyo antes, pero eso es otra historia.

Voldemort no me dejó. Nosotros nos dejamos, en ese baile lento y tortuoso donde ambos sabíamos los pasos de memoria, pero ninguno quería ser el primero en salir de la pista y admitir que la música había terminado hace rato.
Lo que sí hizo fue regalarme algo completamente inesperado: la pregunta incómoda que cambió todo. No “¿por qué me pasó esto a mí?”, sino “¿por qué yo permití que esto durara tanto?”
Y esa, amigas, es una pregunta mucho más interesante.
Me excusaré diciendo que a mí nadie me explicó el diccionario secreto del lenguaje masculino indeciso:
Cuando un hombre dice “no sé si quiero casarme”, en realidad está diciendo: “no sé si quiero casarme contigo.”
Cuando dice “No sé si quiero tener hijos”, lo que traduce es: “no sé si quiero tener hijos contigo.”
Cuando suelta el clásico “hay que fluir”, lo que realmente significa es: “no tengo intenciones de llegar a algo más serio contigo, pero me gusta tenerte disponible.”
A mí nadie me aclaró que guardar las memorias más preciadas del pasado está bien, pero quedarse a vivir en ellas es una forma sofisticada de autosabotaje.
Nadie me dijo que esperar no es lo mismo que construir. Que la paciencia sin fecha de caducidad se llama, en realidad, negación.
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La carta de despedida
Por eso este 14 de febrero quiero dedicar estas sinceras palabras a Voldemort. No sólo al mío, sino a todos esos Voldemorts que después de 2, 3, 4, seis malditos años de relación siguen sin estar listos, o al menos son lo suficientemente astutos para hacérnoslo creer.
Diría, desde mi posición actual —y una copa de vino en la mano— que ese lugar de “mujer bella, hacendosa y ordenada que no piensa en trabajar más que para el hogar, la que tiene como mayor sueño casarse con quien la mantenga para poder dedicarse a su familia”… me quedó tremendamente obsoleto.
Pero también diría que este papel de “mujer exitosa, independiente, bien vestida, fuerte, buena cocinera, con carrera, que no necesita a nadie y que además huele bien después del gym”… me quedó imposiblemente moderno.
La verdad es que todo eso que se inventó antes y todo eso que apareció después me hace, a veces, sentir una culpa absurda por no caber perfectamente en ninguno de los moldes que fueron creados supuestamente para mí.
Así que estas letras son, definitivamente, el cierre de una historia que parecía nunca llegar a su fin.

Si hoy fuera el funeral —no de ese que no debe ser nombrado, sino de esa historia que construí obsesivamente en mi cabeza, de esa relación que fue apenas una parte (dolorosa, sí, pero solo una parte) del viaje— me aseguraría de cantarle “No pasa nada” de las Hash. Y después, solo para ponerle un poco más de drama telenovelero al asunto, le llevaría con mariachi el clásico “Y todo para qué”.
Porque como dice la sabiduría popular… ese, que ni siquiera me atrevo a nombrar sin que se me revuelva el estómago, “ya es harina de otro costal”.
Hoy sé —con la certeza que solo dan los golpes bien dados— que cada vez que una puerta se cierra, dos más se abren. Y no me refiero a otros Voldemorts que después tampoco pueda nombrar, sino a poder ver la vida desde otras perspectivas.
A poder reinventarse sin pedir permiso.
A resurgir como el ave fénix, pero versión mejorada: con terapia, límites claros y cero tolerancia a las banderas rojas disfrazadas de “está pasando por un momento difícil”.
Me refiero a que eso de “dar la vida por un beso” no es más que un cuento bonito que nos vendieron para mantenernos esperando en la estación equivocada.
Porque resulta que el final feliz no llegó cuando Voldemort regresó arrepentido (spoiler: nunca lo hizo). El final feliz llegó el día que dejé de esperarlo.
Llegó cuando aprendí a pronunciar su nombre sin que me temblara la voz.
Llegó cuando entendí que no necesitaba su validación para saber que fui suficiente todo el tiempo.
Llegó cuando me di cuenta de que la protagonista de esta historia siempre fui yo, no él.
Y que mi historia —mi verdadera historia— apenas está comenzando.
Así que brindo por las puertas que se cierran, por los Voldemorts que se van, y sobre todo, por las mujeres que aprenden a irse primero.
Salud
Santé
Nasdrovia
Chin chin
FIN
(O mejor dicho: INICIO).
