Orlando es atractivo, pero no me cautiva. Sin embargo no dejo de admirar su cuerpo: es un hombre alto (casi 1.90), musculoso, de espalda, brazos y piernas bien trabajadas, una corporalidad que delata su disciplina en el gimnasio. Aunque no me gusta, me permito exotizarle creando múltiples escenarios en mi cabeza, sacando a relucir un par de fantasías sexuales donde yo domino de forma lúdica y cachonda ese musculoso cuerpo.
Esa tarde Orlando conducía sobre periférico con destino a casa de nuestro amigo en común. Éramos cinco personas las que nos habíamos quedado de ver afuera de una estación del metro, con el objetivo de cooperar para la gasolina de Orlando y de esa forma ahorrarnos tiempo de traslado. Todes éramos desconocides, hecho que entorpecía el proceso de socialización. Entonces decidí romper la tensión dentro del vehículo.
La víctima: Orlando el musculoso.
—Oye amigo—le doy tres toques en su hombro con mi dedo— disculpa que te toque…
—¡Jaja! Toca lo que quieras, no pasa nada, dime.
—Te quiero preguntar algo pero no lo vayas a tomar a mal.
—Si claro, dime.
—Pásame tu rutina de brazo, ¿no? Es que sí traes músculos bastantes grandes, la verdad—. Se perciben ligeras risas.
—¡Sí, claro! Pásame tu número de teléfono—. Se acaban abruptamente las ligeras risas.
Me quedé estupefacta y hubo un silencio raro dentro del auto. Creí que la respuesta del hombre sería describir su rutina de forma inmediata; algo así como: “pues haz un par de pull ups, toma las mancuernas y haz remo…” Su respuesta llevaba una intención y no supe qué hacer con ella. Todavía peco de ingenuidad… estupidez es la definición correcta.
—¿…Mi número?
—Sí. Te paso la rutina por WhatsApp.
Le pido me dicte su número para registrarlo. Quise aplicar la de: “al rato te mando un mensaje”, pero tampoco me salió porque él ya me había agregado. Me cuestioné la ausencia de mis límites, ¿no que muy acá, pinche Bicky? En el fondo me pareció emocionante saber hasta dónde podía llegar con este tipo porque ¿qué es lo peor que podía pasar?

Esa tarde (afortunada o desafortunadamente) me retiré de la reunión por cuestiones laborales, sin embargo, horas después de mi partida comencé a recibir rutinas de gimnasio para pecho, espalda, brazos… Una serie de videos teniendo a Orlando como protagonista. Dicho gesto me pareció de mal gusto. Agradecí que en sus videos no hablara, porque aunque tenía tremenda voz, definitivamente su encanto no era la palabra.
Con el paso de los días comenzamos a charlar vía WhatsApp y me confesó que en sus tiempos libres era escort, recalcando que “se las sabía de todas a todas”, tomándose el atrevimiento de concluir que mis experiencias sexuales me hacían una neófita en eso de las artes amatorias. Obviamente no le iba a contar toda mi vida sexual a un extraño, así que lo deje pensar lo que él quisiera.
¡Pobre bandido! Bien pude fundamentarle el por qué su adicción al sexo lo hacía un sujeto/objeto alineado al poscapitalismo, o tal vez herirlo exponiendo que su necesidad de sexo respondía más a su necesidad de aprobación… pero no me interesaba instruirlo teóricamente porque el tamaño de su pene no era proporcional al tamaño de sus habilidades cognitivas. No me iba a agarrar el pedo, pues. Es un hombre muy ensimismado.
Poco me importaba lo que él pensara de mí, al fin y al cabo yo solo quería una cosa: sexo y … ¡Jaque mate! Lo había conseguido con toda la frialdad del mundo.
—Me gustaría que nos viéramos a solas. Pero ya sabes, todo sin compromiso y muy casual—, confesó Orlando.
—¡Sin compromiso me parece un gran plan! Pero no porque seas escort creas que te voy a pagar, ¿eh?
—Jajaja, por supuesto que no te voy a cobrar, tú me gustas.
El primer encuentro fue bastante bueno, cero reproches. ¡Que se repita! El vato sí se las sabía de todas a todas. Yo lo di todo, como siempre. El acuerdo estaba implícito, sólo nos veríamos para pasar un rato, sin compromiso ni nada de futuras relaciones, al menos eso lo dejé en claro y él dijo estar “súper de acuerdo”.
Tal vez también te interese: Memorias de una exalumna prodigio
***
Han pasado un par de semanas desde ese encuentro y creo que el sujeto está comenzando a “intensear”. Orlando me ha comenzado a enviar los buenos días, a preguntarme cómo estoy y a decirme “que tiene muchas ganas de volver a verme”. Sólo me limito a contestar sus saludos e ignoro con toda la intención del mundo sus cometidos románticos.
Cuando me propone que nos veamos lo esquivo, diciéndole que no puedo porque tengo compromisos con otras personas o simplemente le digo que estoy muy cansada.
***
Comienzo a preocuparme por la casualidad. Percibo con mucha frecuencia imágenes que hacen referencia a Orlando; en temas de conversación con conocidos, veo a personas parecidas a él en la calle, en el gimnasio, en el trabajo. Me disgusta pensar en él, es como si fuera un pensamiento obligatorio. Confieso que me gustaría volver a estar con él, pero me incomoda su nivel de intensidad, su necesidad de querer saber de mí. Ya le advertí que no intente subestimarme, no porque me lleve un par de años significa que me puede chamaquear o manipularme.
Así como hay mujeres que piensan que pueden cambiar a un hombre, también están los hombres que piensan que pueden enamorar a una mujer cuando la respuesta siempre estuvo implícita: no quiero una relación (al menos no contigo).

***
Por cuestiones de trabajo Orlando tuvo que mudarse de ciudad. Sentí un poco de alivio cuando el sujeto me envió un audio para contarme de su partida, confesando que le hubiera gustado despedirse de mí en persona. No bastando con ese mensaje que yo no pedí, me dejó un obsequio con un amigo: unos calcetines con figuras de cerdito. Estaba encantada con el detalle y agradecí el gesto. Le contesté su mensaje deseándole mucho éxito, sin mencionar ni una sola palabra sobre la posibilidad de volver a vernos. No miento, mi cachondez lo deseaba, pero algo me decía que ya no. Extrañamente pensaba en él, pero cuando eso pasaba yo me ponía de malas. Sentía que Orlando se metía en mis pensamientos, como un mosquito que acecha y que te zumba en el oído para avisarte que, en un descuido, te puede atacar.
***
He tenido muchos problemas en el trabajo, me ascendieron pero las cosas con mi equipo no fluyen; mucha tensión, mucha mala vibra. Siento la necesidad de pedirle ayuda a Orlando, porque hasta donde sé, ese hombre le hace a la santería. Sería bueno saber por dónde va mi plano laboral, alguna limpia, algunos baños con hierbas espirituales, algo que me quite este estrés que pesa en los hombros, que pesa en la mente; unas palabras que dialoguen con mis arrebatos negativos y me quiten estas ganas de ya no encontrarle sentido a continuar.
En el fondo se que no debo buscarlo ¿Por qué tendría que buscarlo? Sabiendo que en mi círculo de amistades y conocides sobran personas que se dedican a la brujería.
En algún momento mi intuición me lleva a pensar que Orlando está inmiscuido en esto de querer buscarlo. Pero no lo creo, no parece una persona que haga daño.
***
El humo de la vela y el tabaco se unifica en el aliento del santero. Yosvani se pone las manos en la cabeza como síntoma de preocupación, está concentrado en interpretar sus caracoles y me dice que en este momento estoy en “osgobo” es decir, que mis caminos están bloqueados.
—Usted tiene los caminos bloqueados porque trae encima dos trabajos de brujería.
—¿Cómo? ¿Me hicieron brujería?—, respondo sorprendida.
—¡Y le hicieron brujería pesada! Fue un hombre que quería tener algo con usted, pero no se dio. Usted no quiso pero él sí.
Me quedo atónita
—¿Qué tipo de brujería?—, le pregunto al santero.
—Estamos hablando de “Palo Monte”. Esa brujería es fuerte. Los caracoles dicen que este sujeto está rayado en el Palo Monte, trabaja con muertos. Le gustaste y quería tenerte.
—Pero yo quedé con él en que…
—Mija yo no sé el acuerdo que usted tuvo con él. Aquí los caracoles me están diciendo que ese hombre le embrujó, le jugó sucio. Esa brujería la tenemos que quitar con una limpia porque como ahora ya lo descubrimos, tus caminos comenzarán a cerrarse más rápido y lo peor que puede pasar es que usted siga perdiendo la fe.
—¿Perder la fe?—, pregunto con titubeo.
—¡Usted ha perdido la fe al grado que dudaba en venir aquí conmigo!—, me grita en tono cubano— ¡Al grado de que está dejando de creer en usted misma! Eso es lo que hace esta brujería, que usted deje de creer y eso causa la enfermedad de la tristeza, de la desesperación, es el demonio atacando su luz.

Comienzo a llorar. Lloro porque pese a que mi intuición me lo decía, yo dudé de mi saber. Lloro por ser ingenua. Lloro porque confié, pero sobre todo lloro por miedo a reconocer que aún existen hombres que no quieren respetar los acuerdos, que piensan que por ser/sentirse atractivos tienen derecho a tomar lo que quieren, al grado de querer influir en la realidad haciendo uso de herramientas espirituales. ¿Te cae?
La brujería es real, es un lenguaje, un intercambio energético que se rige por la intención que ponemos sobre las personas. Una mala intención puede desencadenar hechos violentos de dominio físico, emocional o espiritual, todo con un mismo fin: hacer daño.
Una buena limpia, con un pollo y hierbas, se llevó esa brujería. Porque al igual que Orlando, también tengo mis mañas, mis santos, mis muertos, mis creencias, mi fe. Me queda pensar que el embrujado fue otro y no hicieron falta hechizos o intenciones para manipularlo.
Simplemente soy encantadora… así como las brujas de verdad.
