Suspiro. Ha llegado el momento.
El silencio tiene algo de sacramental.
El espacio parece ser el de todos los días. El lugar conocido. Se encuentra acomodado para mi mayor placer, con el objetivo de que sirva para cualquier fin: película, estudio, lectura, comida.
En su lado derecho se reúnen libros pendientes de leer, algunos con avance significativo y otros cuantos terminados. Encima de ellos se encuentran múltiples libretas, con usos tan variados que parecería obsesivo. Hay un diario, una libreta “literaria”, otra para apuntes de libros de la escuela que no son propiamente de la investigación pero que es probable que sí sirvan para ésta —nombre extremadamente largo, lo sé—, otra que sí es para notas de la investigación, una más que funciona como diario emocional y otra que hasta el momento no ha tenido un uso más que el ser la que se encarga de dar altura a mi teclado.

En ese espacio tengo la compañía de Sor Juana, José Revueltas, Ottessa Moshfegh y cartas dedicadas desde el corazón a Lula da Silva, así que eso me compromete un poco a que todo avance conforme al plan. También se hace presente el Bolero de Ravel, en la versión de la Filarmónica de Berlín, sin el cual desde hace meses no escribo una sola línea de la tesis.
Con motivo del silencio absoluto, considero oportuno comenzar, así que me dispongo a sentarme. La silla es cómoda, rasgada por ser el mueble de descarga de una felina pero aun así, muy útil. Me pongo los lentes para ver en serio.
Suspiro de vuelta.
Comienza de forma casi imperceptible.
ta, tarara ta…

Verifico si le puse play, si mis audífonos se conectaron y si el volumen no se encuentra en cero.
Todo está bien.
Decido ser paciente pero tarda más de lo que me gusta aguantar.
ta, tarara ta, tarara ta, ta, ta, tarara ta, tarara ta, tarararara
En el momento en el que la tarola se hace presente comienzo a sentirme tensa. Pienso que el momento de seriedad ha comenzado. Aun así no puedo evitar marcar el ritmo con mis pies chocando el piso.
Durante esos segundos comienza para mí la rutina.
Poner la contraseña.
Sentir la luz golpeando mi cara.
Me siento deslumbrada.

Viene un momento de tranquilidad cuando los instrumentos de viento se hacen presentes. Se percibe un ligero aliento externo que le da esperanza a la sesión. Aun así, la percusión de inicio y las cuerdas que lo acompañan de origen no se han detenido.
Todo junto provoca una sensación mística que me envuelve de rojo.
ta, tarara ta, tarara ta, ta, ta, tarara ta, tarara ta, tarararara
Paralelamente recuerdo que el crecimiento no solo debe percibirse en mis oídos.
Trato de recordar el último archivo trabajado.
Me siento tranquila porque, según yo, en la sesión anterior dejé resaltado en amarillo el párrafo que estaba editando.
El archivo aparece ante mis ojos. Realizo una inspección rápida. Me doy cuenta de que tal marcador nunca se hizo presente.
En ese momento el instrumento de viento, el más grave de los ahora involucrados, aparece.
ta, tarara ta, tarara ta, ta, ta, tarara ta, tarara ta, tarararara
ta, tarara ta, tarara ta, ta, ta, tarara ta, tarara ta, tarararara
Eso significa que ya he “desperdiciado” algunos minutos en tratar de investigar en qué punto va mi investigación.
El zodiaco no me favoreció al dotarme de características airosas.
Me quito los lentes.
Froto mis manos contra mi cara con la frustración del padre de un adolescente.
La música ha aumentado el ritmo y el volumen. Sé que no acelera pero parece ir más rápido.
Eso no está bajo mi control.
ta, tarara ta, tarara ta, ta, ta, tarara ta, tarara ta, tarararara, ta, tarara ta, tarara ta, ta, ta, tarara ta, tarara ta, tarararara
Suspiro.

Decido que es mejor leer todo nuevamente y que cuando llegue al punto, aparecerá y de manera espontánea el frame exacto del fin de semana anterior se hará presente en mi memoria.
Mi corazón está acelerado.
El volumen ha ido creciendo y siento que el tiempo se termina.
¿Tiempo para qué?
Ya vamos en el minuto trece.
Todo se ha visto envuelto solo en la desesperación.
Las percusiones me recuerdan al tic tac del reloj.
ta tarara ta tarara ta ta ta tarara ta tarara ta tarararara ta tarara ta tarara ta ta ta tarara ta tarara ta tarararara ta tarara ta tarara ta ta ta tarara ta tarara ta tarararara
Suspiro.
Otra vez.
Los sonidos de viento ya no son los que al inicio dotaban de esperanza.
No lo soporto.
Hasta hace unos minutos solo se movían los pies, ahora la extremidad completa se mueve desesperadamente.
El tiempo se me ha ido entre suspiros.
ta tarara ta tarara ta ta ta tarara ta tarara ta tarararara ta tarara ta tarara ta ta ta tarara ta tarara ta tarararara ta tarara ta tarara ta ta ta tarara ta tarara ta tarararara ta tarara ta tarara ta ta ta tarara ta tarara ta tarararara ta tarara ta tarara ta ta ta tarara ta tarara ta tararara
Llega el minuto quince con algunos segundos y todo termina.
Llega un suspiro de cierre que se sincroniza con la explosión reconocida de la pieza.
Me detengo a pensar en absurdos.
¿Quién la va a leer?
¿Estoy siendo muy snob?
¿Por qué ya no soy la de antes?
¿Todo esto valdrá la pena?
¿Cómo me iré a morir?
Freno un momento.
Veo el puntero parpadear.
Pienso en la demencia que imagino para mi futuro y en cómo vaciará el contenido de mi mente.

El sonido del Boléro sigue haciendo latir mi corazón.
La ansiedad no ha terminado.
Aun con ello decido en que lo mejor sería continuar con la sesión.
Para la demencia todavía quedan como cincuenta años más. Por el momento no puedo dejar a un lado mis responsabilidades.
Le pongo play otra vez.
Todo se reinicia y comienza la repetición familiar.
Todo se repite una y otra y otra vez.
¿Por qué?
No sé por qué.
No sé por qué.
No sé por qué.
