febrero 26, 2021

El Árbol

By In Enigmas

Cuarto códice.

Bajo un sol brillante, el tlacuache caminó hacia el cerro verde sobre una llanura del valle, caminó por varios días entonando canciones y cargando un extraño morral hecho de mecates de fibra. Al llegar a las faldas del cerro, los colibríes y las libélulas acudieron a saludarlo, juntos cantaban la canción de los recuerdos, esa que habla de la vida y muerte de todos los soles y lunas.

Con devoción, el tlacuache saludó al cerro y a los seres que lo habitan, subió por una delgada brecha que apenas podía verse entre las plantas  y zacates,al llegar a la cima, ahí estaba el gran árbol, entre las siete piedras moradas, era el único ser que sobrevivió a la muerte de varios soles, lleno de sabiduría y tiempo, ahí el visitante cantó mientras danzaba entre las piedras las canciones y poemas de la luz, acercándose al árbol cada vez más… Caída la tarde pudo tocar la corteza y decir al árbol las palabras de su corazón.

Un sol brillante descansaba en la parte más alta del árbol, otro estaba escondido entre sus fuertes y retorcidas raíces, entre las ramas y hojas, el tlacuache observó otros nueve soles con luz de variados colores, los cuales se movían al ritmo de viento suave que llegaba al cerro, le parecía que en su movimiento formaban una estrella de cinco o siete picos, que en una mirada parecía llegar hasta la cima del árbol y después al suelo. 

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Con calma, el tlacuache sacó de su morral un cuchillo de piedra negra y recitó palabras de consuelo y perdón, buscó en la corteza una hendidura, un corte o cicatriz; pasó sus manos una y otra vez mientras daba vueltas alrededor del tronco, súbitamente se detuvo y con un grito de miedo y devoción clavó el cuchillo en la corteza, esperó unos instantes y con delicadeza lo retiró dejando un pequeño corte sobre el árbol,  rápidamente sacó de su morral un cuenco de barro para recoger una a una las lágrimas de savia que brotaban de la herida.

Canción del tlacuache

Cuando la savia llenó la mitad del cuenco, tomó tierra de la base del árbol y la restregó en su herida, enseguida se sentó sobre la tierra y la mezcló con savia por partes iguales. Mirando hacia el lugar donde se ocultó el sol, sacó por último un pequeño pincel y un códice en blanco.

Seis veces saludó el sol al tlacuache, sentado con la mirada hacia donde el sol desaparece, seis jornadas de ayuno y silencio, el árbol seguía callado, al siguiente amanecer empezó a cantar, a comunicar historias que el tlacuache con calma y destreza imprimía sobre el códice, escribió, con la tinta del árbol y la tierra, la canción de todos los tiempos, la canción de todas las almas, le reveló la canción del hilo dorado que une a todas las criaturas, también cantó la canción del creador infinito que tiene infinitos rostros y los coloca sobre las caras de las infinitas criaturas. 

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Así pasaron dos lunas completas. El último día, el árbol recitó el amor del creador que derrama sin distinción la luz sobre los infinitos soles, mundos y criaturas, con el último poema, el árbol mostró al escribano del códice, la infinitud del universo donde cada piedra y cada ser son indivisibles, donde el equilibrio de la vida y la muerte son perfectos, donde la eternidad, no condena, no perdona.

Al amanecer, las libélulas retiraron el códice de las manos muertas del tlacuache,con delicadeza lo llevaron al templo del valle; de rodillas, los escarabajos sacerdotales recibieron el regalo, ese códice perfectamente escrito, doblado y amarrado, todos los seres gritaron de alegría al ver la procesión que llevaba el escrito hasta el altar bajo la potente luz del mediodía.

Esa misma noche, el máximo sacerdote recitó, durante toda la noche, los mandamientos y castigos que el gran creador dictó al tlacuache y que ahora, después del tiempo de la muerte de tres soles, los seres del valle siguen guardando celosamente. 

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