diciembre 29, 2021

El cuervo

Noveno Códice

By In Enigmas

Como siempre, el cuervo comenzó a enumerar sus tesoros. Cada mañana, engalanado en una elegante túnica y una corona más valiosa que la del mismísimo jaguar, se paseaba por aquella habitación oculta, llena de luz por las innumerables lámparas encendidas dentro del robusto árbol frondoso y lleno de vida que era su castillo. Nadie imaginaba que esta ave había construido un túnel vertical hasta muy por debajo del suelo y que al término del mismo estaba esta habitación. Era un refugio amplio y espacioso donde se sentía el rey de su territorio, lleno de objetos de oro, jade, algunos más de otras piedras preciosas, en algunos muebles se veían códices y arcanos. El ave se paseaba cerca de aquellos objetos que desafiando el tiempo llegaron a sus manos.  Los tomaba con delicadeza y sus ojos oscuros resplandecían, aparecían reflejos rojos cuando tomaba los ídolos de oro con ojos de piedra y  otras veces  el color del jade teñía sus ojos de verde.  

 Un día tomó entre sus manos una extraña piedra negra de obsidiana, no muy valiosa, pero que decidió conservar porque sus azulados reflejos lo fascinaban. La piedra resbaló entonces de sus manos y estalló en infinitas partes al llegar al suelo

El cuervo estaba atónito, se recriminaba que, si bien no era su posesión más valiosa, pudo ser un ídolo del segundo sol, o una de sus preciadas máscaras de jade. Pensaba en su torpeza, ensimismado y enojado observó de reojo, una piedra de forma oval y de color azul cielo con manchas grises exactamente en medio del circulo de las partículas de la piedra negra. Con la delicadeza recogió la piedra, era exactamente del tamaño de su mano.

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Por días y noches las manchas grises de la piedra fascinaron al ave. Algo, no sabía qué, lo obligaba a poner sus ojos sobre ella, incluso dibujó en incontables pergaminos las manchas y su disposición sobre la piedra, buscaba en antiguos códices el parecido de las manchas con antiguos símbolos y alfabetos. Por fin, una noche comprendió el secreto de las manchas, no eran palabras, era un simple mapa del valle, el octágono insinuado era el palacio del jaguar, el triángulo el templo de la serpiente. Un mapa del valle y el diagrama de las manchas coincidían de manera casi exacta -el compás no miente- pensó. Así cada mancha representaba un lugar, ya sea el rio, el lago, etc. Solo una mancha no aparecía en el mapa, era casi circular con otra marca dentro que parecía una estrella.

Al día siguiente, poco antes de salir el sol, el cuervo salió de su castillo ataviado con una túnica vieja y sucia para que nadie lo reconociera. Con su disfraz, en silencio y agachado partió hacia el lugar que la piedra destacaba, solo con un poco de comida en un morral, además de la piedra en su mano como equipaje. 

Tres días después llegó al lugar que había descubierto en la piedra y marcado en los pergaminos con base en la intrincada danza del compás. No le sorprendió encontrar una cueva con entrada casi circular, se veía claramente que un pequeño deslave había dejado al descubierto la entrada. El cuervo empezó a soñar con un gran tesoro en el fondo de aquella cueva, tal vez descubriría un gran cargamento de oro o algún ídolo de gran valor, o quizá máscaras de jade. El resplandor que representaba la mancha dentro del círculo debía ser un gran tesoro

Al traspasar la entrada se despojó del disfraz y vestido con una túnica elegante caminó hasta el final de la cueva. Grande fue su sorpresa al encontrar solo tres tinajas de barro cocido selladas completamente que, aunque estuvieran llenas de oro o jade, no representarían mucho comparado con las riquezas de su castillo. Pero el viaje fue largo y cansado, el tesoro de las tinajas aunque modesto acrecentaría su colección.

Con la piedra azul y gris quebró la primera tinaja, de su interior salió una pequeña bocanada de humo azul grisáceo que lentamente ocupó gran parte de la cueva, pero la tinaja estaba completamente vacía. Cuando el cuervo retiró la mirada con enojo de los fragmentos de barro, alcanzó a escuchar como quien escucha al viento: No es el nombre el ser, no es el espejo la imagen. Con fuerza rompió la segunda tinaja, un chispazo como de pedernal se vio en la semi oscura cueva. Los tesoros no existen, todo es de la tierra y a la tierra volverá, le pareció escuchar. La tercera tinaja fue destrozada con mucha fuerza y al caer los trozos de barro contra el suelo, también cayeron las rocas de la cueva con un gran estruendo.

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La oscuridad fue completa, entonces el cuervo observó cómo con un pequeño destello cada pluma se separaba de su cuerpo, luego cada músculo de su carne y por último cada hueso. Ahora libre e ingrávido fue jalado hasta un punto de luz que se hacía cada vez más grande hasta convertirse en una llamarada infinita. Así llegó hasta el centro de la estrella, hasta el corazón del sol, para luego ser expulsado en un rayo de luz que llegó hasta la tierra. Recibió el buscador el tesoro más grande, el de vivir en las hojas de los árboles, en el lomo de las iguanas, o en el color de los cerros. El tesoro de disolverse en el todo, de ser uno con la nada. 

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