agosto 25, 2021

En una ruta del Báltico

By In Ensayos

Texto y fotos: Paola Martínez.

Hay de desveladas a desveladas. Yo siempre fui una persona nocturna. Me costaba despertar, más cuando mi papá prendía el radio y sonaba el himno nacional como señal de que debía levantarme para ir a la escuela. 

Cada que empezaba un ciclo nuevo, un grado nuevo, un trabajo nuevo, me quedaba despierta por los nervios imaginando todo lo que pasaría y a veces, escribiendo. 

Pensé mucho en qué desvelada memorable compartir para este aniversario, sobre todo después de los textos llenos de magia que aquí se comparten, que me han hecho volar en cada lectura, y unos, hasta sacar la lagrimita. Aquí va:

En agosto de 2015 tenía 20 años. Era mi primer viaje completamente sola y decidí empezarlo en Escandinavia, porque estaría de intercambio en Europa los próximos seis meses. 

Tomé un ferry de Estocolmo a Helsinki, en el que me habían prometido pasaría una noche de fiesta y descontrol, prácticamente para sólo recordar cómo había llegado. 

Mi sorpresa fue que eso sólo operaba los fines y yo abordé un miércoles. El camarote, de tres camas, era sólo para mi. En la cubierta y áreas comunes, familias. 

—Y bueno–, pensé, –tal vez algo pase después—.

Durante el día había cielo despejado, mar azul y una sala con wifi. En 2015 aún no era tan sencillo encontrarlo en todos lados. Me senté y no hablé con nadie.

En la noche me acerqué al bar un poco tímida. Había una pista vacía y tres mesas ocupadas. Me senté y esperé un poco para ver si alguien se atrevía a bailar ahí: a la vista de 10 desconocidos, en un barco casi fantasma, que navegaba a la mitad de la nada. 

De repente, un grupo de tres o cuatro güeros, y casi los únicos jóvenes, se pararon a bailar como profesionales. Tanta confianza tenía que venir de algún lado. Más tarde supe que eran bailarines de danza contemporánea e iban a Helsinki a una presentación.

Me sentí tan identificada. Yo había bailado ballet durante años y con mis amigos bailarines actuaba con la misma confianza que ellos, pero ir sola me acentuaba la timidez, bailando sola pasaría como una loca. 

Me acerqué a ellos y empecé a bailar más libremente porque sabía que apreciarían los movimientos arriesgados: giros, brazos arriba, saltos, como si en lugar de pista de baile fuera un escenario para nosotros. 

Lo disfrutamos tanto que se acercó la gente. Ya no había pena porque me entendían y podía ser yo aunque estuviera rodeada de extraños. Aún me cuesta.

Luego de un rato nos sentamos para descansar y subimos a cubierta a platicar. 

Estábamos en penumbras. Se veían algunas estrellas y se oía el viento más allá de nuestras voces. Navegar en el mar puede dar miedo porque la oscuridad parece que te come. Aunque esta vez estaba más ocupada en admirar a Rodrigo, uno de los bailarines, portugués, que con sólo una sonrisa me invitaba a acercarme y que me robara un beso. 

En una película habría pasado, pero esa noche preferí concentrarme en las historias de todos sobre los viajes, y me quedé en mi silla viéndolo de lejitos.

También estaba Caleb. Un gringo, más o menos de mi edad, que tampoco había salido mucho solo. Era un poco más tímido que el otro, por lo que me dio más confianza. 

Poco tiempo después, Rodrigo, al no tener suerte, decidió irse a dormir y me quedé con Caleb. Su sonrisa también me gustó, pero saber que no había una tensión sexual me hizo sentir mucho más tranquila. 

Me contó que tenía un rancho y en varias ocasiones intenté imitar su acento sureño. Nos quedamos en cubierta hasta ver el amanecer.

El mar báltico está tan al norte del planeta que el sol se oculta durante el verano poco más de tres horas. A las cuatro de la mañana todo se pintó de azul: el barandal, las paredes blancas de cubierta y Caleb, de 1.90 sentado a mi lado, viendo al infinito. 

Ya tampoco recuerdo las pláticas, pero esa fue una de las sensaciones más en paz que he tenido. Aunque el viento soplaba fuerte, en ese momento sólo existíamos nosotros con el mar. Y conforme el paisaje fue cambiando a rojo, amarillo y día completo, nos fuimos a domir. Eran las cinco de la mañana.

Al día siguiente, mejor dicho, a las pocas horas, me despedí de Caleb en el pasillo de los camarotes y bajé del barco lo más pronto posible siendo víctima de mi timidez.

Pensé que nunca lo volvería a ver, pero esas rutas de los bálticos te regresan a la misma gente. Lo encontré una semana después, del otro lado de la calle, en Lituania, y nos volvimos a quedar juntos hasta el amanecer.

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