abril 28, 2026

Mensaje en una botella

By In Ensayos

Por: Natalia Luján

A los 13, corté a mi primer novio porque creía que “se estaba generando una dinámica de dependencia emocional.” No me parecía sano que sólo habláramos entre nosotros durante los recreos y dejáramos a nuestros amigos de lado.

A los 14, durante el boom de One Direction, yo me jactaba de escuchar a Of Monsters and Men, a los Beatles y de tener mi iPod nano 6ta generación lleno de canciones que importaba desde los CD ‘s de rock de mi papá.

A los 15, no quise decirle que sí a mi mega crush de la secundaria cuando me pidió que fuera su novia porque ya íbamos a pasar a la prepa y pensaba que no era sabio hacer esa transición siendo novios. La dinámica cambiaría mucho y era mejor que cada quien explorara su individualidad.

Lo mismo me pasó a los 17, cuando otro chico que sí fue mi novio, un año más arriba que yo, se graduó, y le dije que no tenía sentido seguir andando. Que mejor fuéramos amigos. Que le daba la libertad de entrar a la universidad y explorar su nuevo contexto sin una novia de 3er año de prepa. Me dijo que no, que encontraríamos la manera de mantener la relación. Dos semanas después de que él entrara a clases me pidió hablar conmigo y terminamos. Es el “te lo dije” más tierno que he pronunciado en mi vida.

¿Por qué una niña de 13 no querría estar de melosamanosudada con su novio todo el tiempo? ¿Por qué una adolescente de 15 se preocupaba por el futuro en vez de decirle que sí a su mega crush? ¿Por qué una joven de 17 se adelantaba dos pasos en vez de disfrutar lo que le quedara de tiempo con su novio y ya que el tiempo decidiera lo demás?

Niña-terapia: Es el término con el que miro para atrás y describo estas decisiones que llevo tomando desde que era pequeña.

Desde los 11, mis papás tuvieron para bien (¿o mal?) llevarme al psicólogo. Ellos atravesaban un momento difícil en su relación y querían que mi hermana y yo tuviéramos un espacio fuera de casa para hablar de nuestros sentimientos. Lo agradezco, en serio. Pero como efecto colateral, eso me hizo ejercitar la asertividad emocional muchísimo antes que mis compañeros y mis amigas.

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Fue en la adolescencia cuando empecé a notar esta diferencia. Mis amigas no entendían por qué yo dejaba ir a mis relaciones. Recuerdo verlas profundamente enamoradas, sin siquiera cuestionarse si dejaban de lado a sus amigas por su novio. También recuerdo que me quedaba fuera de planes porque fallaba en entender el hype que producían Justin Bieber o Harry Styles.

También reconozco que, especialmente en esos años, caí en la falsa noción de que yo era superior por no ser como las demás. La única y detergente, di. Está bien que yo estaba terapeada pero tampoco tenía todas las respuestas a mis quince, ¿ok? Además, no conozco una quinceañera que no piense que todo se trata de ella. Es el chiste de tener quince. En ese sentido no era yo muy distinta a las otras de mi edad.

Y, a ver, tampoco era yo la más extraña. Me gustaba mucho Big Time Rush, fui fan de Hannah Montana como las demás, David Guetta era Dios para mí, The Beginning de los Black Eyed Peas hubiera sido mi álbum más escuchado del 2010 si en ese entonces hubiera existido el Spotify Wrapped y mis primeros conciertos fueron el de High School Músical y Belanova. Solo siento que dice mucho de mí que Kevin Jonas fuera mi Jonas favorito porque era el menos popular.

El problema de ser la única y detergente, desde un lugar sano y no desde la superioridad, es que es un camino muy solitario.

Cuando hablo de ser diferente me refiero a que, para bien o para mal, desde muy chica aprendí a mirar hacia adentro. A preguntarme lo que me gusta y lo que no. A cuestionarme qué me hace sentido, qué me parece correcto. Mirar aún más profundo y reconocer mis diferentes facetas, mis miedos más enraizados, mis peores defectos. Y cuando una hace eso, se vuelve un poco más fácil empezar a identificar esas cosas que la sociedad te dijo que estaban bien pero con las que tú en realidad no estás tan de acuerdo.

Por ejemplo: yo amaba la canción You Belong With Me de Taylor Swift. ¿Cómo no hacerlo? Hablaba sobre mí: la eterna amiga, nunca la novia. En la canción, Taylor se posiciona como “auténtica” (la que usa T-shirts, lentes, y Converse) frente a la novia “popular” (capitana de porrista, usa faldas y tacones), a quien retrata como superficial, dramática o incluso dañina. El amor por la canción me duró hasta que vi el video y sentí que me estaban obligando a odiar a la chica porrista que solo estaba existiendo, cuando en realidad el que elegía estar con ella, con todo y que la pintaran como una chica cero agradable, era el chico. ¿Por qué tendría yo que insistirle a un hombre que yo soy la correcta para él si claramente él elige andar con alguien diametralmente distinta a mí?

Ya de adulta entiendo que a eso que Taylor y yo llegamos a hacer se le llama misoginia internalizada. Sentirnos merecedoras por ser diferentes a las demás. Pero tuvieron que pasar quince años desde que escuché esa canción por primera vez hasta que pude tener una conversación sobre lo que me molestaba de la letra y alguien pudiera comprender por qué me hacía tanto ruido.

Quince años. A eso me refiero con que es un camino solitario.

Lo entiendo. Cuestionar lo que nos enseñan por fuera y mirar hacia adentro no es para todos. Las posibilidades de que te encuentres con algo que no te guste son altas. A veces lo que traemos dentro es doloroso, y revisar nuestra propia historia resulta imposible. A veces no tenemos las herramientas. A veces ni siquiera sabemos que esa revisión de creencias es una opción. Sea por la razón que sea, creo que es muy común que nos encontremos en la vida con personas que no practican ese ejercicio de conocerse a sí mismas y por qué creen lo que creen. Y, aunque eso no las hace ni mejores ni peores personas, creo que cuestionar las narrativas que nos rodean es muy difícil sin examinarnos a conciencia y decidir quiénes somos. Cuando no hacemos ese proceso, es muy fácil que otros tomen decisiones por nosotros, o caer en la trampa de vivir en automático.

Buscar la verdad, mí verdad, ha implicado cortes muy dolorosos con amistades, con espacios, con estilos de pensamiento. Y mientras crezco, me pesa darme cuenta de que los temas sobre los que me posiciono a contracorriente siguen creciendo. Soy una mujer de 27 años en Guadalajara. Estoy soltera. No creo querer hijos. Estudié Periodismo que ya de por sí dice mucho porque en sí mismo se define como un contrapeso del poder. Me interesa la justicia social, buscar un mundo menos desigual. Soy la que en la primera cita te va a preguntar qué opinas de Trump y los nuevos foros de masculinidades.

Constantemente me vulnero en redes sociales y hago videos explicando temas que creo ayudan a vivir mejor a las personas. Decidir descentralizar el tema de casarse joven, los hijos, que si la boda y los anillos, que las despedidas de soltera, que si me veo lo suficientemente delgada, que cuántas veces hago ejercicio, que cuánto dinero tiene que ganar mi futuro esposo que aún no existe…. Descentralizar todo eso y muchos temas más, me ha costado un mapa de cicatrices que no se ven pero que ahí están. Me las imagino por el cuerpo. Una grande y larga en la mano por la vez que mi mejor amigo dejó de verme en persona porque su novia se lo prohibió y le dije que no quería ser solo amigos por Whatsapp. Una en la espalda por la vez que decidí no ir a una despedida de soltera porque la novia me dijo que le decepcionó mucho que yo no quisiera tomar alcohol. Muchas, cerca del pecho, por todos esos amores que sintieron que no los quería porque en mi mente lo más sano era soltarlos, pero lo hice antes de tiempo.

De nuevo, no es que quienes elijan las bodas, casarse, formar una familia o un camino más “tradicional” como lo que les da sentido a su vida sean mejores o peores personas. Sólo me pregunto si cuando lo eligen lo hacen de manera consciente.

Me lo decía de manera muy acertada un amigo, una de esas personas que sí mira bien para adentro:

[15/04/26, 9:08:42 p.m.] R: así pasa en la vida
[15/04/26, 9:08:46 p.m.] R: vamos evolucionando
[15/04/26, 9:09:02 p.m.] R: algunos más hacía la vida superflua.
[15/04/26, 9:09:23 p.m.] R: algunos hacia la vida más sustanciosa —que a veces es también la menos cómoda—.

Llevo muchos meses intentando negar este conocimiento. He querido eliminar esta conciencia y la búsqueda de la sustancia. El famoso Ignorance is bliss. Me he enojado con mis papás por haberme llevado a terapia desde tan pequeña. He llorado mucho por no haberme permitido ser una adolescente normal y ser una melosa con todos mis exnovios. He pensado que odio mi personalidad. Odio desmarcarme de lo fácil, de lo común. Me he cuestionado el costo que he pagado (porque es un hecho que de mucho me he perdido) por esta búsqueda de lo profundo y significativo. ¿Cuántas parejas? ¿Cuántas amigas? ¿Cuántas veces lo he llevado a un extremo en donde me hacía parecer snob, elevada, inalcanzable, en vez de alguien agradable con quien conversar?

Pero para quien quiera hacer lo que yo, les adelanto: negar tu propia esencia por querer pertenecer trae más dolor que el que pueda causar sentir que ya no encajas en un lugar.

Y no voy a mentir. Encontrar a otras personas que le busquen un sentido profundo a la vida o que no se rindan en buscar su propósito se siente como navegar en un barco a la deriva. De vez en cuando caes en una isla en la que te sientes cómoda y te paras a descansar, solo para alzar las velas cuando sabes que ya pasó tu tiempo ahí. Otras veces la sed y la desolación es tanta que te duelen los brazos de remar y de remar para hallar otros barcos que como tú, buscan un destino que no saben bien cómo se ve. Otras veces toca aceptar que de mucho remar también se muere una, y que a veces las aguas no son tan profundas y toca dejarse pasear. Quiero creer que cada vez que parto de una isla puedo confiar lo suficiente en mi instinto para navegar a aquella en la que me sienta bien, y que la corriente traerá consigo otros barcos que, como yo, confiaron en el viento para encontrarse con el mío. Este es mi mensaje en una botella por si por ahí hubiera otros que quisieran subirse y navegar.

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