Por: Hada Chalada
Disclamer: los nombres de esta historia fueron cambiados por motivos de privacidad.
Todo comenzó en 2016. Conocí a un chico en la escuela: Isaac. Era un par de años mayor que yo, amable, carismático y bastante interesante. Sin embargo todo el mundo, y cuando digo todo el mundo, es todo el mundo, me advirtió que no confiara en él, que no era una buena persona.
Yo en ese entonces era más ingenua. Creía firmemente que no debía juzgar a nadie por lo que otros decían, que lo correcto era conocer a las personas por mí misma. Gran error. Debí haber escuchado.
Empezamos a salir, nos besamos varias veces, paseábamos, hablábamos por WhatsApp en las tardes y hasta me ayudaba con tareas (estudiábamos lo mismo). Nos seguimos en redes sociales: en Instagram usaba el usuario @isaacmainstream, aunque en otros lados se hacía llamar @crown. Este dato es importante… Más adelante entenderán por qué.
Las cosas no funcionaron. Isaac me comparaba constantemente con su ex. Comentarios como: “no escuches esa música, esa le gustaba a mi ex”. Yo podía ser ingenua, pero no tanto. Eso no era para mí.
Lo dejamos… aunque no del todo. Seguíamos en contacto intermitente: meses sin hablarnos, ignorándonos incluso en la escuela, como si no nos conociéramos.

Un año después volvimos a salir. Hablamos de todo, incluso del futuro. Y en esa misma conversación quedó claro que nuestros planes no coincidían. Así que esa misma noche decidí no iniciar algo que no tenía rumbo.
Nunca fuimos novios oficialmente. Cortamos contacto por completo. Punto final.
O eso creí.
Por comportamientos tóxicos, lo bloqueé de todas mis redes.
Meses después, comenzaron las llamadas. Cobradores. Despachos jurídicos. Todos preguntando por Isaac. Tenía una deuda con Telcel… y yo era su referencia.
El acoso duró semanas. Expliqué una y otra vez que no tenía contacto con él, que no sabía dónde encontrarlo. No les importó.
Harta, lo desbloqueé en Facebook y le envié un mensaje furioso por Messenger. Se disculpó y prometió hacerse cargo. Lo bloqueé de nuevo y afortunadamente las llamadas cesaron.
Eso fue en 2017. La vida siguió. Me gradué, me mudé de ciudad por trabajo y no volví a saber nada de él.
Hasta 2020. Pandemia. Encierro. Aburrimiento.
Recibí una solicitud de amistad en Facebook de un tal Óscar Méndez. No lo conocía, pero teníamos muchos amigos en común de la escuela. Pensé que quizá lo había visto alguna vez y no lo recordaba así que lo acepté.
A los días, me envió un mensaje por Messenger, solo saludando. Comenzamos a platicar por el chat, me dio mucha información y datos que coincidían con la escuela y con el entorno en el que ambos estábamos.
Pasamos a WhatsApp, y nos seguimos en redes. Hablábamos todo el día, compartíamos fotos cotidianas. Nunca hubo coqueteo, nada raro. Solo amistad.
Un viernes dejó de recibir mensajes. El lunes reapareció diciendo que su celular se había descompuesto. Al siguiente viernes, lo mismo. Luego desapareció por días.
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Una noche le llamé y el teléfono estaba apagado. Días después, volví a llamar. Esta vez entró la llamada… pero no contestó. A los minutos me llegó un mensaje de un número desconocido, diciéndome que habían recibido una llamada de mi número.
Fui a ver el perfil, y me di cuenta de que el perfil era nada más y nada menos que Isaac. No respondí. Llamé a mi mejor amiga y juntas comenzamos a investigar el perfil de Óscar. A simple vista parecía real: años de publicaciones, fotos consistentes con una persona real y una vida aparentemente normal.
Revisamos cada imagen. Detalles. Fondos. En una foto aparecía en una motocicleta y, al fondo, el nombre de una calle. Con ayuda de Photoshop logramos leerlo. Google confirmó nuestras sospechas el chico era de Bogotá, Colombia.

Seguimos investigando. En otra foto llevaba una camisa con un logo gubernamental. Dimos con el Instagram oficial, encontramos más imágenes… hasta que dimos con el perfil real del chico.
Le escribí. Le expliqué que estaban usando sus fotos para suplantar su identidad. Nos agradeció y dijo que levantaría una denuncia. Solo faltaba una cosa.
Ahora, solo faltaba localizar al dueño del perfil de Óscar. Entramos a la información del perfil de Facebook e Instagram y lo leímos todo, hasta que dimos con el email con el que se abrieron las cuentas.
¿Cuál era el email? crownmainstream@gmail.com
¿Coincidencia?
No lo creo.
Reuní pruebas y lo denuncié ante la policía cibernética y reportamos los perfiles. Finalmente, lo confronté por WhatsApp y lo bloqueé. En Facebook también lo desbloqueé solo para advertirle que sabíamos todo y que no volviera a contactarme jamás. Intentó negarlo, pero ya era demasiado tarde.
Han pasado seis años. No he vuelto a saber de él. Salvo una vez, en la central camionera, cuando lo vi subir a un autobús.
Él es mi Voldemort. Y ni siquiera fue mi novio oficial.
No quiero imaginar qué habría pasado si lo hubiera sido.
