Dejar de dormir es impropio de mí. Quitarme el lujo de descansar me parece antinatural; el cuerpo requiere de horas mínimas de sueño para continuar cada día en las mejores condiciones posibles. Por eso, las ocasiones en que el desvelo llega sin preguntar por tus preferencias son las que recuerdo con mayor dureza.
El frío se transportaba fácilmente desde el suelo hasta la delgada colcha que llevé para echarme a un lado. Pero al levantarme en busca de calidez, el ambiente se volvía aún más pesado al contemplar la escena a mi alrededor: mi ser querido en la misma ausencia de sueño, con tubos saliendo de su cuerpo, inmóvil desde hace horas y mirando con pena, pensando cómo pedir que le muevan la almohada. Ahí comprendí que acudir al hospital para velar por otro hace que valga la pena cada hora de sueño perdida.
La primera vez que tuve edad para pasar la noche en la clínica fue cuando mi hermana tuvo un legrado en el Hospital Materno Infantil. Sólo a las mujeres se nos permitía pasar la noche con las pacientes. Mi madre trabajaba y yo, al ser estudiante, no perdía mucho si faltaba a una o dos clases por el desvelo. La mujer a la que siempre he admirado —quien me enseñó parte de lo que significa el amor, el cuidado y la moda— se veía tan pequeña en esa enorme bata, con un suero colgante y los ojos perdidos en una habitación compartida.
A duras penas nos reíamos de situaciones sin importancia. En la familia siempre ha existido el humor para aligerar los malos momentos, aunque ese fue uno de los peores para mí: me dolía no sentirme suficiente para cuidar a quien durante tantos años veló por mi desayuno, me ayudó con la tarea y planchó la falda que tanto odié como uniforme. Mi hermana, al contrario, no dejaba de agradecer que yo estuviera ahí, que la ayudara a ir al baño, que le acomodara la bata al levantarse o que le contara cualquier cosa con tal de distraerla un poco de su pérdida.
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Incluso mis padres me agradecían por cuidar a su hija. Sin embargo, no era reconocimiento lo que yo necesitaba, ni aspiraba a dormir en una cama tras abandonar la silla dura donada al seguro. Sentía que sólo podría descansar cuando mi hermana estuviera de vuelta en su casa, más cómoda y sobrellevando su pesar. Por suerte, su alta llegó pronto y, desde entonces, sus cuidados han vuelto a ser su responsabilidad. Aun así, esa noche la repetiría siempre que me lo pidiera: sin pensarlo, sin quejas y con todo mi amor.

Años después, la matriarca de la familia Gaytán fue internada. Ante la misma burocracia que dicta que sólo las mujeres pueden quedarse a cuidar a los familiares, el desvelo me tomó de nuevo, aunque esta vez me encontró más preparada, con un libro en la mano en la clínica No. 1 del IMSS. La mujer que cuidó a tantos hijos, nietos, nietas y bisnietas no podía moverse, y mucho menos dormir, por pensar en cada uno de los niños que amaba —ya adultos la mayoría, pero que siempre la necesitamos—.

Preguntarle cómo se sentía, acomodar su almohada o darle la cena sin sabor no me parecía suficiente; quería sacarla de ahí, verla renegar por lo cara que está la vida y escucharla recordar su pueblo, donde corría y jugaba feliz junto a sus hermanos y su mamá. Me dolió verla allí, sabiendo que el reemplazo de cadera limitaría su vida severamente.
Una prima sería mi relevo por la mañana, pero yo no quería que llegara. A pesar de no haber dormido ni 20 minutos seguidos, anhelaba que esa noche con mi abuelita fuera eterna. Admiré su fragilidad; era una faceta que nunca le había visto. Me hizo verla más humana que mamá, más mujer que abuela, más poderosa que ama de casa… más capaz de superar esto por ella misma y vivir, que…
—¿Qué estará cenando tu tío? —me interrumpió, sacándome de la vista fijada en un libro que ni siquiera tenía abierto.
Pronto estaba de regreso la misma “Chata” que tanto amo, que tantos amamos. Cuidarla ha sido de lo más lindo que me ha pasado, pues en ella validé la verdadera fortaleza del cuidado.
¿Cuántas noches habrá pasado en vela pensando en mí, en mi padre o en mis primos? Pensaba en la manera en que ayudó a mi hermana a cuidar a su hija para que pudiera estudiar; en cómo preparó desayuno, comida y cena para todo aquel que visitaba su casa para pasar el rato e irse satisfecho; en las veces que batalló para lograr un blanco impecable en mi playera de la escuela. Todo ese poder en sus manos, sin quejarse jamás de una gripe, un dolor de cabeza o una desvelada con tal de vernos bien. Ahora la vida le ha cobrado parte de ese desgaste para dar paso a que se deje cuidar y querer.
Puede que se avecinen más desvelos así con mi Chatita, pero de ella aprendí que atender a tus seres queridos es un privilegio. Es estar para ellos en detalles tan pequeños como traerles su dulce favorito de la tienda, o llegar a casa sólo a bañarte para regresar de inmediato al hospital y darle fuerza con sólo mirarse y sonreír.
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Cuidar no es nada sencillo y conlleva una ardua responsabilidad. En múltiples profesiones es el pilar de la vocación; en madres y padres autónomos es un trabajo de tiempo completo; en familias con diagnósticos complicados es el único escenario posible; y en la vejez, es la preocupación constante de quién cargará con ese peso. En cualquier panorama, debemos comprender que la entereza del cuidador no tiene por qué ser impecable: es un ser humano que enfrentará infinitos desvelos, pero que también necesitará ser cuidado.
