abril 26, 2021

El vacío es tu universo

¿Cómo navegar entre el dolor y el trauma? Este ensayo es un acercamiento a la posibilidad de narrar lo que nos vacia.

By In Ensayos

They say an end can be a start
Feels like I’ve been buried yet I’m still alive
It’s like a bad day that never ends
I feel the chaos around me
A thing I don’t try to deny
I’d better learn to accept that
There are things in my life I can’t control

“If I ever feel better” – Phoenix

Cada final es o puede ser un inicio, eso dicen. Descifrar lo que ocurre entre este ciclo eterno de principios y finales, sintiéndonos sepultados con vida, en un día terrible que nunca acaba, podría, si tenemos suerte, llevarnos cuerdos -más o menos- a la aceptación de una nueva realidad.

Si es cierto que la “aceptación” me llegó, lo hizo cuando acepté dos absolutos que considero vitales para reducir, aunque sea un poco, el estrés de la vida vertiginosa de este siglo: nada es mío -ni mis huesos, por ejemplo- y no controlo nada. Todavía dudo si ya incorporé del todo la aceptación en mi vida, porque suele hacer corto circuito, lo explicaré más adelante. Luego, aprendí a convivir con la incertidumbre, a quién mejor invito a tomarse una taza de té junto a todos los demonios que me suelen atormentar. 

Así fui apropiándome del dolor y me sirvió para atravesar aquellos días donde la sensación de vivir en un mal día “eterno” se apoderaba de mí. Un perpetuo 22 de febrero de 2015, en el que mi imaginación me retrata tirada, al pie del ventanal del segundo piso, sintiendo como mi pierna rota arde con una intensidad que estremece el cuerpo y me seca la garganta, esperando a una ambulancia que nunca llegará.

No quiero fingir más, ni pretender. Quiero enunciar que he construido mi universo desde el piso de esa casa en donde me caí, sobre ausencias, sobre los huecos de mi cuerpo y el vacío. 

Prisionera del silencio

Navego y suelo desvanecerme en mareas de trauma(s). Trauma que aún no puedo verbalizar del todo, porque me da miedo enunciar para descubrirme ahogada en cosas que aún no sanan. 

Hay algunos recuerdos que son muy dolorosos para mí y más allá de la pobreza de lenguaje, figuras retóricas e inexperiencia para embellecer el dolor, representan eventos radioactivos que seguro me enfermarían más de lo que ya estoy. Me queman. Deposito de vez en cuando la radiación en libretas pequeñas, que justo son pequeñas para que no me desborde y me “ahogue” en esas emociones. 

Esto se podría traducir para algunos como autocuidado, no le debemos a nadie explicaciones sobre nuestro dolor. Lo entiendo y me suscribo con firmeza a la idea, pero sí me preocupa que al omitirlo termine pensando que mi dolor es una simulación, algo exportado que no existe. Me agobia que esa negación le dé más fuerza al dolor, porque si no personifico a mi maga interior podría vivir atrapada en la línea “el que no debe ser nombrado”, de J.K. Rowling. O refugiarme en la moral que reza en muchísimos lugares: “hay cosas que mejor no se cuentan” o en la productividad capitalista y “mejor no hablo de eso porque no vende, no interesa y no tenemos tiempo”.  

¿Cómo hablo entonces del vacío, de lo que pesa y aún no puede ser nombrado, de lo que rompe, de la ausencia o el abandono?

La respuesta a cómo hablar desde el silencio o el abandono la encontré al leer Conjunto Vacío de la escritora mexicana Verónica Gerber Bicecci. Hace mucho que no me llenaba -y vaciaba- el corazón un libro. Interactué mucho con él en forma de notas, de preguntas, de reflexionar muchísimo sobre los eventos que me dejaron vacía.

 Verónica no omite lo que no se puede narrar, lo incorpora con diagramas de Venn, dibujos y otras piezas que te permiten, en toda la lógica matemática o artística, sentir algo tan abstracto como el silencio, vacío y el dolor. 

Su novela para mí fue una manera nueva para acercarme narrativamente al dolor. Puso sobre mi mesa la opción de plasmar las conexiones y desconexiones que me han dañado, sin enunciarlos, sin huir de ellos, porque se requiere determinar las relaciones entre los conjuntos y apoyándose en la conexión lógica-matemática, Verónica convierte las relaciones dentro de la trama en silencios crudos, en vacíos dolorosos que significan tanto o más de lo que se enuncia, configurando un propio lenguaje del dolor, algo muy necesario para aquellas personas que necesitan una opción de nombrar en silencio. 

Verónica me recordó que tengo esta posibilidad de expresión, porque la encuentro como un equilibrio honesto entre enunciar lo que soy capaz ahora y respetar el silencio que me envuelve desde que el Tumor (T) se hizo presente. Aquel día le marqué a mi mejor amiga para cantarle las mañanitas y cuando colgué, canté “22” de Taylor Swift para recordarme que “Everything will be alright”, todas las expectativas y lo mucho que disfrutaría mis recién cumplidos 22 años una vez dejara de dolerme la pierna. Acabó la canción, me levanté al baño con el ánimo renovado y a mi regreso, no miré un charco de agua que estaba al pie de mi cama, trastabillé y para evitar caerme di un pisotón con mi pierna derecha. Crack. Caí. Golpeé mi cabeza en mi intento de caerme hacia el lado izquierdo. El ardor en mi hueso. El dolor me nubló la vista. Grité pero no recuerdo haberme escuchado. Luego, cuando llegó mi pareja de aquel entonces, subí mi pierna rota a la izquierda, me arrastré hasta el ventanal para lanzarle las llaves de la casa. Me rendí en posición fetal mientras él subía desesperado las escaleras. Llamó a la ambulancia. Hasta ahí llegaron mis fantasiosos twenty-twos. Y comenzó otra historia que jamás imaginé.

Ahora sé que tengo otra forma de contar todo lo que desencadenó aquel 22 de febrero de 2015:

La contaminación ósea alteró por siempre lo que soy, llevándose no sólo parte de mi hueso sino una sección de mí:

Para febrero de 2016, los resultados y los doctores me notificaron que mi relación con el Tumor (T) no había finalizado, ahora tendría que respirar con ellos:

En septiembre de ese año, me ayudaron a “reconstruir” el daño que había ocasionado la primera cirugía y la radioterapia. Estaba muy renuente a todo cambio, quería quedar así, lo que puede ser percibido por muchos como “incompleta” pero para mí era, acostumbrarme a mi nueva realidad. Me daba miedo, porque, cuando algo se rompe, nada queda igual, esa fragilidad se puede convertir en astillas que lastimen más, como sea, accedí a la reconstrucción:

Apoyada en el relleno de titanio que en aquel momento me dio mucha paz, recordé la canción de “22” y que tal vez ahora sí disfrutaría mis twenty-three, pero mi corazón cantó muy pronto. Cambié de contexto, tenía miedo de lo que ahora ocupaba el lugar de mi hueso y entre el miedo y la incertidumbre, sintiéndome arrastrada por todo, la pareja que me acompañó durante todos estos años, comenzó a mentir, y entre estas omisiones, decidió nutrir un nuevo conjunto que me unió a otra persona de forma violenta y no solicitada; este vínculo comenzó a enfermarme:

El tiempo avanzó, yo continuaba acoplándome asustada, al metal en mí, a sentirme a gusto de nuevo en la casa donde viven mis padres de la que prácticamente huí por la forma tan restrictiva con la que crecí, y ahora regresaba sintiéndome derrotada y enferma. Además de eso, entre la desconexión con mi pareja, el aborto que atravesé, comencé a ver también mis amistades desmoronarse: una de ellas ejercía violencia sobre mí, la segunda estaba siendo negligente y con la que tenía uno de los vínculos que más apreciaba y me definieron en su momento, tras sentir que no estaba recibiendo empatía suficiente de mi parte tras un error que ella cometió, enunció palabras hirientes que venían de una visceralidad que sólo me impulsó a desatender nuestro vínculo.
Todas estas situaciones fueron vaciándome poco a poco:

Para junio de 2019 yo sentía que quedaba poco de mí, y la energía que me sostenía se desbordaba en todas direcciones:

Ver cómo ilustré este diagrama me resultó sumamente irónico y doloroso, porque si yo fuera un oncólogo especialista en tumores óseos, diría que mi dibujo es muy similar al tumor que creció en mí:

Imagen de tumor de células gigantes en hueso

Fui consumida.

La realidad dual o sufrir de memoria

Después de aquel junio de 2019, como regalo de graduación -y como premio por sobrevivir a muchas despedidas- acepté que vivía con varios traumas y decidí comprarme un libro que habían recomendado en Wild Flower Sex una cuenta de Instagram que sigo sobre sexualidad: El cuerpo lleva la cuenta: cerebro, mente y cuerpo en la superación del trauma de Bessel van der Kolk. 

El título me hizo tanto sentido, porque mi cuerpo estaba pagando una factura tan alta que se puede dibujar justo como el tumor que me trajo a este camino, y sobre todo, sentí que me estaba quedando sin mente, todo estaba drenado y si no reponía esas energías iba a colapsar. Tuve que comprar el libro en inglés porque en español salía de mi presupuesto. Lo leo con calma -aún no acabo- porque como bien advirtió Amy, la creadora de la cuenta, en redes sociales, es fácil que te “dispare” varias cosas en la lectura.

Las páginas que he recorrido me han sido suficientes para entender que llegué a convertir mi sufrimiento -físico o interpersonal- en mi único motivo y propósito, que incluso revisitarlo me hacía sentir poderosa, que estoy en estado de alerta constante porque en cualquier momento mi mente recrea escenarios, circunstancias, conversaciones, momentos que me dolieron, incluso aunque esté viviendo algo feliz o placentero, me invaden estos momentos de forma súbita, me asaltan, y que en pocas palabras: padezco de recuerdos. Me molesta mucho que incluso esos recuerdos me han sacado a flote; Josefina Vicens describe la memoria como el mayor castigo y el más tibio refugio y Olivia Teroba en su libro de ensayos, Un lugar seguro, escribió algo que quedó perfecto cuando pienso en mi memoria: “Uno depende muchas veces de lo que odia”.

Esta dependencia dificulta el proceso para avanzar, así que a veces el pasado (U1)  en forma de “asaltos” de memoria se funden con mi presente (U2):

Me congelan. Vivo el presente siendo productiva, sintiéndome cómoda recordando porque corresponde a mi historia, pero sintiéndome en medio o fuera. Vacía.

«De qué diablos sirven los vestigios de algo que ya no es», escribió Verónica en la novela. Sólo sirven para enfermarnos de recuerdos.

El vacío infinito o cambiar de universo 

Bessel van der Kolk explica que el trauma es el resultado de una reorganización de percepción en la cual la mente y cerebro quedan comprometidos, con una impresión tan fuerte que afecta nuestra capacidad de pensar y razonar. Así que lentamente hay que reorganizar la mente de nuevo. ¿Cómo? Depende del caso. Para mí, fue migrar de universo (U3):

Con mi ser lleno de agujeros, vacíos que son tristeza, vacío, desamor, abandono, dolor físico y mental, continúo en este proceso de migración. Lloro mucho, aunque es poco comparado a lo que debería. Me dejo caer al universo siguiente, un lienzo que intento llenar con lo que soy. Con esos huecos y el dolor. Es aceptar lo que dice Bicceci, «algo se rompió, no sé qué exactamente, pero ya no podemos seguir juntos» y de la separación aprovechar para comenzar a reconfigurar nuestra perspectiva. 

Y esa es la bondad que encuentro en el vacío, que es infinito, la oportunidad de migrar, aunque me lleve cada hueco, puedo generar nuevas interrelaciones, con mi cuerpo, con otros, cambiar de perspectiva:

Que tampoco cambiará o desvanecerá nada porque te das cuenta que el dolor tiene eco y el vacío es una dimensión que puede ser apreciada en 3D.
El cambio de perspectiva nos permitirá identificar otras conexiones de nuestro dolor, las consecuencias, los vestigios y si nos estamos apoyando en estos últimos para seguir conectadas o conectar con interrelaciones que enferman.
Y aquí es cuando la aceptación genera este corto circuito que mencioné al principio de este ensayo: ¿Estoy aceptando mi dolor? ¿Me estoy resignando? ¿Estoy avanzando por iniciativa propia? ¿O es el vacío y el dolor lo que me hacen moverme? Entre esas y otras preguntas, aceptar el cambio de perspectiva, me ha permitido vislumbrar hasta dónde ha permeado el dolor. No puedo desvanecer nada y algunos vacíos son inamovibles, lo que sí puedo hacer, es resignificar:

Reorganizar mi mente para acomodar el trauma. Hasta ahora, he trabajado por que cada hueco, rastro de la fractura de mi vulnerabilidad, se convierta en una ventana. He decidido crear una manera de ver hacia afuera y darle oportunidad a otros que vean mi interior, al menos a través de mis letras. Que el dolor expanda la mirada, que el propio dolor llene mi vacío. 

Conjunto Vacío de Verónica Gerber Bicecci, me regaló en su prosa diagramada, una forma de narrar y con ello, una forma de sanación sin darme una solución o cura, lo cual me encanta porque mi enfermedad y discapacidad me han enseñado que hay emociones incurables e irresolutas y no por ello debemos silenciarlas, hablemos de lo que nos duele -o dibujemos, aunque no seamos expertos- porque encontrar los puntos de intersección del dolor, es una manera de comprender y honrar su paso por nuestra vida, reconocer quiénes somos frente a él, lo que nos ha hecho tanto en cuerpo como en mente, aunque no sea “agradable” el proceso.

Vamos por este universo vacío formando conjuntos, dejando huellas y siendo marcados, sin tener control de nada, únicamente llevando a todos lados nuestras memorias, suspiros o lágrimas que arden y con ellas iniciar -¿o terminar? – de nuevo este ciclo eterno de principios y finales. No tengamos miedo de convivir de cerca con lo que nos aqueja, porque creo que visto desde la empatía, en aquello que más nos suele causar dolor, podremos encontrar la energía para migrar, mejorar e incluso, crear un nuevo universo. 

Leave a Comment