Ilustración: @conejitofantasma
Dicen que el corazón es el único órgano que se puede escuchar sin necesidad de abrir el cuerpo, si uno sabe poner el oído en el lugar correcto.
Mi papá siempre ha sido el centro de gravedad de mi mundo, un transatlántico que parecía inmune al oleaje del tiempo. Pero la física nos enseña que hasta los motores más nobles tienen un sistema eléctrico delicado. Que hay cosas que pueden fallar en silencio, sin hacer alboroto.
Eso pasó con su corazón.
***
Poco después de mi último cumpleaños le pedí a Mariangel que me hiciera una lectura de tarot. Las suyas son mis favoritas porque funcionan como una radiografía que me muestra incluso lo que me niego a aceptar. Pero aquella mañana me dijo un par de cosas que me llamaron la atención, porque sus lecturas no suelen ser predictivas: primero, que habría un hombre de mi familia que necesitaría cuidados un tiempo. Segundo, que a una figura masculina importante para mí, probablemente la misma persona, seguramente mi papá, le preocupaba pensar (de forma más insistente en los últimos meses) en quién llegaría a mi vida para acompañarme, porque no quería que otra vez se repitiera mi trágico historial amoroso.
Yo hice un escaneo mental rápido: cuando el tarot me habla de figuras masculinas siempre se refiere a mi padre o a mi abuelo. “Mi abuelo está más sano cada vez”, pensé, “y mi papá no tiene ningún problema de salud”. Como el mensaje del tarot bien podría ser una metáfora, supuse que tal vez después descubriría el significado, porque los dos hombres más importantes de mi vida estaban en perfecto estado.
Por supuesto, estaba equivocada.

Un día, semanas después de aquella lectura de tarot, mi papá llegó a casa de los abuelos sintiéndose mal.
Por no dejar, una de mis tías le midió la presión: el corazón de una persona sana debe latir entre 60 y 100 veces por minuto. El de mi papá estaba en 41.
Aunque es deportista y, por tanto, el rango podría parecer normal, las alertas se dispararon. Al día siguiente mi hermana consiguió la cita con el cardiólogo y menos de una semana después yo estaba marcándole a la secretaria del consultorio para que lo retuviera mientras llegaba, porque insistía en ir solo.
Ese día mi papá salió con un Holter que registraría la actividad de su corazón durante 72 horas, después de que el cardiólogo nos repitió, para tranquilizarnos, que la mayoría de los deportistas de alto rendimiento tienen que recurrir a tratamientos para el corazón en algún punto.
Cuando mis papás acudieron a la segunda cita, el doctor les dijo que sus latidos a veces bajaban hasta 30, que era un milagro que nunca se desmayara corriendo, o manejando, y, siendo mi papá un hombre fuerte, también era un milagro que detectaran el problema a tiempo.
También les dijo que él supo desde el minuto uno que necesitaría un marcapasos.
***
No es posible mencionar una cantidad exacta, pero se calcula que entre 3 y 5 millones de personas viven con un marcapasos. Si fueran un país, serían la totalidad de habitantes de Irlanda. Si cada usuario fuera una obra de arte, tendrían que construirse aproximadamente 750 edificios idénticos al Museo del Prado para albergar el retrato de cada uno de ellos, y la misma cantidad equivale a siete veces la población total del municipio de Durango.
Entender el funcionamiento de un marcapasos es, en esencia, comprender un diálogo eléctrico. Si tuviera que explicárselo a mi mejor amigo le diría que no se trata de un motor que reemplaza al corazón, sino de una especie de copiloto, callado y en control, que habita la caja torácica para intervenir sólo cuando es necesario. Su trabajo es escuchar: sus electrodos leen la actividad del miocardio como quien descifra un código antiguo, uno de esos “códices que me gustan”, como diría uno de mis alumnos consentidos. El marcapasos aguarda el pulso, midiendo el silencio entre cada contracción, y sólo cuando ese intervalo se prolonga más allá de lo debido —en esa pausa incierta que la medicina llama bradicardia—, el microprocesador asume el mando. En ese instante de vacío, el marcapasos emite un juicio eléctrico: libera una descarga mínima, un voltaje calculado mediante la Ley de Ohm para devolverle al músculo su voluntad de contraerse.
Gracias a los avances tecnológicos, lo que antes requería cables y cicatrices visibles, hoy ha disminuido su tamaño hasta convertirse en una esfera pequeña, una joya tecnológica que se ancla directamente en el ventrículo. El dolor muscular de los primeros días después de la cirugía parte de ahí: de los músculos acostumbrándose a ese metrónomo (diría mi papá) que se encarga de que el corazón no pierda jamás su cita con el tiempo.
El doctor le dijo a mi papá que tiene el mejor marcapasos del mundo, una computadora que nunca fallará, que le dará la fuerza que él le pida así esté leyendo un libro o corriendo un maratón.
Quisiera poder decir que esto lo aprendí en la primera cita con el cardiólogo en lugar de investigándolo en Google, pero la realidad es que en aquel día de octubre yo solamente podía concentrarme en contar mi respiración para no llorar y no perder el hilo de la conversación, y el doctor me vio tan asustada que sólo me dijo que un par de pastillas serían suficientes en el tratamiento.
***
Cuando era niña, aunque yo me recuerdo llorando a menudo, en realidad tenía un corazón más fortalecido. Mi hermana necesitó una operación a corazón abierto y para mí, que entonces tenía 7 años, nunca hubo posibilidad alguna de que saliera mal, de que ella no regresara de Ciudad de México. Pero hace poco supe que otros integrantes de mi familia también tienen fallas pequeñas en el corazón, y cuando pienso en eso mi cerebro divaga hasta llegar a escenarios fatalistas de los que me cuesta salir. Lo que intento decir es que mi familia, al parecer, tiene un tema con los corazones enfermos, y que mis versiones más pequeñas sabían lidiar con eso mucho mejor de lo que lo hago ahora.
“Skip a beat” es una frase común en inglés. Significa literalmente “saltarse un latido”, que el corazón “da un vuelco”, y se usa cuando algo te impresiona, cuando te asustas, incluso cuando te emocionas. Hay un capítulo en How I met your mother en el que, durante un chequeo, el cardiólogo de Barney nota que su corazón literalmente deja de latir un segundo cuando ve a la chica que le gusta.
Mi corazón “se salta latidos” todo el tiempo. Y con mi historial familiar —una de las tías abuelas con las que crecí también usaba marcapasos— constantemente me pregunto si el dolor en el pecho es sólo un síntoma de la ansiedad o algo más real, algo que nunca ningún doctor detectó pero está ahí, en silencio, esperando el momento menos apropiado para aparecer. Pero ya que no hay nada confirmado, supongo que en mi caso es algo que viene con lo de ser demasiado sensible. Pasa cuando me preocupo, cuando escucho llorar a uno de mis sobrinos, cuando mis perros se enferman, cuando hay turbulencia en el avión, cuando tengo una reunión con mi asesor del doctorado, los minutos antes de dar una clase o un taller o una ponencia. Pasa cuando vamos en carretera de noche y está lloviendo, cuando me encuentro en la calle a alguien a quien no deseo ver, cuando suena el teléfono a altas horas de la noche.
Y pasó las dos veces que he visto hospitalizado a mi papá.

La primera vez yo apenas estaba haciendo las paces con mi corazón de nuevo. Si soy muy honesta, lo había silenciado en un esfuerzo de volverme toda cerebro, de convertirme en una de esas “noteworthy bitches”, las únicas capaces de sobrevivir en la hostilidad del mundo, según dice Valeria Luiselli en Collected Poems, el ensayo que más amo. Cada vez que me sentía flaquear me repetía dos frases de Blair Waldorf: “seguí a mi corazón y no me llevó a ningún lado”, y “Ana Bolena pensaba con el corazón y por eso le cortaron la cabeza”. La última tenía un efecto especialmente inquietante en mí porque Ana Bolena resulta ser mi personaje histórico favorito desde la secundaria, pero esa es otra historia. Alguna vez escuché decir a Alejandro Frank, en El Colegio Nacional, que: “el corazón tiene memoria. El corazón recuerda cómo ha latido con anterioridad. Y esto es un concepto matemático. No es poesía”, y yo lo comprobé cuando recibí la llamada en la que me avisaban que mi papá estaba viajando de urgencia a Durango, porque algo se quebró instantáneamente y yo reconocí el dolor como toparme de frente a alguien a quien no veía hace muchos años.
***
A mi papá le preocupaba que, después de la cirugía, había momentos en los que sentía su pulso en el cuello, en las sienes. Eso, que para una persona sana es normal, para él era una sensación olvidada. Cuando mi mamá me lo dijo me impresioné tanto que empecé a escribir este ensayo, porque no entendía cómo era posible que mi papá, que es todo corazón, hubiera pasado tanto tiempo enfermo que no recordaba cómo se sienten los latidos.
***
Aprender a sentir el corazón.
Acostumbrarse de nuevo a sus latidos.
Aprender a escucharlo, literal y metafóricamente.
***
“Yo y mi apuro y mi ansiedad por leer y escribir muy deprisa como si se me fuera a romper el corazón”, escribió Alejandra Pizarnik en su diario, en 1968.
Romper el corazón.
Me han roto el corazón dos veces, si hablamos de relaciones amorosas. Para la cantidad de novios que he tenido me parece que es un número bastante decente. Pero el corazón también se rompe por otras cosas, y entre esas “otras cosas” puedo sumar al menos cuatro más: cuando murió mi abuela, cuando murió B, la primera vez que dejé Madrid, cuando murieron Goldie y Merlín.
Antes de la cirugía, y los primeros días después, cuando el dolor muscular era el recordatorio de que había llegado un nuevo habitante permanente al cuerpo de mi papá, él se sentía muy ansioso. A mitad de una crisis le preguntó a mi mamá qué sentía yo en un ataque de pánico. “Lo mismo que estás sintiendo tú”, le respondió.
Saber eso se agregó a mi lista de momentos que me han roto el corazón, porque, como he escrito antes, nunca entiendo cómo es que incluso en momentos en que él necesita cuidados, lo primero que hace es pensar en mi hermana y en mí.
Más de esta Desvelada: San Antonio y yo o la maldición que me lanzó mi mamá (sin querer)

Sé que es un lugar común, pero mi corazón late porque el corazón de mi papá latió primero. Y siempre he creído que me heredó su sistema eléctrico sensible, ese que nunca es indiferente a las injusticias, a los niños solitarios, al cuidado de quien lo necesite. El mismo corazón que me ha dejado destrozada en países extraños y que me hace amar a mis mascotas o me provoca llorar frente a las pinturas que amo, es una herencia natural de un papá Cáncer a su hija Virgo. Así que cuando abandoné la idea de ser una “noteworthy bitch”, cuando volví a escuchar a mi corazón y a entregarme a sus impulsos, supe que estaba escuchando de nuevo el eco del suyo también.
***
Hay personas que piensan que están sufriendo un infarto cuando tienen un ataque de pánico o cuando atraviesan una crisis de ansiedad. Yo tenía taquicardias en Madrid. Pensaba que eran por asma, pero en realidad era el pánico que se había convertido en un habitante temporal en mi cuerpo. Desde entonces, cada vez que estoy nerviosa o me asusto, siento el corazón desbocado: BOOM BOOM BOOM retiembla. Con el paso de los años he aprendido varias técnicas para ayudar a que los latidos se normalicen: mi ejercicio favorito —y el más efectivo para mí— es inhalar uno, dos, tres, cuatro, cinco; sostener uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis; exhalar uno, dos, tres, cuatro, cinco. Cuando el pánico está fuera de control me cuesta sostener la respiración y me duele el pecho, pero eventualmente consigo llenar los pulmones de nuevo y el BOOM BOOM BOOM disminuye hasta que desaparece.
Lo que intento decir es que mi corazón siempre elige el estruendo. Mi ansiedad es todo ruido, un motor revolucionado que manifiesta una enfermedad —que no es suya— trabajando a tope. El corazón de mi papá, en cambio, fue cayendo en el silencio. No había pensado hasta ahora en lo mucho que esto dice de nosotros, de nuestras personalidades, incluso de nuestros roles como padre e hija: “preséntame tú”, me dijo hace tiempo, antes de tocar una canción para mi mamá en su cumpleaños, “porque eres más histriónica que yo y hablas más bonito”.
Es una contradicción genética fascinante y terrible: mientras yo aprendí a vivir con un corazón que no sabe callarse, él intentaba sobrevivir a uno que omitía sus propias señales.
Pero a veces sentía que mi papá no entendía lo que era para mí tener ansiedad. No por falta de empatía, sino por un mecanismo de cerrar los ojos para pensar que nada me pasaba, que nada doloroso podía tocarme. El día de la cirugía, antes de irme al hospital, le dije a Marisol y a Nikthya —en un audio, llorando y mocosa, para variar— que siempre quise que pudiera entenderlo, pero no así, nunca así.
***
“To wear your heart on your sleeve” es una popular frase que significa estar abiertos a la vulnerabilidad. Según tengo entendido el origen no es del todo claro, pero sí es seguro que Shakespeare al menos la hizo popular, cuando la integró en la escena 1 del primer acto de Otelo, pronunciada por Iago: “[…] I will wear my heart upon my sleeve / For daws to peck at: I am not what I am”. Si bien la frase invita a lo mismo en la obra que en la cultura popular, Iago la utiliza de forma irónica para encubrir su naturaleza engañosa, aunque eso podría ser tema de otro ensayo.
Aún así la frase se extendió por el mundo. Paola Carola tiene un tatuaje precioso inspirado en ella, uno que he pensado en adaptar muchas veces para llevarlo en mi muñeca izquierda.
Tal vez algún día lo haga.
Tal vez le diga a mi papá que se lo tatúe conmigo.
***
“To have a change of heart” es otra frase que siempre he amado. Seguramente la primera vez que la escuché fue en el lejano 1997, la primera vez que vi Anastasia. Casi al final de la película, cuando Anastasia se ha encontrado con su abuela, la Emperatriz Marie, y Dimitri se ha resignado a perderla, la Emperatriz insiste en otorgarle la recompensa. Hasta ese momento todo ha girado alrededor del deseo de Dimitri de obtener ese dinero para resolver sus problemas, cambiar el rumbo de su vida.

—¿Por qué cambiaste de opinión?— le pregunta la Emperatriz cuando Dimitri rechaza la recompensa.
—Fue más un cambio de corazón— responde.
Tal vez porque desde entonces ya era una romántica empedernida, la frase me pareció lo más hermoso que había escuchado en mis seis años de vida. La posibilidad de cambiar de opinión de forma tan drástica que altera tu corazón, su forma, el ritmo de sus latidos, me sigue pareciendo una forma muy poética de cambiar nuestra visión, sobre el mundo, sobre la vida, sobre una hija o un papá cuya emocionalidad a veces no alcanzamos a comprender del todo.
***
Aunque cuando todavía estaba con los efectos de la anestesia me pidió que pusiera Cruel Summer de Taylor Swift en su habitación del hospital, por algún motivo yo escuchaba sin parar Opalite. Esa canción no menciona ni una sola vez la palabra “corazón”, y a pesar de que en esos días yo me aferraba a ella por la idea de estar atravesando una tormenta pasajera, ahora no puedo evitar pensar en lo mucho que describe a mi papá: a su infancia difícil que nunca deja que se asome en sus miles de historias, a su manera de criarnos sin regaños, construyendo casitas temporales y columpios y chongos perfectos que aguantaran las miles de vueltas de una presentación de danza folklórica; en cómo se negó a hablar con su hermano favorito hasta que se convenció de que el metrónomo instalado en su ventrículo realmente no fallaría, para no preocuparlo. En cómo realmente, todos los días de su vida, desde que era un niño que no alcanzo a imaginar, construyó su propia luz solar hasta convertirse él en un ser cálido, como dice la canción de Taylor.

“A veces escribir una sola línea basta para salvar el propio corazón”, escribió Clarice Lispector. Yo pienso en las muchas veces que vaciarme en un texto —que nunca sé clasificar— me ha salvado, literal y metafóricamente. Y aunque sé que el refugio de mi papá es la música, algo que me preocupaba era verlo actuar como si nada hubiera ocurrido, como si no hubiera pasado meses al borde del desmayo, sin decir nada, como si un equipo médico no hubiera instalado un aparato de última generación en su cuerpo.
Otra de esas cosas que en algún punto le dije a Nikthya y Marisol era que si bien sabía que mi papá jamás admitiría frente a sus hijas sentirse enfermo o ansioso o preocupado, al menos me aliviaba un poco saber que ahora lo hacía —a cuentagotas— con mi mamá. Que su corazón que siempre está abierto para todos —incluidos los exnovios que no lo merecían— poco a poco se abre también para él.
***
Ahora mi papá aprende a sentir su corazón otra vez y yo aprendo —de nuevo— a no asustarme cuando el mío se salta un latido al ver que mi mamá me marca a una hora inusual, o cuando lo veo con un humor distinto, o simplemente cuando tengo que alejarme de ellos más tiempo del que me gusta. Estoy aprendiendo, pues, “a hacer de tripas corazón”, como también decimos en México.
Mi papá ha vuelto a correr, a pasear a mis perros, a pasar la tarde entera haciendo travesuras con mi sobrino de un año, con quien comparte el amor a la música y también el sistema eléctrico delicado.
En la última cita de mi papá con el cardiólogo, la primera después de la operación, su electrocardiograma apareció parejito, los latidos completamente estables.
El doctor, entonces, le dijo a mi mamá: “escuche los latidos, escuche la fuerza que tiene ahora este corazón”.

