agosto 25, 2023

La otra vida de una persona triste

By In Ensayos

“Has it ever struck you that life is all memory except for the one present moment that goes by so quickly you hardly catch it going” 

—Tennesse Williams  

La casa se yergue en el centro de la ciudad incluso desde antes que yo naciera. O quizá no. A decir verdad no noté su presencia hasta el final de mi adolescencia, cuando se volvió especial. Puedo contar con los dedos de mis manos las ocasiones en que estuve dentro de ella, pero aún así, verla siempre revuelve algo en mi interior.

“Por mucho que una persona intente protegerse de eso, la posibilidad de que ocurra lo contrario siempre está ahí. Todos estamos viviendo, como mucho, la mitad de una vida, pensó ella. Estaba la vida que vivías, que consistía en las elecciones que hacías. Y luego, estaba la otra vida, la de las cosas que no habías elegido. Y a veces, esa otra vida se sentía tan palpable como la que estabas viviendo”.

Esa cita de “Mañana y mañana y mañana”, de Gabrielle Zine, me provoca dejar de leer para pensar en lo que implica. Es el 2023. Estoy retozando en mi cama, en mi nueva habitación, en una situación que sorprendería a mi yo de un año atrás. Me pregunto qué elecciones me habrían llevado por un camino diferente, a otra cama en otra parte.

Días después, mi mejor amiga Vee y yo caminamos a la inauguración de un showroom en el centro cuando ella me pide detenernos, casualmente, frente a esa casa. Mientras arregla su cabello y se pone brillo labial, me fijo en que la casa tiene nuevas rejas que impiden ver hacia adentro. Aunque no es como necesite hacerlo, recuerdo muy bien la arquitectura, la entrada con jardín y el pasillo exterior que te lleva hasta el patio trasero. 

Lee más de esta desvelada: La lucha por el matrimonio igualitario en Durango, ¿cuál fue el camino en el activismo y la política?

Pienso en mi otra vida; en las luces neón, en los instrumentos musicales y las canciones que jamás he vuelto a escuchar. Pienso en cigarros de pepino y las tabletas sospechosas que nunca probé. Pienso en quienes eran mis amigos entonces, en quienes no lo eran, en los Vodka Skyy de arándano, en mis converse rojos.

“Esta era la casa donde hacían todas esas fiestas”, le digo, y ella mira el edificio con interés. Vee se fue del país por casi dos años, por lo que sólo sabe lo que yo le contaba cuando hablábamos por teléfono y para ella la casa no significa mucho. 

“Recuerdo tus historias”, me dice sonriendo.

***

Era 2017. Tuve tres crushes ese año. El pintor, el de la mochila con parche de The Strokes y al final, colándose de manera inesperada, el de las películas de los 80. Pero él es otra historia.

Parche de The Strokes era mi favorito. Nos veíamos en el autobus hacia la universidad casi todos los días. Nunca hablábamos y no supe su nombre hasta semanas después cuando se volvió amigo de mi amigo B. Pronto formaron una banda y me resultaba fascinante ir a fiestas donde tocaban o donde era probable que estuvieran. Siempre me acompañaba al menos una de mis amigas.

Mis amigas.

Éramos un corazón de seis cabezas. Nuestros chats de Facebook Messenger y WhatsApp se llamaban “Las gordas”. No sé de dónde salió el apodo, quizá fue porque nos gustaba mucho comer. Las quería mucho. Nos reíamos todo el tiempo, incluso durante las clases. Nos escapábamos a las gradas o a comer. Jugábamos UNO y chismeabamos y nos quejábamos. Íbamos a cafés, a restaurantes, a fiestas, hacíamos pijamadas y nos citábamos para tener sesiones de fotos o para hacer nuestros proyectos juntas.

Si bien aquel fue el año que los pequeños quiebres en el vínculo comenzaron a agrandarse, fue uno de los más divertidos y el último en que nuestro sexteto realmente era inseparable. 

***

Es el 2023. Estoy en la casa de playa de la familia de Cheshire, una de mis mejores amigas, leyendo “Mary Jo” de Ana Pessoa. Lo empecé justo el día que llegamos a la playa y llevo un par de días leyéndolo. Aunque en teoría es una novela, en la práctica es una carta larguísima que una adolescente le escribe al muchacho al que había amado desde los cinco años. Su Julio Pirata. Sin embargo, Mary Jo se ha cambiado de ciudad y ahora en lugar de ser la niña que siempre estuvo ahí, es la chica nueva y melancólica. 

“Nos dió un ataque de risa que duró media hora. El papá de Sonia me dice: Eres una niña muy alegre. Y yo dejé de reírme, las lágrimas me escurrían hasta la barbilla. Contesté: No es cierto, soy una persona triste. Y él se rió conmigo, pensó que era una broma. Sonia también se rió porque sabía que era verdad. Soy una persona triste”.

Pienso en lo que Ilse me dijo cuando empezó a leer mis textos personales: que siempre se sentía triste de alguna manera. Incluso cuando escribo sobre cosas que me hacen feliz, siempre hay un subtono melancólico, nostálgico. Nunca supe cómo decirle que es porque así me siento la mayoría del tiempo. Soy una persona triste.

En “Dos calles y una banqueta”, Valeria Luiselli habla, entre ciudades y direcciones, de la saudade, de la melancolía y de la nostalgia. Explica cómo esa última fue nombrada por Johannes Hoffer, quien la identificó como una enfermedad que afectaba a los soldados que se iban lejos de casa. Dolor (algia) por el regreso a casa (nóstos). Los soldados “andaban como ausentes del mundo y confundían en la imaginación el pasado y el presente”.

Había muchos tratamientos, la mayoría implicaban dolores, como pegarles sanguijuelas, que durante un tiempo funcionaban para distraerlos, pero al final el único remedio era regresar a los soldados a casa. 

Johannes Hoffer del siglo XVII no hubiera sabido qué hacer conmigo, ni con Mary Jo, ni con Valeria Luiselli, porque en realidad no podemos regresar a nada de lo que extrañamos.

***

Era 2017. Mi cumpleaños número 20 empezó con hotcakes de McDonalds y más tarde fui a esa casa, era donde tendría lugar la exposición de fotografías de una de las hermanas con nombre de lugar europeo. Había shots de mezcal, un DJ, mis amigas iban llegando poco a poco, habíamos acordado vernos ahí y después ir a cenar. Y así pasó. Recorrimos la galería de fotos, felicitamos a la fotógrafa por su trabajo y ella a mí por mi cumpleaños. 

“Las gordas” y yo fuimos en el carro de Ilse hasta el nuevo restaurante de pizza en la ciudad, estaba tan lleno que tuvimos que esperar por mesa. Y entonces vimos que se acercaban nuestros otros amigos, con una adición inesperada: Parche-de-The-Strokes. Todas estábamos sorprendidas. Como dije, nunca hablábamos y definitivamente yo no lo había invitado. Mis amigas comenzaron a hacer sonidos de emoción y a preguntarme qué íbamos a hacer, pero yo estaba tan feliz que me encogí de hombros y dije que nada. Íbamos a disfrutar la cena como lo habíamos planeado.

Ese sigue siendo uno de los mejores cumpleaños que he tenido. Los de la pizzería tuvieron que juntar cuatro mesas para que cupiéramos todos y nos la pasamos riendo. Ni siquiera recuerdo todo lo que decíamos, solo que estaba tan feliz de estar ahí con ellos, que me gustaba la sensación de tener a mi crush sentado a mi lado toda la noche, que me dolían las mejillas de tanto reírme y que las pizzas estaban deliciosas.

Processed with VSCO with a4 preset

En “El Jilguero”, Donna Tartt escribe: “Esas primeras imágenes que te abren el corazón de par en par y te pasas el resto de tu vida persiguiéndolas o intentando capturarlas de nuevo, de un modo u otro”. Nunca creí que me sentiría así por el 2017, pero es cierto. Creo que porque de una u otra forma fue el año en que comencé a salir de verdad de mi caparazón, aunque hubo mucho caos.

Tuve un teléfono nuevo increíble y lo dejé inservible por accidente en menos de 4 meses. Había problemas de dinero en casa, hubo varios períodos de tiempo en que nos quedamos sin internet y que mis papás tuvieron que ir a hablar a la escuela para que me dejaran entrar. Mi mamá tenía muchos problemas en el trabajo. El pintor (mi primer crush de ese año) empezó a andar con una de mis amigas del salón; no era una de las gordas pero se sintió como una traición. Parche-de-The-Strokes se cambió de turno y el último semestre casi no lo vi. Los proyectos escolares se salían de control y parecían más pesados que nunca. Lloré muchas más veces que en años anteriores. 

Sin embargo, lo que más recuerdo son las cosas alegres.

Mi cumpleaños. Todas las salidas entre G y yo, para comer o para tomar fotos, el cómo éramos tan unidas. Jorge Antonio convenciéndome de leer mis primeros mangas y actuando una telenovela ficticia que me partía de la risa porque los protagonistas eran él y una cabeza de papel maché. Ilse y yo hablando de libros. Vee, que solo desapareció en físico, llamándome para contarme sobre su vida en el primer mundo y escuchándome contarle sobre todo lo que sucedía en mi vida. El verano nadando en mi ciudad natal, con mi tía Hynno viva y alegre. Comer tortas deliciosas que la mamá de C nos preparaba. El fin de semana en la cabaña de la familia de Cheshire. El virgo hablándome de su vida caótica con memes y audios. La maestra Dinora invitándome a hacer mis prácticas en el Siglo, donde conocí a Mara y publiqué mis primeras notas. La primera vez que fui al cine a solas con un muchacho. Los días de campo con mi familia. Todas las conversaciones con las gordas, cuando reíamos y llorábamos u odiábamos algo juntas. El carro alegórico de mi grupo en el desfile de la escuela. Las pizzas. Las grabaciones del cortometraje que nunca vio la luz del día. Toda la música y películas que descubrí ese año. Los bares que ya no existen como el Rock Zone y el Kumbala. Todas las fiestas, las de cumpleaños, las improvisadas, las que tenían todo un line up y cobraban la entrada. Recuerdo el humo de los cigarros, las piscinas llenas y las vacías, la mala calidad del sonido, los brazos sobre mis hombros, la gente a la que conozco de vista pero con quienes jamás hablé; las luces de colores, los tacos de discada, los outfits bastante dignos de ese año. Recuerdo con cariño la fiesta de aniversario de la escuela, donde entró Películas-de-los-80. Y después, la última fiesta a la que fui ese año.

La casa del centro retumbaba con música cuando llegué. Había dudado mucho en si ir o no, pero le había prometido a M que yo podía estar en la puerta cobrando la entrada y además, no quería ser una cobarde.

Ese día había descubierto que mi amigo B le había dicho, desde Dios sabe cuándo, a Parche-de-The-Strokes que yo estaba loca por él. Mentira no era, pero me sentí exhibida y tonta y los dos iban a estar en esa fiesta. Además, huir de lo que me ponía incómoda o vulnerable era un hábito bastante común, y quise ser valiente. 

Esperé a C, quien se ofreció a acompañarme en la reja de la entrada la mayor parte de la noche. Yo cobraba y entregaba feria, ella les ponía la marca de un ojo en la mano. La fotógrafa se estaba con nosotros en ratos, incluso se le ocurrió vender cigarros de pepino y eso estuvimos haciendo. La noche transcurrió tranquila, hasta que mi amigo B llegó.

Fue todo un drama. Parche-de-The-Strokes probablemente ni se dio por enterado, pero B y yo estábamos peleando. Yo estaba borracha porque la fotógrafa me había regalado un par de vasos llenos de mezcal con fanta. B sentido porque sí habíamos invadido su privacidad, pero también arrepentido porque acaba de darse cuenta cómo me había hecho sentir. Y yo tenía muchas preguntas que solo hacían más grande la herida a mi ego: ¿cuánto tiempo llevaba sabiendo? No estaba seguro. ¿Qué le había dicho? Ni siquiera recordaba. Yo nunca lloraba pero en ese momento se me salieron un par de lágrimas.  

Todo un drama. Le pedí a B que por favor me dejara en paz y luego, como ya eran más de las 11 y ya nadie estaba llegando, la fotógrafa y C me autorizaron ir a distraerme. Me metí al baño de la segunda planta, y recuerdo verme en ese espejo con luz morada y decidir que me divertiría. 

El resto de la noche transcurrió entre luces neón y música. Bailé como ida, sintiendo toda la música en mi cuerpo hasta que el alcohol se me bajó y después de entregar todo el dinero que había recaudado, volví a casa.

En retrospectiva, encuentro bastante cómica toda la situación. Lo cierto es que dudo haber hecho tanto alboroto, y menos aún llorar, si hubiera estado en mis cinco sentidos. Pero al menos recuerdo haberme sentido mejor cuando la noche terminó.

No sabía que esa iba a ser la última vez que entraría a esa casa.

***

Es el 2023. Desde que me mudé de casa de mis padres, pienso mucho en mi otra vida

Tengo conversaciones con gente nueva, paso por esa casa y pienso en la vida que pudo haber iniciado en 2017. Pienso en los cambios que pude haber hecho, en la gente que pude haber conocido. En qué habría pasado si en lugar de vivir cerca de Parche-de-The-Strokes hubiera vivido en la casa de mi infancia. Qué si me hubiera hecho mejor amiga de la fotógrafa y no de G. Qué si hubiera perseguido la fotografía en lugar de hundirme como siempre en las letras. Qué si en una de esas fiestas hubiera decidido conversar y hacerme amiga de alguien a quien no conocía de la escuela. Qué si por alguna razón yo fuera la que hubiera empezado a salir con el pintor y no la chica de mi salón. Qué si nunca hubiera habido quiebres con “Las gordas”. Qué si hubiera elegido a otros actores para el cortometraje y jamás me hubiera hecho amiga de A. Qué si hubiera aprovechado que sé tocar la guitarra y yo hubiera sido parte de una banda. Qué si hubiera dejado solo a Películas-de-los-80 en aquella fiesta.

¿Qué estaría haciendo ahora? ¿Cómo me estaría sintiendo? ¿Mejor? ¿Peor? ¿Igual? ¿Hay, como en Everything, Everywhere All At Once (2022), una yo de otra dimensión que sí tomó esas decisiones? ¿Es ella a la que siento cuando paso por esa casa? ¿O sólo soy yo siendo una persona triste? 

¿Todos se sienten así? 

Eventualmente, me parece que sí. Y si no todos, al menos muchos. De no ser así ¿por qué habría tantos textos, historias, películas, canciones e incluso pinturas sobre la nostalgia y la melancolía?

Virginia Wolf escribió, allá en el año 1925, en uno de sus diarios: 

Sólo puedo señalar que el pasado es hermoso porque uno nunca se da cuenta de una emoción en ese momento. Se expande más tarde y, por lo tanto, no tenemos emociones completas sobre el presente, sólo sobre el pasado“. 

Quizá por eso hay tantas personas tristes como yo, porque la perspectiva de tener emociones incompletas en el apurado segundo que es el presente, y sólo poder comprender qué sentimos más tarde, es deprimente. 

También puede ser esta la razón por la cual, como señala Tartt, persigo esas imágenes del 2017. Por eso me conflictúa tanto esa casa y ese año, porque no está tan lejos como para no recordar con nitidez, ni tampoco está tan cerca como para tener emociones incompletas al respecto. Quizá por eso subconscientemente llevo todo este tiempo tratando de buscar algo que se le parezca, intentando capturarlas de nuevo.

***

Luiselli también dice en su ensayo que “Si la nostalgia es añoranza de un pasado, puede diluirse cuando el recuerdo de lo que fue, es eclipsado por la presencia abrumadora de lo que es.” Y es verdad.

Lo sentí mientras nadaba en el mar con Cheshire, temerosa de que las olas se volvieran tan fuertes que me despojaran de mi bikini pero disfrutando la sensación, saboreando la sal en mis labios y viendo los pájaros que sobrevolaban el horizonte. 

También cada vez que me río fuerte con mis amigos donde sea que estemos. Incluso si es por conversaciones en WhatsApp. Cuando voy en el carro con Vee cantando a todo pulmón alguna de nuestras canciones favoritas, con las ventanas abajo y los conocidos paisajes de la ciudad nos pasan como borrones. 

Siento todo lo que es cuando estoy paseando o abrazando a Ted, el pug. Cuando estoy riéndome con mi familia, nuestras ruidosas voces retumbando en la pequeña casa que me vio crecer.

Nikthya 2017 por Carmen Escutia

No sé si un día aprenda a dejar ir el pasado, a dejar de pensar en mi otra vida o si eventualmente voy a pensar en el 2023 como ahora pienso en el 2017. ¿Quién sabe? Creo que por ahora solo trato lo más posible de sentir lo que es.

En el libro de Pessoa, María José también disfruta sentir todo lo que es, incluso aunque sea una persona triste. 

“El tiempo avanzaba, los árboles crecían, la lluvia caía y yo era melancólica y alegre al mismo tiempo”.

Written by Nikthya N. González

Escritora de diarios desde los 10 años. Estudió Ciencias y Técnicas de la Comunicación en la UAD, y un nivel de inglés en EF International Language Campus Toronto (aunque la verdad es que sabe inglés gracias a One Direction). Trabajó en comunicación social, luego como editora web de noticias y más tarde como coordinadora de editores. Sus escritoras favoritas son Mary H. K. Choi, Maggie Stiefvater y Jenny Han. Adora escribir sobre ella y sus alrededores, el verano, el mar, leer ensayos personales, los libros young adult, las pláticas que duran horas, los tamales, los dramas coreanos, las flores, las playlists personalizadas que Spotify le hace y clasificar sus películas favoritas en Letterboxd.

Leave a Comment